30 diciembre, 2015

Muy al sur de Dinamarca

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Llevaba mucho tiempo recibiendo la recomendación de ver una serie de televisión danesa titulada Borgen, pero nunca encontraba tiempo. La semana pasada escuché en la radio a un periodista de ese país en el que llevan cien años sin mayoría absoluta, con un parlamento de 180 escaños y una decena de grupos representados de manera estrictamente proporcional a los votos, donde ninguno de ellos supera mucho más del 25% de la cámara y con la tradición de formar gobiernos de coalición muy diferentes y con más de dos partidos. Así que anteayer vi los dos primeros capítulos de la primera temporada y empecé a apuntar curiosas casualidades, coincidencias y algunas diferencias sustanciales.

En los dos primeros episodios vemos un primer ministro que se despeña en las elecciones por un caso de corrupción que aquí consideraríamos peccata minuta, un líder de la oposición que tiene más enemigos dentro de su partido que fuera, y una tercera fuerza que sube como la espuma tras un brillante minuto final en el debate televisado. Si no fuera porque la serie tiene varios años pensaría que los guionistas nos estaban copiando el escenario y la trama. Pero pasemos de la ficción escandinava y aterricemos muy al sur de Dinamarca, donde las urnas nos han dado un escenario que en latitudes desarrolladas y cívicas consideran natural y que aquí parece la antesala del fin del mundo.

Hace diez días depositamos en las urnas unos sobres blancos en los que se podía leer la leyenda Diputados/as. En España no elegimos directamente ni presidentes de gobierno, ni de comunidad autónoma, ni alcaldes, algo que se le olvida a muchos medios de comunicación e incluso a muchos políticos. Así que nuestras normas son muy parecidas a las de esos países nórdicos a los que tanto admiramos por haber consolidado un estado de bienestar y una igualdad social que aquí todavía nos parece utópica. Cuando escucho a los viejos líderes reclamando sistemas electorales que garanticen rodillos y mayorías absolutas en aras de una mejor gobernabilidad, los apunto en mi agenda para no olvidar sus nombres. Quienes anteponen la eficacia del “ordeno y mando” a la capacidad de dialogar y gobernar favoreciendo a un espectro más amplio, es porque quizá encierren en sí mismos a pequeños dictadores y no a demócratas convencidos.

Si Dinamarca ha conseguido un nivel de vida y estabilidad envidiable con un parlamento fraccionado, con una representación fiel de la población y con gobiernos de varios partidos, es porque es posible. Y no valen excusas de que tenemos diferente clima o mentalidad: las mentalidades se cambian y quizá sea ese nuestro problema, que hay demasiados políticos que creen que gobernar eficazmente consiste en no tener que escuchar a nadie a la hora de decretar. No hay mayor desgobierno que olvidarse de la mayoría de la gente corriente para favorecer los intereses de quienes quieren mandar sin presentarse a las elecciones. Eso sí que es lo peor.
 


Publicado en el diario HOY el 30 de diciembre de 2015. 

16 diciembre, 2015

El voto en el buzón

En 1977 se votó por primera vez tras la dictadura y supimos que había un color llamado sepia para las papeletas del Senado. Todo parece indicar que los últimos cuatro años apuntan a una sacudida electoral, a un mayor interés por la política y una demanda generalizada de que la democracia no se acabe el domingo después de introducir el voto en la urna.

Algunos llevamos años observando una serie de lastres democráticos que padecemos desde hace 38 años y que se refieren no solo a la profundización democrática de las instituciones, sino a aspectos del sistema de votación elegido en España, un formato que sigue el mismo esquema implantado en 1977 y que lo convierte en singular en el mundo. Imagino que en sus buzones estarán recibiendo, en un sobre personalizado y direccionado, una carta de algunos de los principales cabezas de lista junto a dos sobres con papeletas legales de voto. Este sábado le intentaba explicar esto a un diputado portugués y no salía de su asombro cuando le contaba que en España los partidos pueden imprimir papeletas oficiales de voto, pueden marcar las cruces al Senado en una imprenta, enviarlas de forma personalizada a cada elector y luego llevar el voto de casa a la urna como si tal cosa. Es más, aunque no hayas dado tu consentimiento para que Rajoy o Sánchez te escriban a tu casa con nombres y apellidos, los partidos tienen acceso al censo electoral, aspecto al que me gustaría referirme posteriormente.

