17 junio, 2020

Tentaciones censoras y estatuas


Poco antes de que le dieran el premio Nobel, un importantísimo escritor visitó la vieja Facultad de Letras de Cáceres. Como no cabíamos en ningún aula ni salón de actos, el gallego contestó desde un balcón a las preguntas que le fueron formulando, ya que dijo que no iba a dar conferencia alguna. Tras la intervención de algún profesor que rompió el hielo, uno de los alumnos mayores se atrevió a plantearle si era grata la tarea de censor. Me quedé con las palabras textuales de la respuesta de Don Camilo: “demuestra usted tener muy mala leche con su pregunta pero muy poco talento”. El marqués salió del desfiladero argumentando que él únicamente se encargaba de estampar el nihil obstat a la revista del colegio de farmacéuticos y a la de huérfanos de ferroviarios, a las que jamás censuró nada. Allí se acabó la historia y Cela siguió varios días por Cáceres en una carroza y a cuerpo de rey.



Suelo acordarme del autor de La Colmena cada vez que salen a la palestra discusiones sobre la censura de libros, películas, cuadros o viñetas. Imagino que tuvo que ser difícil para los creadores de otras épocas esconder sus mensajes del censor, aunque también un estímulo imaginativo para burlar al funcionario con manguitos y lápiz rojo en la oreja. La semana pasada fue polémica la retirada de series y películas con contenido racista, machista o degradante hacia personas con discapacidad y considero que no se debe caer en la tentación censora. Lo que se escribió o filmó en otra época ya está hecho y se hizo con unos parámetros y unos valores diferentes de los actuales. Incluso creo que, antes que censurar, puede ser interesante volver a ver Lo que el viento se llevó para indignarnos con más fuerza por todo lo que ocurre en Estados Unidos y otros muchos lugares del mundo.



Otro asunto más delicado es el la glorificación de personajes históricos, que en muchas ocasiones están sobre un pedestal en plazas públicas o dan nombre a las avenidas por las que pasamos a diario. Ya no estamos hablando de obras que fueron creadas en otros tiempos sino de lugares que ensalzan hoy y rinden honores a tipos que fueron poderosos en un época y cuyo poder se basaba en la más absoluta falta de criterios éticos y morales. Recuerdo que la calle San Juan de Badajoz estaba dedicada a una división de soldados de color azul que ayudaban a Hitler, y que el carnicero de Badajoz, un tal Yagüe, era honrado en varias ciudades de la región en este mismísimo siglo XXI.



Hay quien se escandaliza cuando tiran al mar la estatua de bronce de un noble que se hizo millonario traficando con esclavos y reconozco que no soy dado a aplaudir ningún acto violento, que preferiría fundir el metal de tanto guerrero sangriento como cabalga en nuestras ciudades. Pero también he de decir que me ha hecho pensar una pregunta que leí ayer tarde. “Si alguien secuestrara a tu hija y la vendiera, ¿dónde te gustaría que pusiéramos la estatua de esa persona?” ¿Tienen ustedes respuesta? 
Publicado en el diario HOY el 17 de junio de 2020 


03 junio, 2020

El color de la piel


Nunca habías pasado tres meses escribiendo sobre el mismo asunto. Fue uno de los comentarios que me llegaron tras mi último artículo y que me hicieron reflexionar sobre lo fácil que es seguir la corriente y hablar de lo que nos marcan en la agenda. La prioridad informativa era única hasta que un vídeo nos ha mostrado a un ciudadano de Minneapolis muriendo con el cuello presionado por la rodilla de un agente de la autoridad.

Y es que, mientras tanto, en casi todo el mundo las cosas seguían más o menos de la misma manera. Y habrían continuado igual si las imágenes de George Floyd no se hubieran captado y difundido.  Habrían sido como otras muchas de las que ya no nos acordamos. De la muerte de Breonna Taylor el pasado 13 de febrero ni nos enteramos y del caso de Philando Castile sabemos un poco más porque en 2016 lo mató un policía de Minnesota porque no le funcionaba una de las tres luces de freno. A pesar de las evidencias del vídeo y los testigos, un jurado blanco absolvió al policía.

Parece que hubiera pasado mucho tiempo desde que Kobe Bryant se estrellara en California. El color de su piel no era obstáculo para ser admirado como el más grande después de Michael Jordan, cuya tez oscura tampoco le impidió ser considerado un héroe. El musulmán nos da miedo si nos vende baratijas por la calle y nos rendimos ante él cuando le abren la puerta de la limusina en Marbella. Consideramos normal, en cambio, que otro magrebí duerma en una nave si luego nos recoge los pimientos bajo el plástico de El Ejido por 950 euros.

No voy a aburrirles con datos sobre el más miserable de los pensamientos humanos, aquel que hace creer a unos que su cuna, su estirpe, su formación, las posesiones de sus antepasados, el credo que profesan o el tono de su epidermis les hace ser más que otros. Pero sí que quisiera alertarles de la proliferación de partidos e ideologías que resquebrajan consensos que creíamos perennes. En diciembre de 2013 el mundo lloró a Nelson Mandela y pensábamos que no había vuelta atrás, que no era posible volver a tener sociedades segregadas, en las que te fueran pidiendo el carnet para ver si tu origen te permitía sentarte en el autobús, tener derecho a un ingreso mínimo vital o bañarte en una piscina pública. Hoy empiezan a surgir dudas por doquier.

Ayer me acordé de Ruby Bridges, aquella niña negra de ojos expresivos que con seis años fue a un colegio no segregado de Nueva Orleans, escoltada por policías federales porque los de allí se negaban a hacerlo. El resto de padres blancos retiraron a sus hijos y solo una joven maestra quiso enseñarle. Hoy esta historia de discriminación racista nos parece increíble, aunque me pregunto si persiste con otros formatos. Arrasar supermercados, aquí o allí, no servirá para solucionar ese problema tan extendido del odio y del exceso de violencia policial, pero la equidistancia no valdrá en estos tiempos que vienen: o se es antirracista o se es lo peor de este mundo.

Publicado en el diario hoy el 3 de junio de 2020

 

Exilio entre comillas

Un sábado por la tarde de hace muchos años, justo después de los dibujos animados japoneses, emitieron una película basa...