26 julio, 2010

Comprender al vecino

No leo con detenimiento las noticias que hacen referencia a las OPAS y demás parafernalias del mundo bursátil y financiero, pero desde hace unas semanas hay una polémica en el país vecino por la intención de Telefónica de hacerse con una empresa de telefonía brasileña que estaba en manos de Portugal Telecom. Algo así, no me hagan mucho caso. Lo que más me ha llamado la atención del asunto es que hayan salido a la luz los faxes que se intercambiaban los más altos dirigentes de estas dos empresas. Sí, los faxes; empresas punteras en telecomunicaciones y siguen usando esa herramienta que creíamos obsoleta. Lo curioso es que estaban escritos en inglés, lengua que se ha convertido en universal en el mundo de los negocios. De nada sirve a españoles y portugueses tener dos lenguas similares, con un altísimo porcentaje de palabras transparentes. Para hablar entre Madrid y Lisboa hay que usar el código de la Gran Bretaña y, como tengo la seguridad de que hasta el conserje de Portugal Telecom es capaz de leer e interpretar un fax escrito en español, es fácil deducir que el recurso a la lengua de Shakespeare viene motivado por la incapacidad de los directivos españoles de entender una palabra escrita en la lengua de Camões. No sacaré conclusiones y tampoco sé si surgirán muchas del encuentro que hoy comienza en la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo de Santander sobre las relaciones entre España y Portugal. Pero si para comprender al vecino, con el que compartimos 1200 km. de contacto directo desde hace siglos, hay que recurrir al vecino de arriba, es que algo no va correctamente. ¿Qué será?

Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 26 de julio de 2010.

19 julio, 2010

Dura vida



Hace unos meses vi un pequeño yate en el puerto deportivo de Lisboa en cuya vela se podía leer la inscripción dura vida. Los que allí estábamos tuvimos una reacción a medio camino entre la risa y la indignación, porque no sabemos si quien escribió las dos palabras estaba siendo irónico o simplemente descriptivo. Quizá los de tierra adentro minusvaloremos los esfuerzos que supone navegar por puro placer. Los políticos también llevan una vida dura y merecen descansar donde quieran, sin dar explicaciones a nadie más. Sus vidas privadas, como las de futbolistas, cantantes o dependientes de supermercado, deberían merecer el respeto y la discreción de todos. Lo único que es exigible a los políticos, por encima del resto de los mortales, es una actitud ejemplarizante. Y eso es precisamente lo que más eché de menos en el debate parlamentario de la semana pasada. En dos días recogí más de veinte ejemplos de lo que un adulto jamás debería hacer. Me refiero a hechos tan sonrojantes como interrumpir la intervención de otra persona, no escuchar a quien está en el uso de la palabra, tener preparada la respuesta antes de conocer el punto de vista del interlocutor, marcharse sin escuchar lo que dicen otras personas, proferir insultos a gritos y no obedecer las peticiones de respeto de quien dirigía el debate. Hubo algún momento en el que la sede parlamentaria parecía un aula de alumnado marginal y conflictivo, pero las ausencias son casi peores que el gamberrismo. No me pidan que confíe en las palabras de algunos, porque sus actos son más que suficientes para conocerlos. Por cierto, no parece que lleven una dura vida.

Publicado el 19 de julio de 2010 en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA.

12 julio, 2010

Ganó Cruyff

Me contaron que se podían tener hasta 30 contradicciones entre la ideología de cada uno y su propia vida. Una de las que yo tengo es que me apasiona el juego del fútbol, a pesar de que no me guste su utilización como anestesiante de masas. Me aficioné un 17 de febrero de 1974, cuando un holandés hacía temblar los cimientos de la dictadura endosándole 5 goles al equipo que, quizá injustamente, se identificaba con el régimen. Durante años he sido un aficionado atípico y apátrida, que siempre he estado a favor de los equipos que jugaban con el patrón ideológico de Johan Cruyff. Me entristecí enormemente cuando los de naranja perdieron las finales del 74 y del 78. Me encantaba verlos pasarse la bola con rapidez y verticalidad. Luego desaparecieron por un tiempo y emergieron con Gullit y Van Basten en el año 88. En muchos campeonatos no tenían suerte y eran eliminados a pesar de conseguir obras de arte, como aquel gol de Bergkamp a Argentina en 1998. Nunca me gustó demasiado la forma de jugar de España y en más de una ocasión, lo confieso, me alegré de que vinieran pronto a casa. Hace un par de años vi la semifinal de la Eurocopa y los de rojo me recordaron la manera de entender el fútbol de aquellos holandeses. Anoche, antes de empezar el partido, pensé que Holanda merecía llevarse un mundial por lo mucho que ha aportado a la modernidad de este juego, pero también creía que los músicos que dirige Xavi, heredero de aquella ideología futbolísitica, debían llevarse un premio. Ayer Cruyff ganó por fin su mundial. Lo de menos era si lo ganaban sus compatriotas naranjas o los que practican su juego vestidos de rojo.

Publicado en la contraportada de EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 12 de julio de 2010.
La foto es de EFE. Esta columna fue escrita la tarde del 8 de julio.

05 julio, 2010

Salvajes radicales



El miércoles pasado google encontraba 2810 noticias con el término salvaje, de las que el 86% se referían a una huelga de transporte en una ciudad de la meseta. La mayoría de las veces aparecía en noticias que pretendían reflejar la realidad y no en artículos de opinión, lo que puede ser una prueba de que se ha perdido la vergüenza a la hora de poner calificativos en la exposición de los hechos. Más grave es que las noticias se dediquen a describir casi siempre en la misma dirección: así, el sustantivo recorte viene íntimamente ligado al adjetivo necesario en más de 1600 noticias, pero sólo en 400 ocasiones se une a injustificado o injustificable. No es un dato científico, pero nos permite saber por dónde van los tiros. Otra de las palabras más vilipendiada es radical. De hecho, hay mucha gente que cree que es un insulto y no saben que tiene que ver con la palabra raíz. Si alguien se opone radicalmente a la pena de muerte o a la explotación infantil podremos considerarlo cualquier cosa menos violento. Lo que empieza a ser preocupante es que los salvajes radicales sean siempre los trabajadores que reclaman sus derechos y que nunca se utilicen esos términos contra quienes incumplen convenios o abogan por la ley de la selva como única norma para regir la economía y la política en la tierra. A esos sí que podríamos llamarles salvajes invocando una connotación etimológica objetiva. Pero quien tiene mucho poder nunca parece un energúmeno al usar sus armas. Es lo malo de ser pobres, que cuando se ponen bravucones en la calle parecen mucho más agresivos que cuando otros firman decretos.

Exilio entre comillas

Un sábado por la tarde de hace muchos años, justo después de los dibujos animados japoneses, emitieron una película basa...