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01 abril, 2026

Trazas de racismo y odio

    Dicen que es necesario leer los prospectos de todo lo que ingerimos. Las normativas han llevado a los fabricantes de alimentos a indicar si cada producto envasado pudiera contener alguna pequeña cantidad de frutos secos u otros derivados lácteos capaces de provocar una reacción de efectos nocivos. En las cartas de los restaurantes también nos colocan iconos para advertirnos de si un plato suculento puede jugarnos una mala pasada al contener cereales con gluten, huevo o marisco.

    Trazas: así es como denominan a esas cantidades pequeñas de determinadas sustancias que pueden pasar a convertirse en un problema grave para la salud. Por eso las normativas de seguridad alimentaria han determinado que cada producto las tenga todas bien identificadas, incluso cuando se trate de alergias raras que afectan a muy pocas personas. Del mismo modo que un quirófano o la cocina de un restaurante deben estar en las mejores condiciones higiénicas y de salubridad, también habría que abordar la eliminación de todos los mecanismos y prácticas de las autoridades que pudieran contener trazas de la existencia de sesgos racistas, animadversiones basadas en prejuicios o prohibiciones tan cargadas de estulticia que pretenden eliminar incluso lo que no existe.

     El 21 de marzo se conmemoraba la jornada mundial contra la discriminación racial, recordando aquel día de 1966 en Shaperville (Suráfrica) en el que la policía del régimen de Pretoria acabó a tiros con más de 250 personas que protestaban contra el apartheid. Desde el pasado 21 de marzo hay en marcha una campaña de Amnistía Internacional para intentar acabar con una práctica habitual en nuestras calles como es la del sesgo racial de las identificaciones policiales en España. ¿Cuántas veces le han pedido las fuerzas del orden que se identifique cuando va por la calle? ¿Saben ustedes que la oscuridad de la piel puede ser un rasgo determinante para ser interceptado en redadas que pudieran contener importantes trazas de racismo?

     Mañana se cumplen once años de la publicación de aquella Ley Orgánica de Seguridad Ciudadana, que acabó con el apodo de “mordaza”, y que en su primer año de vigencia llegó a imponer 34.000 sanciones por ejercer los derechos de reunión, expresión o manifestación. Más de cuatrocientas organizaciones y colectivos se están sumando este año a una campaña destinada a que gobiernos e instituciones se dediquen más a parar el racismo en lugar de parar por la calle a personas que por su aspecto pudieran, simplemente, proceder de otras latitudes.

     Junto a estas trazas de racismo también tenemos las de odio puro y duro. La semana pasada el Ayuntamiento de Badajoz aprobó una moción para prohibir el menú halal de todos los colegios de la ciudad. La propuesta del grupo de extrema derecha salió adelante con los votos a favor del propio gobierno municipal, sin caer en la cuenta de que en Badajoz no hay ni un solo centro educativo en el que se suministre. ¿Nos molestaría que a una niña le facilitaran un menú escolar sin gluten, sin huevo o sin lactosa? ¿Para qué prohibir algo que no existe? ¿Prohibiríamos a alienígenas verdes residentes en Las Vaguadas asistir a los plenos municipales sabiendo que no existen? ¿O sí?





29 junio, 2022

Refugiadas en el tren

Esta semana iba a contarles historias de los trenes extremeños narradas por un usuario asiduo. Podría aburrirles con palabras que he ido aprendiendo casi sin parar: ancho ibérico, ancho UIC, doble vía electrificada, vía única sin electrificar, trenes híbridos y hasta las siglas ERTMS, que son de un sistema europeos de gestión del tráfico ferroviario de vital importancia.

 

Pero la actualidad me ha hecho recordar los días de finales de marzo, en los que coincidí en alguno de esos trenes con gentes que procedían de Ucrania y que habían cruzado el viejo continente para llegar a Portugal, donde desde hace años existe una importante población de personas de aquel país.

