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06 septiembre, 2023

Cerco y acoso


Me entretiene captar fragmentos de conversaciones ajenas. No es que quiera dedicarme al espionaje a tiempo parcial, ni tampoco lo hago para enterarme de lo que les ocurre a viandantes o pasajeros a los que, probablemente, no vuelva a ver en la vida. Simplemente me dedico a imaginar cómo seguiría ese diálogo, cuáles habían sido las palabras previas o de qué manera se podría ir liando o desmadejando la discusión.

 

Me ocurrió anteayer de camino a la estación de tren. Eran las tres de la tarde, pasaba junto a tres varones que podrían parecer prejubilados y que estaban sentados en la terraza de un bar. “Es que las está perjudicando a ellas todo eso del empoderamiento que dicen”. Esa fue la frase textual, de la que me ahorraré análisis morfosintácticos y que no me hizo volar demasiado la imaginación, como en otras ocasiones. Enseguida concluí que estaban hablando de este asunto de final del verano en el que se han fundido fútbol, fervor, feminismos y otras muchas más cosas que no siempre comienzan con la letra efe.

 

Continué dándole vueltas a la frase porque empoderar es uno de esos verbos que se ha puesto muy de moda en la última década y que aparece en textos y discursos de todo tipo. El señor lo tenía claro y había llegado a la conclusión de que la rebeldía de las mujeres frente un patriarcado asentado durante milenios de poder incuestionable se les podría volver, aprovechando que todo ocurrió en Australia, como un boomerang contra ellas.

 

Así que llevo dos días dándole vueltas a la frase y pensando en algunas de las cosas leídas y escuchadas en las últimas semanas para averiguar si el “excesivo” empoderamiento de las mujeres tendrá efectos secundarios o graves contraindicaciones. Pero me descompuso un comentario en redes sociales, escrito por algún descerebrado con teclado a mano, que hablaba del “cerco y acoso que estaban sufriendo los varones heterosexuales por parte del feminismo”. Fue entonces cuando comencé a preguntarme dónde estaba ese cerco y ese acoso, qué peligros acechaban al género históricamente dominante y con la orientación sexual mayoritaria y bendecida por todas las religiones monoteístas y politeístas. ¿Qué derecho inalienable de los varones heterosexuales ha sido cercenado por el avance del feminismo, un movimiento que solo pretende la igualdad entre varones y mujeres?

 

Empiezo a entender que los varones que tuvieron patente de corso durante casi toda su vida, que fueron avasallando a las mujeres sin pedir permiso ni perdón, tengan ahora un miedo horrible: el temor de que hoy sean ya delito algunas de las cosas que formaban parte de un juego macabro en el que ellos ponían las normas impositivas y ellas tenían que pasar por el aro.  Como cantaba María Jiménez, se acabó y ya no habrá vuelta atrás. No habrá empoderamiento perjudicial sino todo lo contrario. Y es precisamente la unión y la solidaridad entre mujeres ninguneadas en una tierra tan hostil como la futbolística las que llevaron al señoro de la terraza a eructar su frase lapidaria. No hay cerco ni acoso, se lo digo yo. Basta con dejar de ser gañanes y jamás tendrán nada que temer.

 

Publicado en el diario HOY el 6 de septiembre de 2023




09 enero, 2019

Desandar


El pasado ocho de marzo, mientras regresábamos de la mayor manifestación feminista que se recuerda, escuchaba emocionado la conversación que mantenían mi madre, de 77 años, con mi hija de 15. Yo ya había oído mil veces cada una de las historias: de cuando comenzó a trabajar en las oficinas de una industria química, de cuando tuvo que dejar el trabajo de manera obligatoria al casarse, del banco en el que no le dejaron abrir una cuenta corriente sin autorización del marido, de que todo era pecado, de que las niñas y los niños tenían que ir a colegios diferentes y de mil curiosidades que hoy nos parecerían imposibles.



Ese día pensé que no había vuelta atrás, que las jóvenes que allí estaban no iban a permitir retoceder sobre lo conseguido en una lucha que está lejos de acabar. Sin embargo, faltan dos meses para que las calles vuelvan a teñirse de violeta y los peores presagios se van acercando en diferentes lugares del mundo. Hay gobiernos autonómicos que dependen de la derogación de normas que protegen a las mujeres, ministras que abogan por que los niños vistan de azul y las niñas de rosa, leyes de esclavitud en el corazón de Europa que obligan a realizar hasta 400 horas extraordinarias pagaderas en 3 años, amenazas con suprimir la justicia laboral a causa del “exceso de derechos” o despedir a funcionarios con ideas diferentes a las del partido del gobierno.



Dicen que nos sería difícil volver a vivir como en otros tiempos. Nadie se imagina mecanografiando un trabajo de fin de carrera y corrigiendo con tipp-ex, ni enviando un telegrama, ni lavando a mano la ropa, ni con el practicante poniendo inyecciones por las casas con la misma jeringilla desinfectada en alcohol. Son imágenes de un tiempo que ya pasó, que se superó con la técnica y que todo el mundo, unanimemente, considera un avance.



