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29 octubre, 2025

Riadas y catástrofes

Cruzo el Guadiana casi todos los días y desde hace algún tiempo apenas corre el agua en su tramo urbano de Badajoz. No es la primera vez que vemos así el cauce, porque recuerdo aquella sequía de 1995 en la que se podía atravesar de lado a lado sin mojarse los zapatos ni mancharse de barro. Entonces estuvimos a punto de sufrir restricciones y hasta se barajó un corte del suministro nocturno entre la medianoche y el amanecer, para evitar que se perdiera tanta agua en una red de tuberías que, al menos por entonces, tenía grietas por las que se filtraban muchos metros cúbicos.

Tardó en superarse aquella sequía y mi padre nos dijo que había escuchado en la radio que no solo se acabaría, sino que la misma gente que había participado en tantas rogativas de lluvia acabaría pidiendo al cielo que escampara. Y en la noche del 7 de noviembre de 1997 todo se hizo oscuro, los rayos iluminaban todo y los truenos no tenían fin. Amanecimos sin teléfonos para comunicar a nuestros familiares que estábamos bien, mientras nos enterábamos que más de una veintena de personas habían muerto en Badajoz y en Valverde de Leganés.

En un par de semanas se cumplirán 28 años de aquella tragedia y mañana hará un año de la que se llevó a más de 229 personas en tierras valencianas y en la localidad albaceteña de Letur. Importa poco quiénes vayan a asistir a los actos en recuerdo de la tragedia, que no servirán para aliviar ni un gramo de pena a quienes perdieron a sus seres queridos y vieron llenarse hogares, fábricas, tiendas y escuelas con aguas desbordadas, cañas y barro. 

Imagino que sería muy bueno esclarecer responsabilidades y castigar las negligencias, pero hay cosas más importantes: intentar reconstruir todo lo arrasado por las riadas, a sabiendas de que las vidas perdidas no regresarán y que el trauma perseguirá a los supervivientes durante mucho tiempo. En cualquier caso, todavía hay algo mucho más prioritario: comenzar el lento y largo camino de revertir las causas de todas estas catástrofes que antes llamábamos naturales. Hoy hay ciencia, datos e investigaciones suficientes para afirmar que episodios como los vividos hace un año en Valencia o en Alemania y el centro de Europa hace tres años tienen unos responsables que, como ocurre con algunos premios de lotería, suelen estar muy repartidos. Cada vez que un estúpido con micrófono se ríe del cambio climático y niega su existencia, cada vez que un político iletrado se mofa de los objetivos de desarrollo sostenible (ODS) sin haber logrado realizar una lectura comprensiva de los mismos, se está comprando números para el sorteo de las próximas catástrofes: con más víctimas, con más destrozos y con más sufrimiento.

Ayer comenzaron los trabajos para limpiar el cauce del Guadiana a su paso por Badajoz, que no sé si el adelanto electoral acabará posponiendo. Mientras enfilamos el fin de año gastando tanto papel inútil como se gasta en España en cada comicio electoral, quizá haya llegado el momento de tomarse en serio que evitar las catástrofes del futuro requieren hoy un trabajo imprescindible que solo verán, con mucha suerte, nuestros nietos.

 Publicado en el diario HOY el 29 de octubre de 2025

 




 

07 septiembre, 2022

Festivos

Mañana es festivo en Extremadura, uno de esos días de entre semana que añade un toque rojizo a los calendarios y que casi siempre nos llena de alegría, incluso aunque no creamos mucho en lo que se esté conmemorando. Cada año nos señalan cuáles son los festivos nacionales inamovibles, los que por caer en domingo se pasan al lunes siguiente y los que no lo hacen. Luego nos añaden los festivos autonómicos y finalmente un par de fechas locales que nunca pueden faltar para la romería y la fiesta mayor.


He revisado el calendario y me he dado cuenta de que la mayoría de fiestas que tenemos son religiosas y de una sola religión. El día de Reyes, el Jueves y el Viernes Santo, la Asunción de la Virgen, un día para Todos los Santos, otro para la que fue concebida e inmaculada y el día de Navidad. Solo hay tres festividades civiles y laicas en nuestro calendario y están dedicadas al día que se votó la Constitución, a cuando Colón creyó llegar a las Indias, y a aquel 1 de mayo de1886 en Chicago que nos recuerda a las clases trabajadores que cada pequeño avance en nuestras vidas tuvo que ser luchado y costó más de lo que creemos.


