21 agosto, 2019

Malvivir y morir bien


Casi todo el mundo sabe que con el adverbio mal y el verbo vivir podemos componer un una nueva palabra con un significado transparente. En cambio, poca gente sabe que bienvivir está en el diccionario más académico y que no se usa tanto como la anterior. Si juntáramos a un estadístico con una filóloga llegarían a la conclusión de que el primero de los verbos ha cuajado más que el segundo porque la cruda realidad nos ha llevado a un mundo en el que son mayoría los que malviven frente a los que bienviven.
El verano nos ha traído muchas reflexiones sobre la vida, sobre el valor de la misma en un lugar u otro, sobre lo que un ser humano es capaz de hacer para salvar la propia y,  desgraciadamente, sobre lo poco que le importa a personas desprovistas de humanidad que haya gente que muera pudiendo evitarlo con relativa facilidad.
Con el verbo morir, que muchos se niegan a pronunciar como si eso fuera un salvoconducto para no tener que conjugarlo jamás, ocurren cosas curiosas: mientras la expresión “de mala muerte” se puede aplicar a la habitación de un hotel desastroso o a las precarias condiciones de un trabajo, pocos habrán escuchado “de buena muerte”.
Y mientras andábamos entre tantas cavilaciones sobre oxímoron y paradojas, el pasado 13 de agosto leí en la sección de cartas a la directora de este periódico una columna entera y firmada por Ana Muñoz Tirado. Manejando las palabras con maestría, Ana nos volvía a sacar a la palestra una de esas situaciones que suscitan controversia cuando se ven en la distancia y con las ideas encorsetadas por las creencias, y que cambian a medida que la realidad te las acerca y te las hace protagonizar en primera o segunda persona.
La carta reclamaba el derecho a tener una muerte digna y a que exista una legislación y regulación que permita, a quien así lo desee y lo manifieste en pleno uso de su facultades, poner fin a la vida propia cuando ya no hay salida y solo quedan sufrimientos y padecimientos. La clase política ha sido incapaz de dar solución a un asunto que no puede estar legislado con renglones confesionalmente marcados. Es urgente cambiar las normas para que morir bien sea posible, sea legal, tenga todas las garantías y se respete la voluntad de cada persona.
Pero hay políticos y gentes que no quieren, que dicen anteponer la vida a todo lo demás, aunque todo depende del sujeto de esa vida y del complemento circunstancial de lugar de nacimiento. Porque los mismos que impiden la regulación de la muerte digna son, en muchísimas ocasiones, los mismos que están impidiendo salvar vidas en el Mediterráneo y que se niegan a llevarlas a un puerto seguro. Así es: no quieren salvar a quienes desean y pueden vivir, ni dejan descansar en paz a quienes solo ansían dejar de padecer y acortar la agonía. El mundo al revés.

Publicado en el diario HOY el 21 de agosto de 2019.

P.S.
Me impresionó la carta de Ana y más impresionado me quedé el día 14 cuando me enteré del fallecimiento de su madre, una profesora, compañera y persona ejemplar. Y prometí que escribiría sobre esto porque es muy triste tener que estar así todavía, sin marco normativo para que se respete el derecho a morir con dignidad, a morir bien, a que no nos den un final de mala muerte porque legalmente no queda más remedio. 

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07 agosto, 2019

El crimen de salvar vidas




Antes de que Hannah Arendt teorizara sobre la banalidad del mal, ya estaba muy claro que el mal existía, era tangible, mensurable y estaba muy bien documentado, tanto en realidades históricas como en ficciones literarias. No es una ensoñación ni una creación mental: el mal está presente y con desigual reparto por todos los lugares del mundo. Si está fuera del alcance de nuestra vista lo sobrellevamos un poco mejor. Incluso agradecemos que los medios no nos hablen de Guatemala o de Yemen, donde cada diez minutos muere un niño de hambre pero, eso sí, rodeado de países donde el lujo del petróleo se despliega en forma de oro por doquier.



El pasado fin de semana el mal se coló hasta el salón de nuestras casas y descubrimos que un joven era capaz de hacer 1000 km, desde Dallas hasta El Paso, para intentar frenar la invasión de personas que vienen del sur hablando castellano. Podemos culpar a la facilidad para la tenencia de armas o enterrarlo todo como si se tratara de un desequilibrado de esos que hay en todos los lados. Y es que a veces se necesita un tercer elemento, que unos verán como la simple chispa que prende el combustible que lanza la metralla, y que otros describimos como el alimento que fortalece lo monstruoso.



Una bestia llamada intolerancia está siendo amamantada desde los púlpitos, desde las emisoras de radio, desde las tertulias de televisión y desde columnas periodísticas.  Breivik en Noruega y Crusius en Texas se habían creído a pies juntillas que el mundo estaba en peligro porque su raza estaba siendo acorralada por pieles más oscuras. La responsabilidad penal es solo de quien aprieta los gatillos, pero la responsabilidad moral hay que hacerla extensiva a quienes difunden bulos y criminalizan a los diferentes.



Los 22 muertos de El Paso o los 77 de Noruega en 2011 no son nada comparado con otras muertes violentas evitables. Hace unos días murieron 150 personas en el Mediterráneo por culpa del bloqueo a los barcos de Open Arms, mientras que los que han propiciado dicho bloqueo, desde diferentes lugares de Europa, han desayunado plácidamente sin que el pulso les temblara un segundo al remover el café.



Ayer era noticia el nuevo decreto de Salvini. Dicen que habrá duras sanciones para quien se atreva a salvar vidas en peligro sin la autorización gubernamental. Me pregunto si ese permiso previo lo necesitará el bombero que se encarama al viaducto para evitar la caída de un suicida o solo se aplicará cuando la vida que se salve sea de alguien con piel oscura y ni un solo céntimo en los bolsillos.



Cerramos la segunda década del siglo, el de los mayores avances tecnológicos inimaginables, y los códigos penales están a punto de introducir en sus páginas el crimen de salvar vidas. Urge decirle a Trump y sus muchos emuladores que la maldad con la que pretenden gobernar el mundo no tiene nada de banal: parece infinita.

Publicado en el diario HOY el 7 de agosto de 2019 


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El artículo 40

Algunos de los que más énfasis ponen en llamarse a sí mismos constitucionalistas, suelen padecer olvidos selectivos del texto. Les encantan ...