30 mayo, 2018

Salir de aquí



Nada de lo que va ocurrir esta semana era imprevisible. Sabíamos que tarde o temprano comenzarían a dictarse sentencias contra el Partido Popular en todos los casos en los que han estado implicados sus dirigentes, desde ministros hasta concejales de localidades pequeñas. Cada minuto que pasa con el PP al mando de todas las altas instituciones del Estado es un tiempo perdido para una necesaria regeneración de la democracia y una recuperación de las libertades civiles amordazadas.


No todos lo tienen claro y ni en el partido de Pedro Sánchez es unánime el aplauso a la moción presentada. El lunes escuché a un antiguo barón del PSOE que decía estar mucho más preocupado por el independentismo que por lo que habían malversado y robado los gobernantes populares. Sin entrar en comparaciones, a lo mejor el problema está en que no calibramos bien lo que nos ha supuesto esa corrupción que los expertos cifran en más de 90.000 millones de euros. Si uno lleva más de tres décadas en coche oficial y ganando el triple que el ciudadano medio, es probable que los latrocinios de la calle Génova de Madrid no los haya notado jamás en su ritmo de vida.



Pero si hacemos las cuentas de otra manera todo cambia: imaginen por un momento que a cada uno de los miembros de su familia un atracador les levantara 40 euros a punta de navaja el primer día de cada mes y durante todo un año. En enero les parecería una casualidad, en febrero algo intrigante, en marzo clamarían al cielo y en abril estarían pidiendo en la comisaría que detuvieran al ladrón de una vez. Al llegar a fin de año les habrían soplado casi 500 € y uno imagina que las calles estarían llenas de gente protestando por la ola de inseguridad y para que arrebataran al malhechor el arma blanca.



Esta es la estructura profunda de lo que se dilucida en los próximos días. Si somos capaces de apartar del poder a quienes se enriquecieron mediante el empobrecimiento de las arcas públicas y de los bolsillos de los más débiles, o nos ponemos a discutir si hay que desarmarlos desde la izquierda o ayudándonos de una toalla naranja o amarilla. 

Antes de que empiecen a caer otras sentencias, y con la certeza de que la moción de censura no saldrá adelante por culpa de los que anteponen intereses particulares, territoriales o electorales, uno se pregunta si es necesario sacar defectos a las salidas de emergencia en el momento de ser utilizadas. Cuando te acorralan las llamas en un rascacielos o el barco se va a pique en una noche de invierno, uno no puede pararse en detalles sobre a la robustez de la escalera de incendios o sobre si el bote salvavidas aguantará la embestida del temporal. Hay un momento en el que no hay otra opción que no sea escapar: salir de aquí, cuanto antes, que tiempo habrá para desandar pasos y singladuras.

Publicado en el diario HOY el 30 de mayo de 2018 

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16 mayo, 2018

Minutos de silencio


El pasado 18 de agosto, a las doce del mediodía, guardé un minuto de silencio en la puerta de mi lugar de trabajo. La tarde anterior habían muerto varias personas en las Ramblas y durante ese minuto de silencio estuve recordando las veces en las que habíamos sido convocados allí para mostrar la repulsa por unos crímenes masivos: por los 56 muertos de Londres en 2005, por los 130 de París en 2015, por los 35 del aeropuerto de Bruselas, por los 23 del concierto de Mánchester y por los 15 que habían muerto en Barcelona la tarde anterior. 


Al terminar me di cuenta de que estos actos simbólicos no se convocaban siempre y que tampoco dependía tanto del número de víctimas como de la cercanía de las mismas. También reparé en que el impacto y la consternación se hacían más visibles en los medios y más presentes en los actos de repulsa si nos podíamos ver reflejados en las víctimas. Así es: todos podríamos haber sido turistas frente al Big Ben, tener a un hijo adolescente en Bataclan o en Mánchester, a una compañera de trabajo en el aeropuerto de Zaventem o a un primo junto a Canaletas.



Quizá por eso nadie convocó ayer un acto de recuerdo frente a Ayuntamientos o en los lugares de trabajo, porque las 60 personas que ayer perdieron su vida en la franja de Gaza nos son tan lejanas como los habitantes de un barrio de Shanghái. E incluso los seis bebés palestinos se nos parecerán más al olvidado Eylan de aquella playa turca, que la niño australiano fotografiado sobre el suelo de las Ramblas.