 

Eran casi todas mujeres y con pequeñas criaturas. Cuando ibas acercándote hacia la puerta de salida veías que traían una gran maleta con ruedas y una bolsa grande donde sobresalía algún que otro peluche, el último objeto que habrían decidido llevarse. Solo vi a una pareja de adolescentes y a un anciano que viajaba solo con una maleta de las de antes, de las que no tenían ruedas, y cuya mirada me trasmitió una profunda tristeza.

 

No sé si lo he aprendido como método para no caer en el desánimo, pero siempre procuro buscar una arista positiva hasta en el más desalentador escenario. Mientras hacía el camino a pie hacia casa pensaba en que el resto de viajeros del tren no podía disimular sus gestos de comprensión hacia aquellas mujeres y niñas que habían venido hasta la otra punta de Europa para salvarse de las bombas y tiroteos de las tropas de Putin.

 

Llegué a pensar esos días que podíamos conseguir un cambio en la manera de ver a las personas que buscan refugio, que habría un antes y un después de esta tragedia, que las nuevas generaciones tendrían ya un recuerdo vivo y duradero de lo que suponen las guerras y del daño que causan a la población civil. En marzo tenía la certeza de que a las siguientes refugiadas que nos llamaran a la puerta no las íbamos a volver a ver como demonios del mal, sino con la misma comprensión y afecto silencioso que los pasajeros de por aquí mostrábamos hacia aquellas refugiadas rubias, altas y de ojos claros, con sus bebés y sin maridos.

 

Pero me temo que no. Lamento decir que aquella comprensión política y social hacia el dolor de la población ucraniana no está generalizado, no es un sentimiento de carácter universal sino que discrimina razas, colores de piel y nacionalidades. Aquella solidaridad nos brotaba sincera porque nos veíamos como ellas, porque pensábamos que eran gente como nosotros, con casas, colegios, y hospitales como los nuestros. En cambio, hay amplias capas de la población y de la clase política que no ve a las 37 víctimas mortales de Nador como gente que huye de la muerte en Sudán o en Mali, como personas que buscaban un lugar en el mundo en el que sobrevivir. Otro día les hablaré de planificación ferroviaria porque hoy me toca explicar que los aplastados junto a Melilla podían ser tan refugiadas como las de aquel tren de marzo. Ya no podremos preguntárselo.


Publicado en HOY el 29 de junio de 2022.





21 abril, 2021

Ni George Floyd, ni KKK

Dentro de unos días conoceremos el veredicto sobre la muerte en Minneapolis de George Floyd, que soportó durante nueve minutos y 29 segundos la rodilla y el peso del policía Derek Chauvin sobre su cuello.

 

De nada le valió a George repetir 28 veces que no podía respirar. Cualquiera que vea sin cortes esos nueve minutos eternos tendrá bien claro el veredicto, pero la justicia tiene muchos giros de guion inesperados y la defensa del policía argumenta que fue la adicción a las drogas de George, unida a una cardiopatía, lo que realmente le causó la muerte.

 

Desde aquel 25 de mayo de 2020 han pasado muchas cosas en este mundo: una pandemia, Trump perdió las elecciones, supremacistas blancos tomaron el Capitolio y una marea de gente rompió confinamientos para reclamar que las vidas humanas importaban, independientemente del color de la piel.

 

El odio, el desprecio y el rechazo no se producen tanto por la oscuridad de la piel como por la pobreza. Es a los pobres a los que más se demoniza por parte de las gentes más retrógradas, insensibles e inhumanas. Solo así podemos encontrarnos en medio de mensajes electorales en los que se llama “mantenidos” a quienes hacen cola para comer por caridad, o se criminaliza a todo menor extranjero asignándole unas siglas que les cosifica y que les convierte en presuntos delincuentes hasta que no demuestren lo contrario. Hace falta tener poca caridad, cristiana o humana, para arremeter con saña a quienes sufren las consecuencias de no tener trabajo, de no poder pagar la vivienda en la que se refugian o de no tener nada que llevarse a la boca. Es un discurso que puede tener sus réditos en forma de votos pero que abre una herida sangrante en la sociedad que, desgraciadamente, suele tener finales muy infelices

