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Mostrando entradas de abril, 2013

Prejuicios chinos

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Es difícil vivir sin prejuicios. Por mucho que nos creamos los seres más racionales del planeta no podemos evitar tener una imagen estereotipada de cada grupo social, raza, nacionalidad, ideología y, si me apuran, hasta de los seguidores de cada equipo de fútbol. Los portugueses lo llaman  preconceitos , ideas formadas anticipadamente sin fundamento serio, mientras que nosotros hablamos de  prejuicios  como aquellas opiniones previas acerca de algo que se conoce mal. Cuando alguien aparenta romper un prejuicio entran ganas de montar una fiesta, como al oír a  Dolores de Cospedal  unas loas del Partido Comunista Chino  que jamás había escuchado ni al más maoísta de la legendaria Joven Guardia Roja que lideró  Pina López-Gay . En un principio sería digno de alabanza el gesto de Cospedal, porque sobre los chinos se escuchan burradas y leyendas urbanas que están generando una  chinofobia  preocupante. Pero mucho me temo que este fervor oriental de la de la secretaria del PP no

Niños de otro mundo

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Imagino que a cualquiera de ustedes les ha emocionado todo aquello que han ido sabiendo de Martin Richard , el niño de ocho años que perdió la vida en Boston la semana pasada. A todos nos estremece ver su fotografía, sus vídeos, su cara angelical, y nos impresiona más porque pensamos que el azar se lo ha llevado como podría haber acabado con la vida de nuestros amigos, de nuestros vecinos o de nosotros mismos. Una semana antes también habían muerto diez niños en un ataque terrorista en otro lugar del mundo, pero no he conseguido saber el nombre de ninguno de ellos, ni con la ayuda de los más potentes buscadores de internet. Mientras intentaba averiguar cómo se llamaban, sí descubrí que no eran los únicos niños olvidados y aniquilados por las mismas manos: doce muchachos perecieron en Salam Bazar en mayo de 2011, seis en Kandahar en noviembre del mismo año, y dos más fueron asesinados hace un mes al ser confundidos con insurgentes. No intenten explicarse por qué s

Sí se puede

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Todos querríamos vivir tranquilamente en nuestras casas, junto a nuestros hijos, sin ruidos nocturnos ni abucheos en el portal. Por eso entiendo a esos diputados que se sienten coaccionados por una pegatina verde que dice que sí se puede y otra roja que nos recuerda que no quieren. Tampoco nos gustaría estar en la piel de quien tenía trabajo y salario, compró un piso porque era más barato que alquilar, se quedó en paro, tuvo que dejar de pagar la hipoteca para comer, y  hoy es arrastrado por la fuerza pública hasta la calle y con una deuda injusta con el banco. Me gustaría que me dijeran qué debe hacer una persona inerme ante el sistema para defender su dignidad y la justicia. ¿Debe llorar debajo de un puente? ¿Le podemos permitir gritar y desahogarse? ¿Le otorgamos el último derecho a señalar con el dedo a los causantes de sus males? Pues parece ser que las dos primeras opciones están permitidas porque no molestan: pocos de nuestros diputados se van a buscar en los albergues a

Monarquías bananeras

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Si fuéramos a un país en el que una alcaldía, la plaza de catedrático de Universidad o el puesto de inspector de Hacienda fueran hereditarios de padres a hijos, casi todos diríamos que se trata de un estado al que le falta un hervor para   la contemporaneidad. Nos referiríamos a esa nación con el adjetivo bananera , al que se le han añadido un par de acepciones al margen de la fruta y con matiz peyorativo. Es curioso que siempre se hable de repúblicas bananeras y no de monarquías bananeras, como si fuera poco disparate dejar la jefatura del estado en manos de una familia por los siglos de los siglos. Da igual que su abuelo apoyara la dictadura de Primo de Rivera o que el padre de su tatarabuela fuera un gañán impresentable como Fernando VII (y que me perdonen los gañanes por la comparación): todo el bagaje de sus antepasados lo contabilizan como gloria y mérito de su estirpe.    Pero la monarquía española va a ser muy difícil mantenerla mucho más tiempo, y solo l

El entorno del entorno

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Uno de mi calle me ha dicho que tiene un amigo que dice conocer un tipo que un día fue feliz. Ya se nos había olvidado el larguísimo título de esta canción de  Serrat  del año 1981, pero detalles de la actualidad rescatan de la memoria lo que uno menos se espera. Dicen que, como en aquella canción, siete grados de separación nos conectan con cualquier otra persona en el mundo. Si eso fuera cierto, sería muy fácil vincularnos con un banquero corrupto o un presentador de telebasura, que todos tenemos algún conocido que pudo haber estudiado con algún primo segundo de ellos. Mal asunto este de intentar criminalizar a alguien basándose en cadenas de carambolas y coincidencias, como hizo la Delegada del Gobierno en Madrid para desprestigiar a la Plataforma de Afectados por las Hipotecas y compararla con el mismísimo diablo. Y menos mal que en nuestro código penal todavía no es delito el conocimiento lejano de un criminal, porque a buen seguro que la aprovechaban algunos para desacredi