31 diciembre, 2012

Salud


Pasaba ya a mejor vida este maldito bisiesto que se acaba y no había escrito nunca sobre la sanidad. Ahora que llevamos unos días deseando felicidad me he dado cuenta de que la salud sí es lo más importante. Desde que empezó el mes de diciembre ando recorriendo hospitales públicos y puedo valorar con más conocimiento ese debate en torno a los recortes y las privatizaciones. Reconozco que en todos estos días me he encontrado con profesionales de lo más amable en todos los escalafones, desde celadores hasta médicos de cuidados intensivos. Estaría faltando a la verdad si dijera que he visto un sistema que se cae a pedazos. Tal vez he tenido la suerte de estar entre el Perpetuo Socorro y el Infanta Cristina de Badajoz y quizá en otros lugares sí que se van notando los recortes, no lo sé. En cualquier caso, uno se siente orgulloso de tener en nuestra región una atención universal que ha sido la envidia de medio mundo y que esperamos que lo siga siendo. Quienes crean que hay que cambiar de modelo porque no podemos financiarlo deberían sopesar antes si no hay otras instituciones más inútiles a las que pegar un hachazo. Una de las médicos que atendió a mi padre llevaba una discreta chapita reivindicando una sanidad pública para todos. Empecé a pensar en los argumentos de quienes creen que sería más eficaz en manos privadas y pienso que no tienen razón. Rentabilizar económicamente la sanidad pública es imposible. Entre otras cosas porque su razón de ser no es dar dividendos. Me parece que quienes jamás podrían pagar el precio de 7 días en la UCI deben tener derecho a utilizarla. Otra cosa sería retroceder décadas en el tiempo y eso sí que no podemos permitírnoslo. Salud*.

Publicado en El Periódico Extremadura el 31 de diciembre de 2012. 

*Terminé de escribir esta columna cuando comenzaban los primeros minutos del jueves 27 de diciembre. Lo hacía cumpliendo el último deseo que mi padre me transmitió, en mi penúltima visita a la UCI, cuando me dijo que tenía que escribir de todo esto que estaba a su alrededor.  No sé si quería que opinara así o de otra manera, porque un par de horas después falleció. No he cambiado ni una sola palabra. La escribí con un mensaje para él. Mientras tanto, mi hija Nerea pintaba una fotografía del verano de 2010, en una diminuta aldea de la  provincia de Huesca llamada Permisán, caminando en un día de sol. Iba a mostrársela en la siguiente visita pero no hubo tiempo. El dibujo se ha ido con él, y también con una cartita de su nieta Lucía. Hasta siempre: no te olvidaremos nunca. 


24 diciembre, 2012

Imagen y semejanza


Mis profesoras de historia me hablaron más de causas y consecuencias que de culebrones sucesorios y aluviones de fechas. Gracias a ellas aprendí a observar la evolución de las relaciones económicas, sociales y humanas: el esclavismo, el feudalismo y la modernidad, hasta llegar a los ideales igualitarios. De vez en cuando nos llegan ráfagas que nos retrotraen a otras épocas, casi al medievo: de nada vale haber leído mil veces que todos nacemos iguales en derechos si en un edificio público encuentras una sala denominada VIP, siglas inglesas que significan “gente muy importante”. Si alguien considera que hay gente muy importante es porque, en el fondo, piensa que mucha otra gente no lo es. Algo así debe de rumiar Gonzalo Moliner, el presidente del Consejo General del Poder Judicial, cuando dice que da mala imagen viajar en turista. Discrepo profundamente de esos conceptos que huelen a clasismo rancio y que, además, nos cuestan un pico al bolsillo de todos. Quizá las cosas no son como dice el señor Moliner y a los ciudadanos nos causaría una mejor imagen ver a diputados o mandatarios, a los que les pagamos los billetes, haciendo cola en la fila de los mortales de un aeropuerto ¡Qué lejos nos quedan los dirigentes nórdicos, esos que viven en pisos modestos y acuden en bicicleta al ministerio sin que los anillos se desprendan de sus dedos! Más que preocuparse por la mala imagen de codearse con gente normal, a ciertos gerifaltes nuestros les haría falta un viaje a Escandinavia. Aunque solo sea para que intentaran aplicar alguna semejanza y se olvidaran de esas ideas añejas de la imagen.

Publicado en EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 24 de diciembre de 2012

17 diciembre, 2012

Simbología del horror


En Badajoz han pintado una cruz gamada en la fachada de un bar de comida turca, y en un vídeo aparecen adolescentes saludando brazo en alto, al más puro estilo fascista. Si de estas dos anécdotas concluyéramos que estamos ante el peligro de volver a los años 30 del siglo pasado, estaríamos pecando de alarmistas y exagerados. Pero no dar importancia a estos hechos aislados y dejarlos pasar sin una reflexión sería poco menos que incurrir en una grave irresponsabilidad. El 9 de febrero de 1992 un entrenador de fútbol holandés llamado Guus Hiddink ordenó que fuera retirada una bandera nazi de una grada de Mestalla. Él, que por su edad no había vivido la segunda guerra mundial, conocía lo que sus familiares y vecinos en Arnhem sí habían sufrido. Nosotros, en cambio, no hemos depurado bien nuestro pasado: hace dos días había calles dedicadas a la División Azul y en las hemerotecas de algunos periódicos, de esos que se vanaglorian de lucha centenaria por las libertades, podemos leer gozosas crónicas de guerra sobre los avances alemanes frente a los pérfidos aliados. Más que atemorizarnos por unos gestos o una pintada, quizá deberíamos preocuparnos por un par de detalles: el primero de ellos es cuestionarnos si hemos enseñado correctamente en las escuelas lo que significaron esos totalitarismos; la segunda, y no menos importante, preguntarnos por qué es tan difícil encontrarnos con actitudes como las de aquel entrenador de fútbol holandés, alguien capaz de interrumpir un partido de fútbol para recordarnos que no se puede olvidar la historia de Europa y trivializar con los símbolos de la muerte y la destrucción humana.


El artículo 40

Algunos de los que más énfasis ponen en llamarse a sí mismos constitucionalistas, suelen padecer olvidos selectivos del texto. Les encantan ...