30 noviembre, 2016

Vida, cárceles y muertes

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Hace diez días me enteré de que el premio educativo “Giner de los Ríos” se lo habían dado a un maestro de mi pueblo y sus veintidós alumnos. La noticia se titulaba “Los 22 maestros de Guillén” y contaba la experiencia de un grupo de escolares ante el cáncer que padecía uno de sus compañeros y de cómo se apañaron para conseguir que aquel niño de nueve años no perdiera ni el curso, ni la vida. En la crónica narraban los vídeos que le grababan, los turnos que hacían para explicarle las cosas visitándole cada tarde en su casa, o las clases que le daban al aire libre, cuando sus bajas defensas todavía no le aconsejaban el ambiente cerrado del aula, en un parque que lleva el nombre del primer alcalde democrático de mi pueblo.



Aquel alcalde, de humanidad indescriptible, había estado dieciocho años entre rejas, era uno de los presos que más tiempo había pasado en las cárceles del franquismo y solo era superado por unos cuantos como Marcos Ana, el poeta que estuvo recluido la friolera de veintitrés años y que fallecía el pasado viernes a los 96 años. Dos días antes había muerto la que durante casi un cuarto de siglo había sido alcaldesa de Valencia, con las polémicas sobre si su infarto lo había provocado el acoso mediático o sobre la oportunidad de guardarle un minuto de silencio en una Cámara - de la que jamás había formado parte – y en la que no se había hecho lo mismo por un diputado de Badajoz fallecido en el mes de agosto.



De la muerte no nos gusta hablar. Hay quien rehúye las conversaciones, quien considera, como el Vaticano, que las cenizas no pueden ni guardarse ni lanzarse al viento, y quienes hemos acabado por desmitificar un trance tan cotidiano y tan irremediable. El periodista Jon Sistiaga ha realizado para televisión una serie documental titulada “Tabú”, que ya ha recibido el Premio Ondas de este año, en la que profundiza sobre asuntos que no por mucho ocultarlos dejan de existir: los suicidios, la eutanasia o la muerte digna. Y mientras veía uno de los últimos capítulos de la serie reparaba en la gran dificultad que existe en nuestra sociedad, y probablemente en casi todas, para hablar de algo que pasa todos los días, en todos los lugares del mundo y que afecta a todos sin excepción.



Ya pensaba que no eran posibles más encadenamientos de noticias, sucesos, coincidencias o casualidades con alcaldes, presos, comunistas, ancianos, fallecidos…y en eso se fue Fidel. Y, al contrario de lo que ocurre en la famosa canción de Carlos Puebla, su muerte ha servido para que la diversión comenzara en Miami y para que casi todo el mundo tuviera una opinión sobre el personaje y su revolución. No sé si la historia lo acabará absolviéndolo de sus muchos pecados, o si la balanza de sus logros serán valorados con la perspectiva del tiempo y del contexto. Veremos.

Publicado en HOY el 30 de noviembre de 2016.

 

16 noviembre, 2016

Intentar ser libres

Amanecía el viernes y me enteraba de la muerte de Leonard Cohen. No pude reprimir las lágrimas porque sentí que se iba uno de los autores de la banda sonora de mi vida y, en un instante, fui recordando el día que supe de su existencia, cuando empecé a escucharlo de forma obsesiva, las tardes en que escogía su canción en la máquina de discos del bar Amador de Cáceres, el concierto fallido en Badajoz o aquel día de julio en que lo vi junto la desembocadura del Tajo, con una luna casi tan grande como la de anteayer.

Una de las más conocidas canciones de Cohen termina en un verso en el que dice que ha intentado, a su manera, ser libre. Y Leonard se nos va en la misma semana en la que las libertades se ven ensombrecidas por un eclipse llamado Trump, que no sabemos si será fugaz o traerá una época oscura, si desenfundará a la primera de cambio o se olvidará de hacer un muro que conjugue todos los males de los de Berlín, Jerusalén y Melilla.

Llevamos una semana leyendo todo tipo de explicaciones y de comparaciones para el triunfo del magnate estadounidense. Algunas de ellas pecan de una simplicidad preocupante y otras aprovechan interesadamente el menor resquicio para equiparar a los enemigos más cercanos con el peor de los demonios, sin importarles lo más mínimo que no haya nada que sostenga la argumentación. Lo que sí nos debiera hacer reflexionar es el desapego de grandes sectores de la población por las libertades individuales en aras de una seguridad que, dicho sea de paso, tampoco está garantizada. Como en los albores del XIX, cada vez hay más partidarios del “vivan las caenas”, gentes que temen aquello que desconocen y que tampoco quieren conocerlo para liberarse de sus miedos, capas de población que buscan soluciones simples y expeditivas a problemas complejos, ya sea expulsar a millones de inmigrantes o devolver a millares de refugiados.