 

Mientras que Merkel provocó la dimisión del Presidente de Turingia, tras haber llegado al cargo con los votos de la ultraderecha, aquí se compite en ver quién es capaz de articular un discurso más lleno de aporofobia y quién consigue soliviantar a los pobres autóctonos culpando de todos los males a los paupérrimos venidos de fuera. Las próximas semanas serán cruciales para ver si ganan cotas de poder los que postulan sin complejos propuestas contrarias a los Derechos Humanos, o bien se cuelan con un formato de aparente liberalidad pero con consecuencias similares para los más desfavorecidos

 

Se avecinan tiempos en los que habrá que tomar partido y no valdrán medias tintas: o se está con los que quieren repetir lo peor del siglo XX, o se está con quienes lo combaten. Probablemente George Floyd no era la mejor persona del mundo e incluso puede ser cierto que consumiera drogas y no fuera el mejor vecino que desearíamos, pero no merecía morir de esa manera. A riesgo de caer en maniqueísmos, me temo que no defender la dignidad de los George Floyd que pueblan el planeta es una forma de pasiva de abrir las puertas al Ku-Klux-Klan de turno. El peor de los “buenismos” será siempre mejor que el malismo que se avecina. 

 

Publicado  en el diario HOY el 21 de abril de 2021

P.S Varias horas después de enviar esta columna se ha conocido la sentencia condenatoria al policía Derek Chauvin. Cuando la escribía no tenía la certeza de lo que iba a ocurrir. Ni George Floyd ni KKK, nos parece una expresión increíble. Por eso es necesario dejar claro que entre fascista y antifascista no hay punto medio: no ser antifascista es abrirles la puerta a los del brazo en alto. Se recomienda relectura de la Historia del siglo XX.

 

 


 

10 agosto, 2016

Una tragedia llamada Trump



Supe de la existencia de Barack Obama a través del que era entonces corresponsal de la cadena Ser en Washington, cuando Javier del Pino le contaba a Gemma Nierga que había salido de Chicago un abogado negro con muy buen manejo de la palabra y que podría convertirse en el primer afroamericano que ocupara la presidencia. También escuché por aquellos días a quienes vaticinaban que un negro sería presidente antes que una mujer, porque el país era bastante racista pero mucho más machista si cabe. A los emocionantes discursos de Obama aquel frío martes de noviembre le siguieron ocho años de decepciones dosificadas: ni se cambió radicalmente la política exterior, ni se cerró Guantánamo, ni se logró mejorar significativamente la fractura social en la que vive una buena parte de la población norteamericana.

Desde enero son más de 130 los jóvenes de raza negra que han muerto por los disparos de policías estadounidenses. Recientemente he podido ver dos vídeos especialmente impactantes sobre este asunto. El primero es el de un joven autista blanco que se había escapado de su centro asistencial, cuyo monitor salió a buscarlo y lo encontró en medio de la calle, rodeado de policías que temían que el camión de juguete que llevaba en la mano pudiera ser un arma. De nada sirvieron los gritos del monitor, de raza negra, que intentaba apaciguar al chico desde el suelo y mostrando sus manos inermes, porque cuando uno de los policías decidió disparar lo hizo a aquel sobre el que tenía más prejuicios. El segundo es el de la profesora y activista Jane Elliot, que se dirige a un salón de actos lleno de gente y a quienes pregunta si les gustaría ser tratados como la sociedad americana lo hace con los negros en los Estados Unidos. Nadie se levantó y la profesora les preguntó por qué no impedían que se hiciera con los demás algo que no querían sufrir en su propia piel.

