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14 marzo, 2011

Prisa


Todos tienen prisa y nadie tiene tiempo. Las ciudades de ese Occidente que muchos llaman civilizado se definen así, con esas dos frases categóricas. La velocidad, esa magnitud física que expresa el espacio recorrido durante un determinado tiempo, se ha convertido en un derecho al que nadie está dispuesto a renunciar. Solamente se piensa en el día a día, sin poner los ojos más allá de pasado mañana. Da igual que acabemos volviendo a ir en burro, pero que ninguno se atreva a decirnos a cuántos kilómetros por hora tenemos que desplazarnos. Las portadas de los periódicos de hace 37 años son iguales que las de hoy: hablan de Gadaffi, de los límites de velocidad, de la crisis económica y del precio del combustible. En algunos países del norte de Europa aprendieron a desplazarse por las ciudades sin usar gasolina y todavía lo siguen haciendo a pesar de los rigores del clima. En cambio, en las zonas más cálidas de Europa, seguimos atando los perros con longanizas y maldiciendo a quien pone obstáculos al transporte en vehículo privado. Y quizá la solución no esté tanto en penalizarlo como en apostar en serio por el transporte público. Habría que hacerlo tal manera, que sólo los muy tontos no acabaran optando por él. Y para eso nos queda mucho camino por andar: desde bajar radicalmente los precios del ferrocarril hasta llenar de carriles para bicicletas todas las calles y avenidas. Si no hacemos nada, los periódicos volverán a hablar de lo mismo dentro de 37 años. Cambiarán los actores pero el texto será prácticamente el mismo. Así que habrá que darse prisa: no tenemos tiempo.

Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 14 de marzo de 2011

26 octubre, 2009

Bicicletas


A finales de los años 90 un ciudadano de Badajoz fue a visitar a un amigo alemán que vivía en Freiburg, localidad de unos 200.000. Para poder moverse por la ciudad el anfitrión le prestó una bicicleta que mi amigo agradeció, aunque le puso un pequeño reparo: la bicicleta no tenía cadenas, candados o sistemas similares para evitar los latrocinios. El alemán le respondió que no hacía falta y que en toda la ciudad encontraría lugares en los que dejar la bicicleta sin miedo a que desapareciera. Mi amigo se quedó boquiabierto y cuenta aquellos días en Freiburg como una estancia inolvidable, disfrutando de carriles especiales para ese medio de locomoción y facilidades en toda la ciudad. Cuando volvió se lamentó de que Badajoz, con una orografía y un clima envidiable, apenas contara con tres pequeños tramos de carril bici. Cuatrocientos metros que unían el Puente de Palmas con el puente de la Universidad, un kilómetro en la carretera de la Granadilla y otro en Puente Real. Ha pasado una década desde entonces y las mejoras en esta ciudad, que pretende ser moderna y avanzada, no han sido muchas. Hoy tenemos una acera amplia hasta la frontera, aunque no es un carril-bici propiamente dicho, un tramo muy decente en la carretera Valverde y una broma de mal gusto – no se le puede llamar de otra manera- que es lo que en su día se hizo al pintar unas rayas en el suelo de la carretera de circunvalación. Parece que ahora vamos a contar con un sistema público de uso de bicicletas y uno no puede más que felicitarse. Pero Freiburg sigue estando demasiado lejos de Badajoz y no es solo cuestión de civismo.

Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 26 de octubre de 2009.

Matonismo

En las escuelas siempre había un matón, alguien que se creía con el poder de amedrentar a quien le diera la gana y que contaba con el apoy...