Pero además de las grandes libertades perdidas o en peligro, deberíamos pararnos un minuto en aquellas que, aunque parezcan pequeñas, son tremendamente significativas: el pasado 25 de octubre se juntaron en una plaza extremeña un centenar de estudiantes y varios profesores de filosofía, formando un círculo como si fuera el ágora de la antigua Grecia, y acabaron siendo hostigados por las autoridades. Ni interrumpían el tráfico, ni provocaban más decibelios que las motos y coches que pasaban por allí. Muchos de los estudiantes eran incluso menores de edad y no acertaban a entender por qué una conversación colectiva tras una lección de filosofía pudiera acabar con agentes del orden tomando datos de sus documentos de identidad, como en otras épocas. Si todavía no se ha entendido en qué consiste la libertad de expresión es porque quizá tengamos inoculado ese virus totalitario que nos va rodeando. El esfuerzo de intentar ser libres, como un pájaro sobre el alambre, se está complicando por momentos. Habrá que reconquistar Manhattan.

Publicado en el diario HOY el 16 de noviembre de 2016.

02 noviembre, 2016

Proteger a nuestros representantes

El pasado sábado un millar de policías vigilaban los alrededores del Congreso de los Diputados mientras se investía como presidente a Mariano Rajoy. Los gobernantes han ido endureciendo cada vez más el derecho de manifestación y entienden que el pueblo llano no puede expresar su opinión en las cercanías del templo de la democracia, del lugar sagrado en el que trabajan, debate, dirimen y aprueban las normas por las que nos hemos de regir.

Las razones esgrimidas para coartar ese derecho constitucional es la de proteger a nuestros representantes de las presiones y evitar que sean coaccionados a la hora de emitir su voto. Pero, visto lo ocurrido, uno tiene la sensación de que nadie de los que estaban en la Carrera del San Jerónimo cambió el sentido de su voto por los gritos y pancartas que se estuvieran dando y exhibiendo en la Puerta del Sol o en las calles adyacentes.

Sí que hubo, sin embargo, unas cuantas diputadas que antepusieron la coletilla “por imperativo” antes de emitir su voto y pronunciar la palabra “abstención”, produciéndose la paradoja de que, mientras que la Constitución impide un mandato imperativo a diputadas y senadores, los reglamentos de los grupos parlamentarios establecen multas y sanciones a quienes se saltan la llamada disciplina de voto, un ejemplo más de ordenanzas chusqueras que acaban por dejar en papel mojado las leyes y los derechos más grandilocuentes. 

Por si no estuviera el asunto lo suficientemente enrevesado, el domingo tenemos a Pedro Sánchez en el programa de Jordi Évole, haciendo unas declaraciones en las que afirma que los poderes fácticos le impidieron formar un gobierno que desalojara de los ministerios al partido que está siendo juzgado por varios escándalos de corrupción. Y es entonces cuando uno empieza pensar que quizá el ministro Fernández Díaz se equivocó poniendo ese millar de antidisturbios junto al Congreso, porque si había que proteger a nuestros representantes de posibles chantajes, presiones y coacciones los debería haber mandado a importantes despachos enmoquetados de la zona alta del Paseo de la Castellana.

Hace unos días, en una discusión en redes sociales sobre la utilidad de manifestarse por reivindicaciones justas como la de un ferrocarril digno para Extremadura, hubo quien se atrevía a despreciar a los que salen a la calle y afirmaba que “el tren no se negocia en la calle clamando bajo el cielo, se negocia en los despachos oficiales”. Y no le falta parte de razón a quien escribía esto, porque en España conocer a alguien en un buen despacho es la vía más rápida para conseguir cualquier cosa, incluso la más injusta. Ahora que Pedro Sánchez nos ha contado cómo se las gastan los poderosos para retorcer el brazo de nuestros representantes me empiezo a convencer de que quienes protestan pacíficamente y a cara descubierta son infinitamente más demócratas y de fiar que los que urden golpes de mano e imponen un poder que, dicho sea de paso, no parece que emane del pueblo.

Publicado en HOY el 2 de noviembre de 2016.

El artículo 40

Algunos de los que más énfasis ponen en llamarse a sí mismos constitucionalistas, suelen padecer olvidos selectivos del texto. Les encantan ...