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29 junio, 2022

Refugiadas en el tren

Esta semana iba a contarles historias de los trenes extremeños narradas por un usuario asiduo. Podría aburrirles con palabras que he ido aprendiendo casi sin parar: ancho ibérico, ancho UIC, doble vía electrificada, vía única sin electrificar, trenes híbridos y hasta las siglas ERTMS, que son de un sistema europeos de gestión del tráfico ferroviario de vital importancia.

 

Pero la actualidad me ha hecho recordar los días de finales de marzo, en los que coincidí en alguno de esos trenes con gentes que procedían de Ucrania y que habían cruzado el viejo continente para llegar a Portugal, donde desde hace años existe una importante población de personas de aquel país.

 

Eran casi todas mujeres y con pequeñas criaturas. Cuando ibas acercándote hacia la puerta de salida veías que traían una gran maleta con ruedas y una bolsa grande donde sobresalía algún que otro peluche, el último objeto que habrían decidido llevarse. Solo vi a una pareja de adolescentes y a un anciano que viajaba solo con una maleta de las de antes, de las que no tenían ruedas, y cuya mirada me trasmitió una profunda tristeza.

 

No sé si lo he aprendido como método para no caer en el desánimo, pero siempre procuro buscar una arista positiva hasta en el más desalentador escenario. Mientras hacía el camino a pie hacia casa pensaba en que el resto de viajeros del tren no podía disimular sus gestos de comprensión hacia aquellas mujeres y niñas que habían venido hasta la otra punta de Europa para salvarse de las bombas y tiroteos de las tropas de Putin.

 

Llegué a pensar esos días que podíamos conseguir un cambio en la manera de ver a las personas que buscan refugio, que habría un antes y un después de esta tragedia, que las nuevas generaciones tendrían ya un recuerdo vivo y duradero de lo que suponen las guerras y del daño que causan a la población civil. En marzo tenía la certeza de que a las siguientes refugiadas que nos llamaran a la puerta no las íbamos a volver a ver como demonios del mal, sino con la misma comprensión y afecto silencioso que los pasajeros de por aquí mostrábamos hacia aquellas refugiadas rubias, altas y de ojos claros, con sus bebés y sin maridos.

 

Pero me temo que no. Lamento decir que aquella comprensión política y social hacia el dolor de la población ucraniana no está generalizado, no es un sentimiento de carácter universal sino que discrimina razas, colores de piel y nacionalidades. Aquella solidaridad nos brotaba sincera porque nos veíamos como ellas, porque pensábamos que eran gente como nosotros, con casas, colegios, y hospitales como los nuestros. En cambio, hay amplias capas de la población y de la clase política que no ve a las 37 víctimas mortales de Nador como gente que huye de la muerte en Sudán o en Mali, como personas que buscaban un lugar en el mundo en el que sobrevivir. Otro día les hablaré de planificación ferroviaria porque hoy me toca explicar que los aplastados junto a Melilla podían ser tan refugiadas como las de aquel tren de marzo. Ya no podremos preguntárselo.


Publicado en HOY el 29 de junio de 2022.





19 agosto, 2013

Criterio



Casi todas las lenguas modernas han tomado del griego un término que conviene analizar con detenimiento. Unos definen criterio como una norma para conocer la verdad y otros asemejan el concepto a la capacidad de discernimiento, pero casi todos estamos de acuerdo en que pocos halagos superan al de “es una persona de criterio”.  Aunque la diversidad es digna de admiración en casi todas las facetas de la vida, la disparidad de criterios no suele ser una buena compañera de viaje hacia la racionalidad y, en ámbitos como el de las relaciones internacionales, los criterios hay que saber mantenerlos frente a las circunstancias coyunturales o los intereses ocasionales.  

Así, habíamos llegado al consenso tácito de que había que respetar más los resultados de las urnas que los golpes de Estado propiciados desde los cuarteles, pero los criterios se disuelven y desaparecen cuando anteponemos los tanques a las papeletas de voto. Luego llega el día en que nuestros apadrinados se salen del tiesto y no sabemos dónde meternos: ya ocurrió hace 30 años con el apoyo de occidente al ejército talibán en Afganistán y parece que vuelve a ocurrir, salvando muchísimas distancias, en Egipto. Son demasiados los ejemplos del pasado y del presente para que, de una vez por todas, occidente anteponga el respeto a los Derechos Humanos  por encima de cualquier otra estrategia o interés geopolítico cortoplacista.

Hoy me pregunto si esta crisis de los criterios se aplica también a asuntos más cercanos. ¿Estamos usando los mismos criterios que los británicos en Gibraltar para defender la españolidad de ciudades en el norte de África o en la raya hispano-lusa? Tengo mis dudas, lo confieso.

Publicado en EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 19 de agosto de 1013.

16 noviembre, 2009

Muros y vallas

El muro impedía la libertad. Quienes vivían al otro lado no podían atravesarlo y estaban obligados a sufrir una vida triste, sin realización personal. Eran tantas las ansias de superarlo, que doscientas personas dejaron sus vidas en las alambradas, escalando una pared infinita y eterna. Llevamos una semana recordando aquel muro que se cayó y casi todos se alegran de su desaparición, nadie ahorra adjetivos y la inmensa mayoría se felicita por ese mundo de libertad que, parece ser, penetró en cada rincón del planeta según iban desmoronándose los fragmentos de hormigón en Berlín. Y mientras iban a la antigua capital alemana a recoger piedrecitas, los mismos fanfarrones de la libertad se dedicaban a ir trenzando en el sur un muro más alto, más vigilado y más infranqueable. Este nuevo muro ha causado más muerte que aquél, porque no sólo hay que contar a los que dejaron su vida a finales de septiembre de 2005, sino a los miles que se ha tragado el mar y a los cientos que descansan bajo un número en el cementerio de Algeciras. Intento saber qué diferencia al muro de Berlín del que se levanta en Cisjordania o del que los gobiernos españoles construyeron en Ceuta y Melilla, y no dejo de preguntarme por qué Occidente quería que los ciudadanos de la RDA vinieran a vivir al oeste y no queremos que lleguen senegaleses o mauritanos. ¿Será el color de la piel? ¿Será la formación académica de los sujetos en cuestión? Todavía estoy esperando que alguien me dé una explicación razonable, que no provoque sonrojo y que tenga en cuenta aquello de que todos los seres humanos son iguales.

Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 16 de noviembre de 2009.

Foto: Wikipedia

Equipos y estrellas

  No sé si las celebraciones mundiales se acabarán esta semana o se prolongarán varios meses, otorgando cada región las oportunas medallas i...