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Mostrando entradas de marzo, 2013

Pobres que trabajan

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Hubo un tiempo en el que tener o no empleo era determinante para muchas otras cosas. Incluso hubo alguna década en la segunda mitad del siglo XX en la que trabajar era un salvoconducto para abandonar la pobreza. El viaje hacia el pasado en todo lo que se refiere a derechos de los menos favorecidos está siendo mucho más rápido que el avance tecnológico en las comunicaciones, por poner un ejemplo. Un conocido cantante de música punk afirmaba la semana pasada que si los retrocesos a los que nos están sometiendo se universalizaran, pronto volveríamos a ver funcionar la máquina de vapor y trenes alimentados por carbón.   Este invento de no salir de la miseria a pesar de realizar trabajos para otros no es nada nuevo: ya existía en el antiguo Egipto, Grecia o Roma y se llamaba esclavitud. Lo que ocurrió es que, con esa manía de pensar que les dio a algunos en el XIX, todo se fue al garete para los negreros: lo de poseer personas como si fueran mulos a

El encanto de la discreción

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Discreción y encanto son dos de esas palabras que salen juntas por inercia, una detrás de otra, desde que a  Buñuel  se le ocurriera reunirlas en el  título  de una película . El genial aragonés atribuía esas cualidades a la burguesía, pero como ahora estamos en plena reubicación de clases sociales ya no sabe mos quién practica la moderación, la cautela y la mesura. Hay quienes llevan a gala hablar mucho, en voz alta y con estridencias, para que todo el mundo se entere de que ha abierto la boca.  Y suele ocurrir en esos casos que el contenido pasa a un segundo plano, y que incluso una posición medianamente razonable pierde toda su fuerza por culpa del exabrupto y la exageración.  E l recurso a la comparación con  Hitler , que ha dado para que un tal  Godwin  establezca una especie de principio respecto a la presencia del dictador al final de cualquier discusión, es un elemento que ha dejado de tener fuerza dialéctica debido al uso desmesurado que hacen algunos. Frente a qu

Pedagogía del adiós

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De un mes a esta parte vivimos rodeados en un ambiente de dimisiones previstas, renuncias históricas y sorprendentes, rumores de abdicaciones y alguna muerte anunciada. Rápidamente han surgido hermeneutas para interpretar las razones ocultas de Ratzinger y expertos en monarquía diciéndonos que tenemos que aguantar borbones para siempre.  La muerte de Hugo Chávez también ha servido para poder apreciar la falta de medida y de sentido crítico a la hora de enjuiciar a un personaje y sus acciones de gobierno: es difícil encontrar un término medio entre el fanatismo adulador y los denostadores a ultranza. Algunos aborrecíamos el estilo cuartelero y mesiánico del comandante venezolano, pero no nos cuesta reconocer que el neobolivarianismo ha supuesto un cambio en América del Sur, especialmente para la gente de piel más oscura. La retirada del alcalde de Badajoz es otro de esos casos que merecerían un análisis pausado en lugar de tantos pan

Las grandes canciones

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Las canciones son la banda sonora de nuestras vidas. Con el paso del tiempo, unos acordes mal entonados se pueden convertir en un tesoro de emociones que nos trae al presente momentos vividos. Uno no puede evitar sentir cierta envidia ante los cánticos colectivos, aquellos que unen una melodía reconocible, unas letras que significan mucho más que la suma de las palabras y una historia que merece la pena ser recordada sin rubor. Quienes han escuchado a miles de gargantas en Liverpool entonar el You’ll never walkalone saben de lo que estoy hablando, aunque no entiendan una palabra de inglés y odien el fútbol con todas sus parafernalias. Los himnos son un capítulo aparte: a unos cuantos los salva la calidad musical, pocos tienen una letra que no sonroje y hay algún otro que podría calificarse como tortura de baja intensidad. Pero si hay una canción que a muchos nos emociona escuchar es aquella que compusiera Zeca Afonso y que sirvió para que los claveles revo