Se pueden imaginar que el panorama que se avecina en Estados Unidos, con un recrudecimiento de la violencia policial hacia los jóvenes negros y un candidato racista y descerebrado con grandes posibilidades de ganar las elecciones. El temor del mundo civilizado (e incluso de los halcones republicanos) a que Donald Trump pueda vencer en noviembre debiera ser una preocupación que traspasara más allá de las fronteras del Río Bravo. También nos pareció una broma que Trump pudiera convertirse en el candidato republicano y a principios de siglo sufrimos la inocentada de aguantar a George W. Bush durante ocho años, sembrando el mundo de inestabilidad y alimentando monstruos que se nos acaban volviendo como un bumerán.

Obama se despide siendo el más popular de los presidentes americanos de la historia reciente, pero si él no ha conseguido solventar el problema racial de los Estados Unidos, no quiero ni pensar en lo que podría pasar si Trump se hiciera con el poder. Y, desgraciadamente, no es imposible.

Publicado en el diario HOY el 10 de agosto de 2016.



21 octubre, 2013

Adiós muchacha



Entre mis películas favoritas está la que dirigió Louis Malle en 1987 y cuyo título original era Au revoir, les enfants. No desvelaré desenlaces de esta impactante historia, que recomiendo vivamente a quien todavía no la haya visto, y que estaba ambientada en un colegio francés durante la segunda guerra mundial. Alguna de aquellas escenas me recuerdan a lo sucedido hace unas semanas con Leonarda Dibrani, una muchacha kosovar y a la que la fuerza pública mandó bajar del autobús durante una excursión escolar para deportarla. Lo que son las cosas: cuando Leonarda apenas tenía meses de vida estaba nuestra querida OTAN bombardeando ciegamente a los serbios para salvar a los kosovares; ahora le toca hacer el camino de vuelta y nos reafirma que aquellas bombas no se preocupaban nada de la condición humana y mucho de la geopolítica.


Escuché la voz de esta chica en la radio, relatando en un francés bastante correcto cómo se abrazó a su profesora para impedir la deportación, y he de confesar que sentí una mezcla de rabia y desazón: rabia por la impotencia de ver como el milenio rebobina su historia y nos repite pasajes de la segunda mitad del siglo XX que creíamos superados; y una profunda desazón cuando reparas que es un autodenominado socialista, Manuel Valls, quien está detrás de una medida tan repugnante como la de arrebatar a una alumna de entre sus compañeros por razones de raza, origen o nacionalidad. Si para impedir el ascenso de Marine Le Pen se opta por imitarla y superarla es porque una mezcla de torpeza, maldad y despropósito se han conjugado en una sola persona. Adiós muchacha, debió de decirle su profesora a Leonarda cuando se la llevaban.

Publicado en EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 21 de octubre de 2013.

Nota: *Aquellas personas que no han visto Au revoir, les enfants deberían abstenerse de reproducir el vídeo que ilustra este post y que desvela el final de la película.



16 noviembre, 2009

Muros y vallas

El muro impedía la libertad. Quienes vivían al otro lado no podían atravesarlo y estaban obligados a sufrir una vida triste, sin realización personal. Eran tantas las ansias de superarlo, que doscientas personas dejaron sus vidas en las alambradas, escalando una pared infinita y eterna. Llevamos una semana recordando aquel muro que se cayó y casi todos se alegran de su desaparición, nadie ahorra adjetivos y la inmensa mayoría se felicita por ese mundo de libertad que, parece ser, penetró en cada rincón del planeta según iban desmoronándose los fragmentos de hormigón en Berlín. Y mientras iban a la antigua capital alemana a recoger piedrecitas, los mismos fanfarrones de la libertad se dedicaban a ir trenzando en el sur un muro más alto, más vigilado y más infranqueable. Este nuevo muro ha causado más muerte que aquél, porque no sólo hay que contar a los que dejaron su vida a finales de septiembre de 2005, sino a los miles que se ha tragado el mar y a los cientos que descansan bajo un número en el cementerio de Algeciras. Intento saber qué diferencia al muro de Berlín del que se levanta en Cisjordania o del que los gobiernos españoles construyeron en Ceuta y Melilla, y no dejo de preguntarme por qué Occidente quería que los ciudadanos de la RDA vinieran a vivir al oeste y no queremos que lleguen senegaleses o mauritanos. ¿Será el color de la piel? ¿Será la formación académica de los sujetos en cuestión? Todavía estoy esperando que alguien me dé una explicación razonable, que no provoque sonrojo y que tenga en cuenta aquello de que todos los seres humanos son iguales.

Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 16 de noviembre de 2009.

Foto: Wikipedia

09 noviembre, 2009

Trato humillante


No hay nada como que alguien importante se vea en la obligación de sufrir lo que le pasa al común de los mortales. Estamos hartos de ver en la televisión a personas que son esposadas, introducidas en coches policiales empujándoles la cabeza y con una bolsa de basura para sus enseres personales. Y le ha tenido que pasar esto a unos de la alta sociedad política para caer en la cuenta de que es un trato humillante. Y ahora lo comentan todos, incluso aquellos a los que nunca se les escuchó hablar de presunción de inocencia y protección de la reputación personal mientras el detenido era un camello de barrio. Si es un trato humillante aparecer en televisión de esa guisa, estamos ante la mejor ocasión para elaborar protocolos que traten a todos por igual, a los de alta cuna y a los de baja cama.

Y visto que es necesario que alguien importante sufra para que nos demos cuenta de lo que hay, estoy deseando que un diputado o un famoso español sea detenido en Buenos Aires, Caracas o São Paulo, sea humillado y tratado con desprecio, le pregunten dónde se va a quedar durante su estancia y lo pongan de patitas en la calle si osa decir que va a casa de un familiar o amigo. Pensarán que soy una mala persona por expresar ese cruel deseo, pero sé que es la única manera de evitar lo que está pasando en Barajas los últimos meses, donde argentinos, venezolanos y brasileños son tratados como presuntos delincuentes y sometidos a interrogatorios, mientras que a estadounidenses y canadienses se les deja pasar con toda la confianza del mundo. Permítanme que me calle mi opinión sobre la llamada madre patria.

Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 9 de noviembre de 2009.

26 julio, 2009

Obama, actuaciones policiales y racismo


Hay detalles que dicen bastante. Que Obama haya acusado de racistas a los policías que detuvieron a un profesor de Harvard que estaba intentando abrir su casa (se había dejado las llaves dentro) es una buena señal. Señal de que el poder, de momento, no le hace alejarse de la realidad. La reacción de los policías blancos, corporativa a más no poder, no se ha hecho esperar. Una de las preocupaciones de los que amamos la libertad es el número de horas que las fuerzas policiales del mundo libre usan en formarse para superar los prejuicios y estereotipos. Ojalá esto sirva para mudar el rumbo de las cosas.


26 mayo, 2008

La mala memoria

Los que pasamos nuestra infancia en la década de los 70 sufrimos cada tarde de los sábados siguiendo las lacrimógenas peripecias de un niño genovés en busca de su madre. Aquella mujer italiana había emigrado a Argentina en busca de algo que le sirviera para sacar de la pobreza a su familia, y al país suramericano llegaron también un millón de transalpinos que hemos acabado viendo en los apellidos de muchos futbolistas y en ese maravilloso castellano con acento italiano que se habla en Buenos Aires. Muchos años después, Alemania y Suiza se llenaron de gentes que venían del sur de Europa, que comían pasta, hablaban alto, gesticulaban mucho y ?todo hay que decirlo- realizaban pequeños hurtos. Los italianos fueron uno de los pueblos del mundo que más tuvo que emigrar para huir de la muerte y del hambre, pero la mala memoria se ha adueñado de Berlusconi, Bossi y sus ministros, que acaban de convertir en delincuentes a quienes repiten lo mismo que sus compatriotas hicieron en un pasado no tan remoto. A la Italia de hoy no podría llegar un niño llamado Marco en busca de una madre rumana que trabaja en el servicio doméstico de una rica familia milanesa, porque a buen seguro que se arriesgaría a 4 años de cárcel. Alguien dijo que la libertad consistía en que cualquier ser humano pudiera estar en la calle sin tener que dar explicaciones a nadie, pero en Italia ser extranjero puede llegar a ser un crimen. La amnesia colectiva nos impide ver que renacen con fuerza las mismas ideas que asolaron Europa durante la primera mitad del siglo XX: todo es tan triste como en aquella serie de nuestra infancia.