Nuestros vecinos también tienen casi las mismas celebraciones religiosas, pero los franceses tienen su 14 de julio y sus jornadas para recordar la victoria ante los alemanes en 1945 y 1918. En Portugal van un poco más allá y tienen su día de la libertad el 25 de abril, el de la República el 5 de octubre, su recuerdo a la recuperación de la independencia el 1 de diciembre y una poética jornada dedicada al más insigne de sus escritores, Camões, el 10 de junio.


Líbreme cualquiera de los dioses de querer quitarle al calendario patrio tanta festividad religiosa. Además, todos sabemos que donde está la Navidad estuvo el solsticio de invierno, en San Juan el solsticio de verano y la Semana Santa nos la cambian cada año para que coincida el Domingo de Resurrección con la primera luna llena de la primavera.


Este año en Extremadura el martes de carnaval será festivo en toda la región, aunque en tu pueblo no se disfrace nadie. En menos de una semana ya hay partidarios y detractores para iniciar una nueva guerra civil a cuenta de un simple día laborable. Se alegran quienes podrán conciliar con las mini vacaciones escolares que hay en esos días y se suben por las paredes quienes abominan de que se universalice una fiesta tan pagana e irreverente.


En Badajoz capital ahora les sobra un festivo, el que tenían guardado para su fiesta más internacional, y anda la ciudad dividida entre alargar un día más el periodo carnavalesco o apuntarse a ideas tan peregrinas como celebrarlo el día de la toma cristiana de la ciudad (que este año cae en domingo) o la romería de mayo (que siempre ha sido domingo). Mañana es fiesta, un día tranquilo para pensar en la tierra que vivimos, en la manera de mejorarla desde la ciencia, la solidaridad, la justicia y las buenas ideas en lugar de empeorarla con disparos y disparates.

 

Publicado en HOY el 7 de septiembre de 2022.



29 diciembre, 2021

Toponimia

Me apasiona la toponimia, esa parte del saber que se dedica a estudiar los nombres propios de lugar, sus orígenes y significados. Cada vez que preparo un viaje me gusta llevar bien aprendidos los itinerarios y trato de averiguar si el nombre de cada lugar es una huella de su pasado árabe, romano o celtíbero.

 

Las poblaciones no suelen cambiar de nombre a lo largo del tiempo, aunque he descubierto que se han producido más de los que imaginaba. En algunos casos por motivos muy comprensibles, como cuando las localidades de Asquerosa (Granada), Pocilgas (Salamanca) o Porquerizas (Madrid) optaron por soluciones más limpias y aromáticas como Valderrubio, Buenavista o Miraflores de la Sierra.

 

Es dentro de cada localidad donde se establecen guerras toponímicas. Te adentras en las ciudades y cada paseo por un barrio te sirve para adivinar en qué época o con qué alcalde se bautizaron plazas y avenidas. Hay lugares del llamado nuevo mundo que usaron hasta tal punto el sentido práctico, que diseñaron sus ciudades con escuadra y cartabón, creando unos ejes de abscisas y ordenadas que casi te ahorran encender el navegador: todas las calles se denominan con números ordinales impares de este a oeste, mientras que las avenidas llevan números pares de norte a sur.

 

A nosotros siempre nos sonó raro en las películas aquello de subirse al taxi y pedir que les llevaran a la calle 31 esquina con la octava avenida. Aquí somos más de letras y nos gustan las plazas mayores y las avenidas que apuntan a su destino: que la avenida del Valle en Plasencia te dirija hacia el Valle y que la Avenida de Elvas en Badajoz te lleve a dicha ciudad.

 

También en los pueblos más pequeños se deja ver el sentido común y las ganas de facilitar las cosas. En ellos es normal que la calle de la iglesia o de la fuente acabe en estos lugares, salvo que en el pleno municipal les guste jugar al despiste y hacer bromas. Es lo que pensé cuando fui a estudiar a Cáceres y vi que la Avenida de Alemania estaba orientada hacia el suroeste y no al noreste. Luego me contaron por qué le dedicaron tan importante vía a ese país y en qué época se hizo, que no fue ni durante la república de Weimar ni con Adenauer de canciller, sino justo entre ambos periodos. 