El coste de estos envíos - que pagamos entre todos - a los partidos que pueden pedir un crédito bancario y llevarlos a cabo, supone un gasto de papel inútil e insostenible ecológicamente. Además, este sistema obliga a las juntas electorales a imprimir para cada partido tantas papeletas como votantes pudieran demandarlas, lo que implica que cada noche electoral haya que reciclar toneladas de papel, con lo fácil que sería hacer lo de todos los países, imprimir una sola papeleta por elector y obligar a todo el mundo a realizar la elección en una cabina que preserva el secreto del voto.

Podría pararme en otros detalles, como el temor que existe todavía en el medio medio rural a no llevar ese voto desde casa, porque el mero hecho de entrar en la cabina lo convierte a uno en sospechoso de no ser seguidor de lo mayoritario, pero más grave aún es el uso que se hace del censo electoral por parte de los interventores de los partidos, que marcan quiénes votan y quiénes no, dejando un arma peligrosa al caciquismo a la hora de fiscalizar a votantes o abstencionistas.


Seríamos injustos si dijéramos que todo esto convierte las elecciones del domingo en un fraude, pero quienes llevamos décadas observando estos pequeños detalles electorales podemos afirmar que con un sistema de votación más barato, ecológico y que impidiera cualquier forma de caciquismo todo iría mucho mejor para la profundización democrática.

Publicado en el diario HOY un 16 de diciembre de 2015.

02 diciembre, 2015

Campaña (d)e imagen

Mañana por la noche empezará una campaña electoral y acabará un ciclo de elecciones que empezó en mayo de 2014. Dicen las encuestas que nada será igual después del 20 de diciembre y, de momento, los cambios los podemos ver en las pantallas de televisión. Lejos quedan ya aquellos días en los que la información se reducía a los tiempos tasados en cada informativo y con unos espacios gratuitos después de los telediarios, en los que uno podía pasar de la risa a la vergüenza ajena en un santiamén. Siempre me ha llamado la atención que en esos espacios tuvieran más minutos los que habían obtenido mejores resultados la vez anterior, que sería como si en las próximas olimpiadas de Río de Janeiro dejaran a Usain Bolt salir un par de segundos antes por haber logrado el oro en Londres y Beijing.

Pero de lo que no para de hablarse últimamente es de la permanente presencia de líderes políticos en todo tipos de programas: empezaron por los de contenido político, siguieron por los de entretenimiento y ya he visto a alguno en emisiones dedicadas a la población mayor o a amantes del deporte de riesgo. No descartemos que Rajoy acabe diciendo pasapalabra, que Rivera haga un postre en un concurso de cocina y que nos encontremos a Sánchez en un reality show contando sus intimidades (si no ha ocurrido ya).

Me resisto a creer que somos una sociedad tan inmadura que no es capaz de asimilar mensajes de sus candidatos si no se los pasan por la batidora de la trivialidad mundana. Imagino que los partidos tienen gurús que saben de esto más que nadie, de esos que te garantizan que una foto haciendo spinning, que es como llaman ahora a las bicicletas estáticas que no van a ninguna parte, es un salvoconducto hacia el éxito.

El lunes vimos, por primera vez en mucho tiempo, algo parecido a un debate. Si no fuera por las ausencias, unas voluntarias y otras no, habría sido útil para aquellas personas que se acercan a cada proceso electoral sin prejuicios, como una libreta en blanco en la que apuntar y sopesar qué es mejor para uno mismo, para la sociedad en la que vive y para el planeta en el que habitamos. Quedan dieciséis días de campaña y me parece que  los debates tan generalistas no dan más de sí y que serían más útiles si fueran ágiles y abordando contenidos sectoriales: mujer, educación, empleo, sanidad, economía, justicia, juventud o mayores. Unos encuentros en los que políticos expertos nos explicaran a fondo sus propuestas y pudiéramos calibrar qué opción nos interesa votar a cada uno el 20 de diciembre. De momento parece difícil y hay quien prefiere pasear en globo o dar collejas a un niño mientras retransmite un partido de fútbol. Hasta que los programas electorales no tengan valor contractual las elecciones van camino de ser pura campaña e imagen. O campaña de imagen, que es como lo llaman.   

Publicado en HOY el 2 de diciembre de 2015

El artículo 40

Algunos de los que más énfasis ponen en llamarse a sí mismos constitucionalistas, suelen padecer olvidos selectivos del texto. Les encantan ...