08 marzo, 2008

Personas que viven pero no votan



Lo diferente que serían las elecciones si todos los seres humanos pudieran votar. A buen seguro no habría tanta gente preocupada por hacer la vida imposible a quienes vienen de lejos

10 febrero, 2008

El voto racista


Por más que uno intente cada semana apartarse de la contienda electoral, ésta nos persigue hasta lugares insospechados. Ahora nos cuenta Arias Cañete, que por estar emparentado con los Domeq debe de saber de esto un rato, que ya no hay camareros como los de antes. Quizá sea cierto que los aborígenes de aquí se han cansado de trabajar de sol a sol por el sueldo mínimo y que esas funciones las tienen que hacer quienes vienen de muy lejos y no distinguen la cachuela de la manteca blanca, como le ocurriría a cualquiera de nosotros si nos pidieran en quechua chipá o pastel mandi’o en Paraguay. Más curiosa resulta la declaración encendida en la que poco menos que protesta por que las ecuatorianas tengan en un cuarto de hora una mamografía que allá les cuesta el sueldo de nueve meses. Uno no sabe si su deseo es que paguen aquí también el sueldo de nueve meses o se alegra porque quienes cuidan de nuestros niños y nuestros ancianos tengan derecho a la misma salud que quienes nacimos aquí. Pero lo peor de todo esto es que, lo que parece un error, es una deliberada estrategia de arañar votos en el mercado ultraderechista, porque en las tabernas de este país hay miles de cenutrios que comulgan con este tipo de ideas y que a buen seguro que están aplaudiendo mientras miran con desprecio a un camarero excesivamente moreno. Los expertos de campaña de la derecha saben que los emigrantes no votan y que los racistas -que los hay- estarán bien dispuestos el 9 de marzo a la  nueve de la mañana. Desgraciadamente, las palabras de Arias Cañete son una inyección de votos al PP. Esperemos que no sean los votos racistas los que acaben desahciendo ese empate técnico del que hablen las encuestas.

Un par de cosas más: ¿Qué dicen los obispos ante las medidas que propugna el PP y que van frontalmente contra el precepto sagrado de que "todos somos hijos de Dios"?

¿Hicieron Hernán Cortés y francisco Pizarro algún esfuerzo por conocer la costumbres y la lengua de las tierras a las que fueron?

No haré más preguntas por hoy 


El dibujo es el ya famoso cartel de un partido racista de Suiza en las pasadas elecciones

03 diciembre, 2007

Contra el fascismo


Cuando vimos las imágenes de la agresión a una ecuatoriana en el metro de Barcelona hubo quienes pusieron el grito en el cielo por la inacción de la otra persona que aparecía en la imagen. Luego supimos que este testigo auxilió a la víctima y le recomendó que presentara la denuncia oportuna. Si se hubiera atrevido a decirle algo al agresor, tal vez habría acabado todo en una pelea y la cosa habría quedado como un enfrentamiento entre jóvenes. Semanas después muere asesinado en Madrid un chico de los que no se callan al ver a los racistas vanagloriarse: su actitud valiente le siega la vida con tan solo 16 años frente a un soldado que llevaba encima un machete de 24 centímetros. Y es entonces cuando los mismos que criticaron la pasividad del testigo del metro de Barcelona, meten en el mismo saco a los racistas de Madrid y a los antifascistas que nos advierten del mal que se nos avecina. Ese mal acaba llegando a la puerta de casa: un joven extremeño ha estado hospitalizado con una herida de acero en el pecho y persiste un interés incomprensible en confundir el asunto con reyertas entre bandas rivales y vendettas de capuletos y montescos. Para ser antifascista no hay que pegar patadas, tirar atriles, ni romper escaparates, pero es necesario serlo y no permitir calladamente que el discurso nazi, fascista y racista se acabe asentando como una opción más. Si no tenemos claro que esto es un problema político, estaremos cayendo en un error que el tiempo nos hará lamentar. Por eso, lo más urgente es establecer ya un plan de prevención del racismo y la xenofobia antes de que los huevos de la serpiente se vuelvan a abrir.

