19 septiembre, 2018

Saber y parecer

Uno de estos días me pareció ver el nombre de Teseo entre las palabras que más se estaban tecleando en las redes sociales y me llevé una enorme alegría. Por un momento pensé que las masas le habían hecho caso a Juan Carlos Iglesias Zoido en su artículo del pasado sábado en este periódico, que los clásicos volvían a las escuelas y que a todo el mundo le había dado por averiguar si Teseo era hijo de Etra y Egeo o del mismísimo Poseidón. 

Todo era un espejismo: la aparición en internet del mítico rey de Atenas se debía a la búsqueda en la base de datos de tesis doctorales que lleva su nombre. Allí estaba todo el mundo, doctores y no doctores, intentando acceder a un tocho de 300 páginas sobre innovaciones de la diplomacia económica española. No pretendo entrar a valorar si es una tesis fetén o si merecía el cum laude, porque para ello habría que ser un experto en la materia y leerse un libro que, a simple vista, no tiene pinta de ser una lectura demasiado atractiva.

En cambio, sí que me sirve todo esto para reflexionar sobre las paradojas de este mundo en el que unos quieren aparentar saber cosas que ignoran y otra gente tiene que hacer todo lo contrario. Es lo que le ocurre a muchas personas jóvenes que han terminado sus grados y posgrados, que tienen pocas esperanzas de encontrar un trabajo en aquello que han estudiado, y que han de ocultar sus títulos en cada currículum que envían a una cadena de supermercados o a una empresa de telefonía. Hay determinadas empresas que no quieren gente con exceso de preparación académica para trabajos en los que no es necesaria, bien sea porque temen que se vayan en cuanto encuentren algo de lo suyo, o bien porque es más fácil domeñar a los que más ignoran.

Mientras algunos políticos emulan al Miles Gloriosus de Plauto y se apuntan victorias en batallas en las que no lucharon, todas estas historias nos debieran hacer pensar sobre el exceso de importancia que le damos a las apariencias y el escaso valor que se le otorga al saber verdadero. La carrera por acumular certificados y diplomas en la mochila lleva a algunos a cursar posgrados en los que pretenden convalidar el 80% de los contenidos, y es entonces cuando uno se pregunta si no les merecería la pena matricularse en uno en el que el 100% de los contenidos fueran novedosos. Pero imagino que habrá quien valore más tres títulos en papel que una destreza bien aprendida. Saber debería ser más importante que parecer que se sabe, aunque buena parte de la sociedad actual no lo crea así.

No sé si algún día nos curaremos de esta epidemia de titulitis, ni si conocerán las generaciones futuras expresiones como cum laude, obras como Miles Gloriosus o historias como las de Ariadna y Teseo tras el destierro de las lenguas clásicas de nuestras aulas.

Publicado en HOY el 19 de septiembre de 2018.

05 septiembre, 2018

Cuidar la tierra

Este verano he podido escuchar en un programa de radio de cobertura nacional una sección dedicada al mundo rural que llevaba por nombre El Terruño. Varios de los episodios tuvieron como protagonistas a localidades extremeñas, desde la Sierra de Gata a Fuente del Arco pasando por La Nava de Santiago o la zona rayana de La Codosera. El espacio te describía una realidad que cada vez es más invisible para los medios de comunicación y para quienes llevamos una vida urbana, con una narración que desprendía optimismo, ilusión, descubrimientos y mucha humanidad.

Se trataba de un esfuerzo encomiable para reivindicar la vida apartada del mundanal ruido viviendo de la agricultura, la artesanía o el turismo rural, pero nos engañaríamos si pensáramos que unas imágenes sonoras tan sugerentes van a provocar que la gente regrese a las casas abandonadas de sus abuelos, las limpie de polvo e intente pasar sus días con las ventajas de la vida bucólica y sin los inconvenientes de vivir alejado de servicios fundamentales de carácter sanitario, social o educativo. Los pueblos más pequeños se siguen abandonando y las cabeceras de comarca van poco a poco absorbiendo a los últimos pobladores de aldeas.

Durante los últimos veranos, tras los graves incendios producidos en la península ibérica, se habló mucho de la importancia de cuidar la tierra, de crear las condiciones idóneas para que a las parejas con criaturas pequeñas les merezca la pena vivir en los pueblos y no les suponga un sacrificio tan enorme que les haga buscar de nuevo el asfalto.

Y es que, como decía el recién dimitido ministro francés de transición ecológica Nicolas Hulot, no se está tomando con la seriedad que lo merece algo tan importante como permitir que el planeta tierra sea un lugar habitable no ya para nuestros nietos sino para nuestros propios hijos. Las leyes del mercado no entienden del medio plazo y el largo plazo ni se lo imaginan. Solo así se explica que a principio de siglo se construyeran en torno a Madrid multitud de autopistas radiales destinadas a que ocho millones de coches circularan por ellas todos los días porque íbamos a superar a Los Ángeles de California.

No sabemos cuándo tendrá que empezar el reequilibrio demográfico, un nuevo éxodo desde las ciudades a los pueblos para conseguir que los cimientos del planeta no acaben por tambalearse. Hemos minusvalorado la importancia del mundo rural y te das cuenta cuando repasas el vocabulario y reparas en el sentido peyorativo que ha acabado impregnando a adjetivos como rústico o pueblerino.

Cuidar la tierra y preocuparse del terruño es una labor de todos. Pensemos que quienes viven en los pueblos nos están dando oxígeno a los de las ciudades y que deberíamos corresponderles. Cada vez que intenten cerrar un consultorio médico rural o una escuela porque no llega a diez niños, deberíamos plantearnos las consecuencias que eso supone para el abandono del territorio. Y no sé si estamos a tiempo o es ya demasiado tarde.

Publicado en el diario HOY el 5 de septiembre de 2018.

Exilio entre comillas

Un sábado por la tarde de hace muchos años, justo después de los dibujos animados japoneses, emitieron una película basa...