Lo mismo debiera ocurrir con los logros sociales. Debería ser unánime que se pague a la gente lo justo por su trabajo y que no se puede discriminar por el color de la piel, el sexo o el lugar de nacimiento. La segunda década de este siglo se acerca con nuevas amenazas a las que nos estábamos preparando. Sabemos que el cambio climático es una realidad (aunque algunos no quieran verlo), que los recursos del planeta no son infinitos y habrá que cambiar los modos de consumo, y que la desigualdad en el planeta provocará movimientos migratorios que habrá que solucionar con más igualdad y con menos vallas de concertinas.



Para lo que no sé si estamos preparadas es para desandar lo que ya se ha logrado y disfrutado. No quiero imaginarme el próximo 8 de marzo pensando en que las mujeres podrán estar más desprotegidas, que los derechos laborales y de expresión se van a venir abajo o que el racismo se va a instalar en los despachos. Para impedirlo habrá que lucharlo y la primera gran cita es dentro de dos meses (menos un día, para ser exactos).

Publicado en el diario HOY el 9 de enero de 2019.

07 marzo, 2018

Compañeras

Todavía hay mucha gente, más de la que cabría esperar, que no sabe por qué se celebra el 8 de marzo. Cuando les cuentas que hace 110 años un patrón prendió fuego a la fábrica en la que estaban encerradas 146 trabajadoras reclamando mejoras salariales, se quedan con un gesto de asombro y perplejidad. Mañana, esas mujeres que conforman la mitad del mundo, las que han estado oprimidas por la fuerza bruta durante siglos, han decidido organizarse, decir que ya basta, mostrar su valía y lo imprescindibles que son para que nuestras sociedades sean humanas en el más amplio sentido del término. 

Quienes intentaron desprestigiar la palabra feminismo lo hicieron muy bien para sus intereses. Lograron hacer creer, incluso a muchas mujeres, que era lo contrario que el machismo y que el objetivo del movimiento era el de subyugar al varón, quizá como venganza por lo que habían padecido durante todos los siglos en los que la fuerza daba más poder que cualquier atisbo de inteligencia. Nada de eso está sobre la mesa sino algo más simple: conseguir que todos los seres humanos tengan los mismos derechos, tanto en la letra de lo que dicen las leyes como en la realidad que se aplica en la calle. 

¿Hay razones para organizar esta protesta global? Mucho me temo que sí. No hay dato estadístico que no corrobore científicamente la discriminación que sufren las mujeres en todo el planeta: víctimas de acoso y violencia de género, brechas salariales, exclusiones a la hora de acceder al mercado de trabajo y una retahíla que podría ocupar varias páginas. Solo en un puñado de países se ha conseguido aliviar el dolor de la más transversal y profunda herida que nos hemos dejado en la evolución del género humano. Acabó el siglo XX y pensábamos que no había vuelta de hoja en la historia, que jamás volveríamos a discriminar por razón de raza, color de piel, religión, ideas o condición social. Y nos dejamos la más importante, la más repetida en cada rincón del planeta, en cada casa y en cada familia.

Mañana, compañeras, es un día para hacer historia, un día para poder contarlo a vuestras hijas, sobrinas o nietas, un día que podréis recordar con orgullo porque marcará un antes y un después en las luchas feministas de todos los países. El machismo ya no va a poder esconderse y habrá que decantarse por la igualdad o por dejar que las cosas sigan como están. Y, mientras tanto, los varones tenemos mucho que hacer para que esta lucha llegue a buen puerto: animar a las compañeras a sumarse, compartir una causa que también es nuestra y dejar que sean las protagonistas de su gran salto adelante. Ya han demostrado que son capaces. ¿Es esta una huelga ideológica? Pues sí, como todo en la vida. Y no secundarla ante lo que ocurre en este mundo también es una postura muy ideológica: la más antigua e insolidaria de de todos los tiempos, por cierto. 
Publicado en el diario HOY el 7 de marzo de 2018


10 enero, 2018

Islandia

Me gustaría conocer Islandia y recorrer sus paisajes durante un luminoso mes de junio. Sabemos muy poco de ese país: tiene la mitad de los habitantes de la provincia de Badajoz y le plantó cara a los banqueros corruptos y a los causantes de la crisis como nadie supo hacerlo en el resto del mundo. La semana pasada volvió a las noticias por la aprobación de una normativa que pretendía hacer efectiva la igualdad de salarios entre mujeres y varones.



Y no es que en Islandia acabe de morir el último rey vikingo de la edad media, puesto que esa igualdad teórica ya estaba amparada en la legislación desde hace varios años. Lo que ha ocurrido es que se han dado cuenta de que lo que está en los papeles no había bajado a la realidad y no se plasmaba en cada nómina. Imagino que en ese país se habrán acostumbrado a hacer algo que deberíamos copiar y que consiste en evaluar las leyes o los proyectos cuando llevan cierto tiempo en vigor. De nada sirve tener los decretos mejor redactados del mundo si no hay manera de ponerlos en marcha o garantizar su cumplimiento.