25 noviembre, 2007

No es lo mismo


No es lo mismo ser fascista que ser antifascista. No es lo mismo ni será lo mismo aunque haya quienes quieran equipararlo. Entre quienes quieren meter a todos en el mismo saco hay que distinguir a dos grupos: a gentes bienintencionadas que creen que esto del racismo y la xenofobia es poca cosa y que ignoran los peligros; el otro grupo lo forman quienes, en el fondo, son también racistas y se asustan de los métodos directos de los cachorros fascistas.

Pero repito que no es lo mismo.

Siempre echando en cara a los jóvenes su pasotismo y su falta de implicación, algo que no se puede generalizar, y cuando vemos a un tipo agredir a una ecuatoriana en el metro linchamos al testigo “sin papeles” que no se enzarzó a patadas con el descerebrado.

Durante los últimos años ha habido en Cáceres quienes apaleaban a parejas de chicos que iban de la mano, a quienes llevaban rastas o a los que miraban fijamente. Pero no pasaba nada. “Cosillas de jóvenes” –decían.

Y un día apuñalan a Carlos en Madrid y le siegan la vida. Y tenemos que pensar que es una historia de capuletos y montescos. Pero no. Se trata de quienes creen que los seres humanos somos iguales frente a quienes no lo creen. Y en esa discusión YO NO SOY NEUTRAL Y NO DEBERÍA SERLO NADIE QUE SE RECLAME SER HUMANO DECENTE. Otra cosa serán los modos de reaccionar ante ese peligro, pero de partida debemos dejar claro que lo que está en juego es muy importante.

El 19 de mayo convocó un candidato a la Presidencia de la Junta a miembros de ONG’s para conversar. Intervine para hacerle ver la necesidad de hacer un plan urgente contra el racismo y la xenofobia por varias razones:

  • Es mejor prevenir que curar.
  • En Extremadura no existían todavía casos graves ni focos de racismo.
  • Aún no habíamos recibido grandes grupos de personas extranjeras.
  • En los pueblos que han emigrado aparecen en ocasiones, paradójicamente, grupos muy poco condescendientes cuando reciben emigrantes.

Han pasado seis meses y me reafirmo en lo que dije: HAY QUE HACER ALGO. No podemos seguir lamentando sino que hay que desactivar los discursos fascistas. Y ese discurso va calando cuando se pone en el mismo saco a quienes son racistas y a quienes se oponen a ellos.

La reacción antifascista

Hay centenares de fascistas agazapados, de los que se avergüenzan de aplaudir a en público a los nuevos guerrilleros de Cristo Rey, que están esperando cualquier paso en falso para echar tierra sobre el asunto. Pegarle una patada a un fascista, tirar un atril o apedrear un escaparate no sólo no sirve para luchar contra el fascismo sino que es un boomerang que nos da en toda la cara, que nos desarma dialécticamente y que pone en bandeja de plata los argumentos para quienes, con intereses ocultos, creen que todo esto es “una disputa entre bandas rivales”.

Otro Carlos ha recibido otra puñalada. (Hay quien todavía no se ha dado cuenta de que unos llevan armas y otros no.) Ahora lo más importante es que se recupere de sus heridas, que se juzgue a los culpables, que se apacigüe la situación y que se haga un plan de prevención del racismo y la xenofobia para jóvenes, adultos, niños, policías, políticos y jueces. Y sin demora: los huevos de la serpiente se están abriendo.

Matonismo

En las escuelas siempre había un matón, alguien que se creía con el poder de amedrentar a quien le diera la gana y que contaba con el apoy...