Mostrando entradas con la etiqueta discursos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta discursos. Mostrar todas las entradas

25 octubre, 2010

Discurso cero

Hay mucha gente que se dedica a hacer reflexiones sobre cualquier cambio de alineación, ya sea política o futbolística. Casi siempre vuelcan todas sus valoraciones en los nombres, biografías y recorridos de quienes han alcanzado la titularidad o se han hecho con un hueco en el Consejo de Ministros. Esperan que quien ha estado cerca de los sindicatos siga una línea de acción favorecedora de los intereses de los trabajadores, y que quien viene de formaciones cercanas al ecologismo se convierta en adalid de la defensa del medio ambiente desde el despacho ministerial. Pero la experiencia nos dice que las preguntas de estos días suelen estar muy mal encaminadas, que se centran demasiado en quiénes son los que van a llevar las riendas de los ministerios y muy poco en qué van hacer. Es más, la diplomacia les hace llegar a la toma de posesión alabando lo realizado por el antecesor y definiéndose como fieles continuadores, con lo cual uno se pregunta para qué narices se remodelan los gobiernos. La historia reciente nos recuerda que ya ha habido quien ha pasado de encabezar manifestaciones del primer día de mayo, a ser el personaje más vituperado en las mismas. La sobrevaloración del quién frente al qué explicaría esa moda del discurso cero, aquel que consiste en no decir nada, en pronunciar mensajes con poco significante y nulo significado. Dicen los expertos que el método da unos resultados electorales espectaculares, en Portugal ha funcionado y a Rajoy se lo recomienda Arriola. En fin. Estos días me he acordado mucho de Lampedusa. Y de Julio Iglesias también: todo sigue igual.

Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 25 de octubre de 2010.

19 octubre, 2009

Seré breve


Confieso que me dedico a observar a la gente cuando escucho un discurso. No es que no atienda, sino que me gusta ver el recorrido que las palabras pronunciadas van dejando en cada uno de los que escuchan. Unos simulan estar abducidos aunque están pensando en Cancún, mientras que otros parecen despistados y toman nota de forma disimulada. Hace unas semanas estuve en un acto en el que intervinieron cinco personas. Las cuatro primeras resumieron sus mensajes en diez minutos cada uno. La quinta y última se dedicó a repetir con parsimonia y monotonía lo mismo que sus antecesores y, lejos de amilanarse, todavía tuvo agallas para proseguir veinte minutos más con su propia cosecha. Fue el más aplaudido de todos no tanto por el contenido, que ya conocíamos, sino por la alegría que había supuesto la finalización del discurso en sí. Esta semana, que en Extremadura tendrá un sabor muy portugués, me he acordado del jesuita luso António Vieira, que comenzó una carta disculpándose por lo larga que era ya que no había tenido tiempo de hacerla más breve. Hoy, a la hora de coger un micrófono, hay quien jamás pide disculpas y quien nunca se preocupa de organizar y resumir sus palabras para evitar que los oyentes abran la boca como leones. Nos estamos convirtiendo en un pueblo con enormes dificultades para expresarse oralmente en público, en un país donde todo se hace por escrito, desde las clases de idiomas a los más duros exámenes. No somos una potencia mundial en discursos y tenemos pocos sucesores de Castelar. Así que en esta cuestión habría que superar a Gracián y afirmar que sólo lo breve puede llegar a ser bueno.

Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 19 de octubre de 2009.

Foto: AP

Equipos y estrellas

  No sé si las celebraciones mundiales se acabarán esta semana o se prolongarán varios meses, otorgando cada región las oportunas medallas i...