 


Los callejeros de nuestras ciudades y pueblos siguen teniendo porcentajes de varones que superan el 90%. Muchos de ellos son personajes históricos cuyas hazañas y glorias les situarían hoy más cerca de la prisión que de los altares. Ayer saltaba otra polémica a cuenta del nuevo puente de Badajoz, que llevará el nombre de “25 de abril”, igual que el de Lisboa. Como soy un enamorado de esa fecha me gusta el nombre, aunque algo más sencillo como “Puente de Portugal” causaría menos equívocos a los navegadores GPS. Últimamente me decanto por lo práctico: el pueblo de mi abuela, una aldea casi deshabitada en el Somontano de Huesca, tiene una sola calle. El nombre oficial es “calle única” y no hace falta ser un experto en toponimia para saber el motivo. No tiene pérdida.

 

Publicado en HOY el 29 de diciembre de 2021

 


 

05 febrero, 2020

Culpables por defecto


Hace años que leí un libro de Owen Jones en el que contaba la manera en que los medios británicos ridiculizaban a las capas más desfavorecidas de la sociedad y las hacían culpables de sus propios males. No ha sido la presencia del Reino Unido en todos los noticieros recientes lo que me ha traído este libro a la memoria, sino algunas noticias y declaraciones que atribuían la causa de los cortes de luz en los barrios más desfavorecidos de Badajoz al cultivo de ciertas plantas o a los enganches ilegales de algún vecino. 



Desconozco cuál es el exceso de kilovatios que se produce dando luz y calor a hierbas alucinógenas y entiendo que es grave (y también muy peligroso) realizar enganches a la luz de manera ilegal y fraudulenta. Pero me preocupó que la todopoderosa empresa eléctrica y el alcalde accidental apuntaran rápidamente con el dedo a los causantes del desaguisado y no se preocuparan casi nada de las víctimas.



De ellas sí nos habló Natalia Reigadas en las páginas de este periódico y me estremeció el testimonio de esa hija que a las siete de la tarde les preparaba la cena a unos padres muy mayores, que ya no están en condiciones para andar a tientas en la oscuridad cada dos por tres.  Por no hablar del vecino que necesita una máquina para respirar y que llamó a la policía angustiado por tanto corte de luz.



De la pobreza energética no nos hablan casi nunca y no siempre nos cuentan todo. Esa pobreza no solo provoca frío en las noches de invierno sino también muerte y destrucción. En nuestros barrios y pueblos más humildes son inviables e inasequibles métodos más limpios y eficientes de caldear las habitaciones y se siguen utilizando braseros peligrosos  que, a veces, acaban en intoxicaciones e incendios.



La semana pasada visitó la mayor ciudad de Extremadura un relator de Naciones Unidas preocupado por los niveles de pobreza de la ciudad y no sé qué impresión se habrá llevado tras visitar Santa Engracia o Los Colorines. Nada nos sorprenderá lo que escriba un relator australiano porque es muy posible que coincida con el informe Foessa de una institución tan poco sospechosa como Cáritas, que en el pasado mes de octubre apuntaba la escalofriante cifra de un 23 % de la población en riesgo de exclusión.



Mientras se encuentran soluciones a largo plazo para este drama que afecta a casi un cuarto de la población, convendría no generalizar y culpar a la ligera a quienes habitan los barrios más desfavorecidos, porque la inmensa mayoría no son ni traficantes ni ladrones, son gente humilde y que merece un trato digno y una presunción de inocencia. No sé si fue a Owen Jones a quien le escuché hablar de “culpables por defecto”, de gente a la que su origen les tiene colgado un sambenito y que tienen marcada de antemano una casilla fatídica e injusta, la que les hace responsables de todo aquello que sufren. 

Publicado en HOY el 5 de febrero de 2020

12 diciembre, 2018

Cuestión humanitaria


El lunes se cumplieron 70 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que probablemente es el documento rubricado por más Estados y más incumplido incluso por los mismos firmantes, pero también hay que reconocer que es una pequeña tabla de salvación a la que agarrarse en unos tiempos en los que empiezan a tambalearse avances que creíamos consolidados.