¿Es generalizado ese incumplimiento de las leyes? Evidentemente no. Todo depende de quien sea el beneficiario o el perjudicado. De todos es sabido que la ley del embudo suele tener la boca muy ancha para los que están arriba y que se estrecha muchísimo en la parte de abajo. Solo así se explica que supremos y altísimos tribunales se reúnan hasta en domingo cuando hay que sacar adelante determinados asuntos, mientras que los artículos que garantizan derechos humanos fundamentales (y escritos con tinta en las Cartas Magnas) no hay manera de que se puedan hacer efectivos porque son considerados declaraciones de intenciones que no se pueden seguir al pie de la letra.



A veces no se sabe qué es peor, si la rabia de no tener derechos o la humillación de tenerlos reconocidos y no poder disfrutarlos. En Alemania acaba de tener que promulgarse una ley que permitirá a las mujeres comprobar si sus compañeros de trabajo cobran más realizando las mismas labores, mientras que la corresponsal de la BBC en China ha tenido que denunciar en su propio medio de comunicación la disparidad salarial que (casi) siempre se inclina en perjuicio de ellas.



Comienza 2018 y lo hace con cierta esperanza. Oprah Winfrey nos hablaba durante la entrega de los Globos de Oro de un nuevo día en el horizonte y quizá ese día no nos traiga la belleza espectacular de las auroras boreales de las tierras de Islandia, esas que todo el mundo dice que hay que ver al menos una vez en la vida. Preferiría no verlas jamás si, a cambio, en cada lugar del mundo desterráramos para siempre los machismos, las violencias que generan, las desigualdades, las discriminaciones, los menosprecios, los acosos y las injusticias que sufren y han sufrido nuestras madres, hijas, hermanas y compañeras. No es poco.

Publicado en HOY el 10 de enero de 2018.



25 enero, 2017

La ideología machista



El sábado las calles de Estados Unidos y otras ciudades del mundo se vieron abarrotadas por mujeres que querían defender sus derechos. La mayor de las manifestaciones, que superó el medio millón de asistentes, tuvo lugar en Washington, la misma ciudad en la que el día anterior tomaba posesión Donald Trump. No cabe duda de que el machismo del nuevo presidente, del que dan buena cuenta sus innumerables declaraciones, ha servido para poner en guardia a todo el país ante la amenaza de ver retroceder unos derechos que antes era difícil conseguir que se aplicaran y que ahora habrá que intentar que no sean borrados de un plumazo de las leyes.

En Estados Unidos no era difícil manifestarse ante la zafiedad del neomachismo, un término al que le sobra el prefijo porque no tiene nada de novedoso. Pero me preocupa menos lo que allí pueda ocurrir, donde el foco de los retrógrados está claramente identificado y hay una sociedad movilizada, que en otros lugares más cercanos, donde se va extendiendo un negacionismo que no es muy diferente del de aquellos que dicen que jamás hubo holocausto. La realidad es que en nuestras sociedades ha existido y existe discriminación hacia las mujeres en casi todos los ámbitos y que sería más fácil nombrar aquellos en los que la igualdad está casi conseguida. Gracias al feminismo, término que incluso una institución tan misógina como la RAE define como la “ideología que defiende que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres”, hoy es posible que ellas puedan abrir una cuenta bancaria, tengan pasaporte, puedan dar clase en la Universidad y hasta ser alcaldesas. Y hay que contar estas cosas porque mucha gente joven creerá que esto siempre fue así o que todo cambió porque unos señores se dieron cuenta de que ya estaban siendo demasiado malotes.

Nada cayó del cielo, cada derecho tuvo que ser luchado y para disfrutar de ellos hubo un movimiento feminista que se dejó la piel y la sangre en el camino. Por eso hay algunos a los que nos produce una enorme tristeza escuchar términos como feminazi o a gente que cree el movimiento feminista está intentando imponer una llamada ideología de género. No se equivoquen: la ideología que todavía sigue impuesta es la del machismo, la que se cobra nuevas víctimas semana tras semana y contra la que hay que actuar en todos los frentes, especialmente el educativo, porque es necesario que todo el mundo, sin excepción, sepa que la igualdad de las mujeres es un derecho humano sobre el que no se debería frivolizar jamás.

Vivimos al borde de un abismo, donde las libertades son vendidas a cambio de seguridad y donde la igualdad es una voz demasiado molesta para quienes se aprovechan de las desigualdades. Del lema de aquella revolución francesa nos queda la fraternidad, a la que le ha salido una hermana que llaman sororidad y que el sábado salió por las calles de medio mundo.  

Publicado en el diario HOY el 25 de enero de 2017

 

Matonismo

En las escuelas siempre había un matón, alguien que se creía con el poder de amedrentar a quien le diera la gana y que contaba con el apoy...