Nos urge alcanzar un criterio común a la hora de calibrar el dolor, para que no parezca que nos importan más las vidas de los blancos, occidentales y de buen estatus económico, que las de los seres de tez más oscura y sin suelo en el que caerse muertos. Además de esto, nos hace falta valor para llamar de la misma manera a quienes causan el mismo terror: porque no puede ser que algunas matanzas sean, con toda lógica, tildadas como “actos terroristas”, mientras que a idénticas acciones se las denominen como “enérgicas respuestas armadas en defensa del Estado”.



No confundamos con antisemitismo lo que es una defensa de los Derechos Humanos y una crítica a la violencia de los gobiernos israelíes. De hecho, a muchos nos encanta la cultura hebrea y creemos que el mayor intelectual vivo es un judío estadounidense llamado Noam Chomsky. Pero, lamentablemente, el estado de Israel lleva mucho tiempo cometiendo graves crímenes y la propia ONU acusaba ayer tarde al gobierno de Netanyahu de ordenar “matanzas indiscriminadas”.  



Deseo que no vuelvan convocar minutos de silencio y que esto ocurra no solo por la desaparición de los ataques terroristas, sino porque el pueblo palestino tenga su lugar en el mundo y en el que vivir con paz y dignidad. Hasta entonces no quiero más silencios porque empiezan a parecerme cómplices.

Publicado en HOY el 16 de mayo de 2018 
La fotografía es de Mahmud Hams / AFP

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02 mayo, 2018

Texto y contexto


Las posibilidades que nos dan las nuevas tecnologías para estar en contacto mediante mensajes instantáneos son, a priori, un logro de la civilización. Cada grupo de mensajería tiene sus virtudes y sus miserias porque los hay de todos los colores: de familiares cercanos, de la familia ampliada, de grupos de amigos, de compañeras de trabajo, de la asociación cultural, de la pandilla de la adolescencia, de las madres del colegio del niño y hasta de los vecinos del portal. Son muy útiles para transmitir información rápidamente a los destinatarios deseados, pero son absolutamente nocivos si se quieren usar como foro de debate o para conversaciones en las que hay que dilucidar algo importante.



Y es que el texto no lo es todo. Aquellas palabras que nos van apareciendo en la pantalla de nuestros móviles carecen de elementos fundamentales de la comunicación humana. No sabemos si las frases nos las dicen con voz suave o a gritos e ignoramos si los signos de interrogación, en el caso de que se pongan, encierran preguntas sinceras, retóricas o sarcásticas. Tampoco podemos adivinar si hay ironía en las afirmaciones y desconocemos si quien nos interpela tiene una mirada tierna o asesina, porque el lenguaje corporal, que suele ser más sincero que el verbal, está ausente. Una parte importante de los enfados o malentendidos que se producen de unos años a esta parte proceden de interpretaciones erróneas de un texto que hemos leído en la pequeña pantalla de nuestros móviles y del que no tenemos contexto. Si no tenemos en cuenta lo que acompaña o rodea a las palabras textuales podemos encontrarnos con que el mensaje recibido sea muy diferente de lo que el emisor deseaba expresar.



Desde hace casi una semana hemos asistido colectivamente un curso presencial e intensivo sobre las palabras consentimiento, intimidación, estado de shock, abuso, agresión y prevalimiento. A los que no sabemos de leyes nos cuesta entender el retorcido lenguaje de los juristas para explicar cosas relativamente sencillas. Una de ellas es que no es necesario verbalizarlo todo para enviar un mensaje, porque muchas veces una mirada, un gesto o la simple presencia sirven para explicar, atemorizar y quebrar voluntades. Ya sé que entramos en el terreno de lo subjetivo y que quienes tienen que impartir justicia necesitan documentos firmados y constancia de frases pronunciadas, que no les valen los silencios porque el refranero dice que callar otorga y a partir de ahí todo es posible.



No. Las personas normales no necesitan que les digan que no pueden hacer determinadas cosas. Basta con un poco de sentido común para entender los contextos que provocan que el pánico inmovilice cualquier reacción de autodefensa. Habrá que afinar mucho más en los textos de las leyes para que ningún magistrado pueda salir por peteneras, pero a la gente sensata no nos hacen falta 639 artículos para distinguir un abuso de una agresión: nos basta conocer los hechos probados y el contexto en el que se produjeron.

Publicado en el diario HOY el 2 de mayo de 2018 

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Exilio entre comillas

Un sábado por la tarde de hace muchos años, justo después de los dibujos animados japoneses, emitieron una película basa...