En este otoño que se acaba se cumplen también 25 años de la creación de un grupo de Amnistía Internacional en Badajoz, pocos años después del que ya existía en Cáceres. El profesor Pecellín nos consiguió un aula del instituto para la primera reunión y allí que nos juntamos unos cuantos para intentar erradicar la pena de muerte y la tortura o conseguir la excarcelación de los presos de conciencia. Durante un cuarto de siglo intentamos, con mucha modestia, hacer todo aquello que estaba en nuestra mano para tratar de que se hiciera realidad la declaración firmada en 1948: nos ocupamos de Colombia, de Timor, de las abuelas de plaza de Mayo, de los ejecutados en China o en Texas, de un preso cubano apellidado Biscet o de los campesinos centroamericanos a los que expulsan de sus tierras empresarios muy conocidos por aquí.

Hoy nos juntamos de nuevo para recordar estos 25 años del grupo y estos 70 años de declaración. No lo podemos hacer en la misma aula ni tampoco parafrasear a Fray Luis de León y su famoso “como decíamos ayer” porque nada es como ayer, todo está cambiando y cada vez son más las unanimidades logradas que comienzan a tambalearse: Guantánamo y Abu Ghraib sacaron de las catacumbas a quienes creían en la utilidad de la tortura y la libertad de expresión se mutila con leyes, reglamentos y ordenanzas.

El pasado 8 de marzo pensábamos que no había vuelta atrás, que una vez que se adquiere y se disfruta de un derecho humano, aunque solo sea en el papel, es muy difícil que te lo arrebaten. Me temo que es un error y que no nos podemos despistar ni un segundo. Ya empieza a ser necesario explicar que el tono de la piel no nos hace mejores, que el lugar de nacimiento que ponen en nuestros pasaportes es un mero accidente del destino y que las patrias y las banderas acaban por ser un refugio fácil para quienes quieren abdicar de su condición de humanos.

Esa es la tesitura a la que nos vamos a enfrentar en los próximos tiempos: la terrible paradoja de volver a explicar que en 1948 tuvimos que firmar unos principios para evitar que un monstruo nos devorara de nuevo. No sabemos si se están incubando camadas negras como las que en su día filmó Gutiérrez Aragón, lo que sí que parece claro es que o convencemos a toda la sociedad de la prioridad de los Derechos Humanos o acabarán por imponernos causas muy inhumanas. Es una cuestión humanitaria.

Publicado en HOY el 12 de diciembre de 2018

 

 
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31 octubre, 2018

Personas como Pepe Álvarez


Mientras en el mundo comienzan a manifestarse sin rubor los que dejarían morirse en el mar a quienes huyen de la muerte, y los que venderían armas a quienes las usarán para matar inocentes, se nos marchaba Pepe Álvarez. A muchas personas no les dirá nada ese nombre pero quienes en Badajoz tuvieron la oportunidad de conocerlo saben que era una persona de una humanidad incomparable, de un enorme sentido de la justicia y de un inquebrantable compromiso con los más débiles.

Algunos lo conocimos hace 25 años, cuando las tiendas de campaña se instalaron en el Paseo de la Castellana de Madrid y en otros lugares de España y de Extremadura. Se pedía algo tan revolucionario como que cada país del mundo desarrollado dedicara un 0’7 de su PIB al desarrollo de los países empobrecidos, aquellos que siguen llamando del tercer mundo. A veces me pregunto por qué casi ningún país llevó a cabo ese pequeño esfuerzo que nos habría evitado infinidad de problemas posteriores. Pero Pepe, además de mirar por los que están muy lejos,  era también una persona entregada a su colegio, al barrio humilde en el que estaba situado y a las familias más necesitadas del entorno.

Dos días después de la muerte de Pepe leí un tuit irónico que parecía haber sido escrito en pleno 1933: ¿a mí qué me importa el ascenso de Hitler si yo vivo en Polonia?  Releer esta pregunta con la perspectiva que da la Historia nos haría ver a quien pronunció esas palabras como a un incauto, alguien incapaz de ver lo inútiles que son las fronteras terrestres para impedir la propagación de virus, bacterias, epidemias, ideas malévolas o intenciones totalitarias. En cambio, esas palabras podrían tener toda lógica en un ciudadano de Varsovia que en 1933 vivía ajeno a lo que ocurría en la casa del vecino.

Desde el pasado domingo Trump tiene otro gran aliado en América. El norte y el sur del continente ya tienen a sus gobernantes más poderosos cortados con el mismo patrón, con la diferencia de que en Brasil los contrapoderes posibles están ya en manos de Bolsonaro y que muchas de las bravuconadas de Donald sí que serán puestas en práctica por Jair.

