17 abril, 2019

Luego no te quejes

Desde la más tierna infancia hemos escuchado advertencias, generalmente de personas más experimentadas, y que pretendían avisarnos de las consecuencias de nuestras decisiones o de nuestra dejadez para tomarlas. “Ya lo verás”, “ya te enterarás” o “después no vengas con que no te lo advertí”, son algunas de esas expresiones que no soportamos que nos mencionen cuando somos demasiado jóvenes y que un día nos sorprendemos cantándoselas a los demás, en ese momento en el que el reposado bagaje de lo vivido pesa más que el ímpetu de adolescencias prolongadas en el tiempo.

He vuelto a escuchar esas frases e imagino que volveré a oírlas durante los once días que restan hasta las próximas elecciones generales. Reconozco que alguna vez las pronuncio pero que hago un esfuerzo deliberado por no sermonear, porque las personas adultas tienen derecho a equivocarse, a estar hartas y a mostrar su frustración o indignación en forma de papeletas o de abstención, una forma tan legítima de actuación política ciudadana y que en ningún caso inhabilita para reclamar derechos posteriores.

En infinidad de ocasiones he escrito sobre situaciones paradójicas como que un folleto publicitario de una carnicería o de una agencia de viajes tenga valor contractual y que, en cambio, un programa electoral no lo tenga. Si me reparten un papel en la calle con una oferta de viaje a Menorca por 300 euros o dos kilos de chuletas por 9 euros, puedo ir a la oficina de consumo y me acabarán dando la razón. En cambio, si un partido me promete una tarifa plana para autónomos o un aumento del SMI a 1000 euros no puedo ni acercarme a un juzgado en caso de incumplimiento porque en esa publicidad sí está permitido engañar.

Así que, mientras se legisla para que los partidos políticos no puedan mentir impunemente, es recomendable estudiar por encima las medidas que vamos a votar para que no nos cojan desprevenidos. Si crees que los sueldos están demasiado altos, vota a quien prometa bajarlos; si piensas que hay demasiados impuestos, confía en quien quiera quitarlos; si no te llega ni para pagar impuestos, a lo mejor no te interesa tanto que quiten tributos y que te hagan pagar la próxima vez que vayas al médico; si quieres que estudiar en la Universidad sea casi gratis como en Alemania o te endeude para media vida como en Estados Unidos, seguro que tienes opciones en las papeletas para optar por un modelo u otro.

Aún así, también nos pueden acabar defraudando incluso aquellos con los que estamos plenamente de acuerdo. De esa no nos va salvar nadie. Pero dejarse llevar por la ira o el hartazgo a la hora de depositar un voto puede tener contraindicaciones que no caben en el mayor de los prospecto. Que no te cieguen el color de las banderas porque esto no es una final de fútbol, y mira bien si aquello que apoyas es lo más justo y lo que más te beneficia. Y en ese orden.

Publicado en HOY el 17 de abril de 2019

03 abril, 2019

Lo que importa de verdad


Por razones que no vienen al caso, en los últimos tiempos he llegado a familiarizarme con las tablas de datos que organismos como el Centro de Investigaciones Sociológicas o el Instituto Nacional de Estadística publican sobre las opiniones de la ciudadanía, los índices de precios al consumo y cosas más prosaicas.



Una de esas tablas en la que se puede uno entretener un buen rato es esa en la que se pide al encuestado que cite sus tres principales preocupaciones. Cuando ves lo que le intranquilizaba a la gente en 1985 y cómo ha ido cambiando a lo largo del tiempo, acabas descubriendo qué ocurrió cada año para que el terrorismo alcanzara el pódium de las preocupaciones en septiembre de 2001 o marzo de 2004. Pero también te llevas sorpresas mayúsculas cuando reparas en que hubo unos años en los que nadie mencionaba la corrupción y eran, ¡precisamente!, los precisos instantes en los que funcionaban a todo tren las tramas más corruptas que ya han sido juzgadas y condenadas.



No siempre nos damos cuenta de lo que ocurre a nuestro alrededor, ya sea porque preferimos mirar hacia otro lado o porque nos entretienen con señuelos para que evitemos preocuparnos de lo que nos afecta de verdad. Si uno intenta seguir la información política puede llegar a la conclusión de que lo que se traen entre manos y los temas que discuten no son los que quitan el sueño al común de los mortales.



En todos estos años el paro ha estado siempre a la cabeza y, sin embargo, no es un asunto que aparezca de manera continuada en los argumentarios, salvo ese día de cada mes en el que se anuncia la cifra y para la que todo el mundo tiene explicaciones. En cambio, surgen temas de discusión que jamás podríamos ni sospechar. Solo así se entiende que hayamos vuelto a escuchar hablar del peligro de la emigración en un país donde se sabe que necesitamos más gente joven, o que se ponga sobre la mesa un asunto como el de facilitar armas a los “españoles de bien” para protegerse de una inseguridad que, como ya sabemos por el ejemplo norteamericano, acaba en matanzas indiscriminadas en institutos de secundaria o centros comerciales.



En los próximos meses me gustaría que me contaran las ideas que manejan desde la política para que la gente tenga trabajos y sueldos justos, escuelas mejor dotadas, hospitales sin tanta lista de espera, pueblos con niños por las calles, ríos limpios, aires respirables, viviendas asequibles, transportes públicos dignos, juzgados rápidos y eficaces, energías limpias, precios justos para lo que producen nuestras agricultoras, fondos suficientes para seguir investigando, pensiones sostenibles y barcos con los brazos abiertos para salvar en el Mediterráneo a quienes se ahogan.



La politiquilla y el politiqueo, los cálculos y los órdagos, la testosterona y el tacticismo deben dejar paso a los compromisos serios y a las propuestas factibles. En eso consiste ocuparse de lo que importa de verdad.

Publicado en el diario HOY el 3 de abril de 2019.

 
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