¿Todavía vemos muy lejos el horror del racismo, de la homofobia y de la aporofobia? ¿Aún pensamos como aquel polaco que veía imposible la invasión de 1939? Quizá deberíamos apresurarnos a buscar explicaciones a la ola de ideas intolerantes que ganan terreno en muchos sitios y, sobre todo, a buscar antídotos contra los que creen que la culpa de nuestra pobreza la tienen los paupérrimos que han venido de más lejos.

Instalar la bondad en el sistema operativo de los humanos puede ser una de las mejores opciones porque de maldad vamos sobrados. Algo tan sencillo como enseñar a todos, y desde muy pequeños, que somos iguales, que tenemos los mismos derechos y que hay pan para todos si lo repartimos bien. Eso sabía hacerlo muy bien Pepe.

Publicado en el diario HOY el 31 de octubre de 2018

03 octubre, 2018

Los nombres de las cosas


Los seres humanos acabamos poniendo nombres a las cosas cuando necesitamos diferenciarlas. En los pueblos en los que solo hay templo, una taberna o un comercio, con un artículo definido se solventa todo y hablamos de la iglesia, el bar o la tienda. Las grandes ciudades, esas que tienen más de un aeropuerto y varias estaciones de ferrocarril, tienen que acabar poniéndoles apellidos, ya sea honrando a Charles de Gaulle o a Kennedy, o bien sirviéndose del nombre del barrio en que se encuentran, como pasa con la estación de Sants en Barcelona o de Chamartín en Madrid. A algunos filólogos les apasiona tanto esto de los nombres que se dedican analizar la onomástica y la toponimia, dos áreas que, en honor a la verdad, están llenas de curiosidades muy entretenidas.



Aquí todavía seguimos discutiendo sobre los nombres de los pueblos, calles o plazas que fueron dedicadas a unos héroes que el paso del tiempo (y el fiel análisis histórico) acabó convirtiendo en villanos. Si la fisonomía de nuestras ciudades hubiera sido trazada con escuadra y cartabón, nos bastaría con numerar calles y avenida con combinaciones de pares e impares para tener un sistema lógico. Habríamos evitado engorros como tener un pueblo entero en Soria dedicado al General Yagüe o algunos núcleos del Plan Badajoz honrando a un caudillo. Pero aquí heredamos intrincados callejones en cascos antiguos, juderías y barrios (hermosa palabra de origen árabe) que durante siglos diferenciamos en función del oficio de sus habitantes y que luego acabaron siendo un tratado de hagiografías.



La semana pasada supimos que el hospital de referencia de Extremadura dejaría de llevar el nombre de una infanta y que iba a llamarse como lo que es, algo tan sencillo y descriptivo como el Hospital Universitario de Badajoz. Y algo tan simple como dejar de homenajear a quien nada hizo por la salud ni la medicina extremeña ha acabado en la más estéril de las polémicas.



De todos los problemas que tiene la sanidad pública de la región, el menos importante es el nombre de cada edificio. Los centros de salud siguen el acertado criterio de ser designados como el barrio en el que están para no confundir a la gente con nombres de personajes. Siempre me llamó la atención la plaza de Cervantes en Badajoz, que tiene en el centro una estatua de Zurbarán pero que todo el mundo conoce por el nombre de san Andrés: ni queriendo se puede despistar más al forastero.



Ahora hay quienes quieren dedicar el hospital a la virgen de la Soledad, a pesar de que ya hay un tanatorio con ese nombre en la ciudad y que podría derivar en equívocos de humor negro cada dos por tres. Un poco de sensatez siempre viene bien en estas cosas: no le dediquen ni un minuto más, doten de recursos suficientes a los hospitales para que no haya que esperar demasiado a ser atendidos y toda la gente de a pie lo agradecerá. Seguro.

Publicado en el diario HOY el 3 de octubre de 2018.
Foto de J.V. Arnelas en HOY 
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08 agosto, 2018

Paisajes urbanos




Rara vez visitamos otras ciudades sin evitar las comparaciones con la nuestra. En una reciente visita a la localidad portuguesa de Nazaré volví a usar el teleférico que une la villa con la parte alta de la localidad y la taquilla lucía con orgullo un letrero de “servicios municipalizados”. Además, un cartel recordaba que allí mismo podían pagar el recibo del agua, también municipalizada. Luego vuelves a tu ciudad de origen y ves que todo va en sentido contrario, que ni el agua, ni la limpieza, ni la gestión de proyectos las lleva el propio Ayuntamiento. Ya solo queda que la policía local se externalice con una empresa de seguridad y que la alcaldía y las concejalías se saquen a concurso a una gestoría.
En estos días de calor agobiante no podemos dejar de pensar en cómo estamos transformando nuestras ciudades. Hace poco me contaba un amigo que en Jaén habían decidido destrozar una plaza como la de Deán Mazas para sustituir las baldosas históricas por el duro hormigón y quitar árboles, bancos y fuentes. La tendencia imperante es  suprimir todo aquello que requiera mucho mantenimiento para ir cambiándolo por espacios despejados y olvidarse de beneficiar a la gente que luego tiene que usar las calles y plazas.
Me parecía que ya habíamos aprendido de errores ajenos, como cuando en los años 90 dejaron el paseo de la margen izquierda del Guadiana en Badajoz con cuatro árboles que acabaron muriendo y con cemento por doquier, y este mismo diario anunciaba que en la Avenida Carolina Coronado se iban a talar los olmos y rellenar el espacio con rosales. Uno no acaba de comprender ese odio hacia los árboles que solo tiene parangón en George W. Bush, que proponía talar los bosques para evitarlos incendios forestales.
Ignorar el cambio climático, pasar por alto la necesidad de dotar de zonas verdes a las ciudades y creer que todo se resuelve sin tener en cuenta la sostenibilidad de la tierra en la que habitamos son algunos de los síntomas que delatan a los políticos más preocupados de cortar las cintas de inauguración que de facilitar la vida a sus convecinos.

No habían pasado 24 horas desde que se publicara la noticia y ya había comenzado el malestar por el barrio. Los carteles improvisados cubrían los escaparates y mañana a las ocho y media han convocado una concentración en la fuente de Cuatro Caminos. La pregunta va de boca en boca: ¿a quién le pueden molestar unos árboles que plantaron hace 40 años, con todo el cariño del mundo, los niños del colegio que está en la propia avenida?

O comenzamos por tomarnos en serio esta tarea de hacer habitables las ciudades o acabarán convirtiéndose en un infierno, en una sucesión de espacios despersonalizados, incómodos, en los que no apetece estar, donde nos cambian los bancos semicirculares que propiciaban el diálogo por sillas aisladas y viradas para que nadie se tenga que cruzar la mirada. Serán los nuevos paisajes urbanos, salvo que la gente despierte para impedirlos.

Publicado en el diario HOY el 8 de agosto de 2018 

29 noviembre, 2017

Centro de salud



Hace unos meses me contaba un médico veterano que los jóvenes profesionales de la medicina estaban más preparados que nunca para ejercer la profesión desde el punto de vista científico. Pero, a renglón seguido, me señalaba que esa enorme ventaja de conocimiento y de preparación tenía algunas pequeñas lagunas por el descuido de un elemento imprescindible, no solo ya para quienes se ocupan de algo tan importante como sanar a las personas, sino también para cualquier servidor público que ha de tratar con la ciudadanía. Me comentaba que no basta con recopilar todos los datos analíticos recogidos, diagnosticar e indicar el tratamiento desde el teclado de un ordenador, porque tan importante como la precisión, el acierto y la profesionalidad es, en muchas ocasiones, la humanización de los procesos: acercarse, preguntar, mostrar empatía, dar ánimos, quitar miedos y hacer saber que quien te está atendiendo es un congénere y no un perfecto robot.

Siempre tuve miedo de médicos y hospitales hasta que llegué a mi barrio. El primer centro de salud era uno en la carretera de Campo Maior que se caía a cachos, pero donde descubrí un interés del personal por los pacientes que no había visto hasta entonces. Además, se aprendía mucho en aquellos pasillos que simulaban ser una sala de espera, donde llegué a escuchar que las Cuestas de Orinaza iban a ser derribadas para construir allí una central nuclear. Luego nos hicieron un flamante centro de salud nuevo en el Parque de San Fernando y después reconstruyeron totalmente el anterior. Entonces tuve que elegir uno de los dos centros y preferí quedarme en el del parque, para poder seguir con la entrañable pediatra Mª Jesús, aunque eso suponía perder de vista a una magnifica médico de familia, que nos recordaba a la doctora Queen de una serie de los años 90,  y que tardaba el tiempo que fuera necesario para atenderte como es debido.

Así que nos acabó tocando un médico que no era nuevo en el centro pero sí para mí. Y un día me puse en la puerta de la consulta y escuché la conversación de las vecinas del barrio, que no hacían más que pisarse la palabra unas a otras y exclamar “¡qué bueno es Don Antonio!”. Así han pasado varios años y el viernes, cuando iba a vacunarme, encontré globos y carteles que daban las gracias a Don Antonio. Era su último día antes de la jubilación y los cuatro que estábamos a la espera permanecimos en silencio hasta que cada uno fue desgranando el aprecio que tenía por su médico de la sanidad pública, y por lo atento que había sido con cada uno de ellos durante años.

Imagino que entre los jóvenes galenos también habrá muchos que sí sabrán conjugar la enorme preparación con esa capacidad de escuchar y de transmitirnos sosiego que he visto en el personal del centro de salud de mi barrio. A veces lo excelente está más cerca de lo que pensamos.

Publicado en el diario HOY el 30 de noviembre de 2017 

19 octubre, 2016

El tren de la apatía



Se dice que Extremadura es una tierra un tanto apática, que desde la histórica manifestación de 1979 contra la central nuclear de Valdecaballeros no ha sido capaz de salir a la calle, de manera unánime, con el objetivo de reclamar algo para la región, ante quien sea y del color que sea. Será porque el ritmo indolente de nuestros trenes se ha acabado contagiando y ya forma parte de nuestro carácter, o bien porque los que nos han gobernado, unos y otros, han intentado desactivar toda iniciativa que partiera desde abajo, como todavía podemos ver hoy en día.

El sábado tenemos una cita en Badajoz, a las 12 del mediodía. Las organizaciones sociales, políticas y ciudadanas han realizado un llamamiento para manifestar en la calle el derecho de Extremadura a tener un tren digno, que esté electrificado como lo está en el resto del mundo civilizado desde hace décadas, y que alcance unas velocidades decentes para llegar al centro de la península en tres horas (que no es mucho pedir). No sería ni necesario repetir el error cometido en el resto de España y construir AVEs que son insostenibles ecológica y económicamente, sino que bastaría con aprovechar la plataforma ya construida, terminarla hasta Madrid, conectar con lo que Portugal va a empezar a finales de año y mejorar el resto de la red convencional.

Muchos se preguntan cómo hemos llegado hasta aquí, cómo podemos vivir en un país en el que unos recorren 600 km en poco más de dos horas y otros tardamos seis horas en hacer 400 km. Y es que nuestra realidad no ha sido producto de la casualidad o la mala suerte, sino culpa de gobiernos centrales que ignoraron a Extremadura en asuntos ferroviarios, y gobernantes autonómicos que solo alzaban la voz cuando en la capital había un color diferente. También es posible que a nuestros políticos les despreocupara un problema que no sufrían: estoy seguro de que las cosas habrían sido de otra manera si nuestros políticos hubieran ido en tren a Madrid cada vez que tenían que asistir a una reunión, o se hubieran negado a recibir aquí a ningún ministro que no hubiera llegado a la estación de ferrocarril. Pero sé que sería mucho pedir porque, salvo un par de excepciones, nuestros políticos rara vez pisan el tren e incluso los dirigentes de las empresas ferroviarias usan el coche cuando visitan nuestra región.

Ahora ya no hay excusas y ha llegado el momento de dejar de lamentarse en la barra del bar. Ahora es el momento de tomar conciencia de que pocas cosas pueden unir a toda la gente de esta tierra, piensen lo que piensen, como la reivindicación de un sistema de comunicaciones moderno, ecológico, sostenible, eficaz y vertebrador del territorio. Si no somos capaces de ir el sábado a la calle, luego no nos quejemos porque tendremos lo que nos merecemos: ser atropellados por el tren de nuestra propia apatía.

Publicado en el diario HOY el 19 de octubre de 2016



Matonismo

En las escuelas siempre había un matón, alguien que se creía con el poder de amedrentar a quien le diera la gana y que contaba con el apoy...