18 septiembre, 2019

Hablar del tiempo



Resultado de imagen de como está el tiempoHace mucho tiempo, cuando daba clases, les conté a mis alumnos que en los ascensores de Estados Unidos todo el mundo se gira mirando hacia la puerta, evitando que las miradas directas puedan propiciar una conversación. Aquí, en cambio, tendemos a poner nuestras espaldas pegadas a la pared, dejando un pequeño hueco en el centro y recurriendo, en algún caso, a un único tema de conversación.

No les costó nada a mis estudiantes adivinar el asunto de ese intercambio fugaz de opiniones, aunque tardaron un poco más en adivinar la razón de que siempre sea el mismo. Sí, aquí hablamos del tiempo y lo hacemos porque es lo común, lo que nos afecta a todos sin excepción, salvo que vivamos recluidos en una cámara isotérmica.

En una de esas cámaras deben de vivir quienes siguen negando el cambio climático, una patología que debería tratarse como la de los terraplanistas. Cada día que pasa sin que se empiecen a tomar medidas drásticas para detener (si es que todavía es posible) el cambio climático, es un día que perdemos en la tarea de dejar el planeta en el que vivimos un poco mejor que cuando llegamos a él.

En muchos lugares del mundo se celebra durante estos días la semana de la movilidad, aunque en Extremadura haya ciudades que se mantengan totalmente al margen de estas cosas, y en algunos empiezan a tomarse en serio lo de dejar los vehículos privados y comenzar a caminar, pedalear y usar el transporte público. La semana siguiente hay convocada una huelga mundial por el clima y mientras llegan estas fechas la realidad nos ha dado un zarpazo en forma de gota fría. Ya nos habían avisado que la virulencia de estos episodios será cada vez mayor y que las aguas volverán a buscar su cauce natural aunque hayamos urbanizado todo lo habido y por haber.

Si el tiempo nos afecta tanto a todo el mundo como para ser el comodín más fácil de cualquier conversación, nos debería hacer pensar que el cambio climático no se parará en frontera alguna cuando tenga que hacer de las suyas. Desgraciadamente, son muchos y muy poderosos los que esperarán a tener el agua al cuello para empezar a preocuparse, pero será demasiado tarde.

Muchas lenguas latinas tenemos una misma palabra para referirnos al tiempo atmosférico y al que cuentan los relojes, mientras que las germánicas usan raíces diferentes para cada concepto. Ayer tarde, mientras pasaban los minutos que nos acercarán a unas nuevas elecciones, me preguntaba si en los acuerdos de investidura o en los debates previos a ese 10 de noviembre escucharemos algo sobre el tiempo, sobre el que hemos perdido por desidia durante estos meses o sobre el que cambiará de tal manera, que los mares convertirán en cuevas submarinas todas las viviendas de primera línea de playa que construimos durante la última expansión inmobiliaria.

El 27 de septiembre deberíamos dar el primer paso contra el cambio climático y esperemos que sea un paso firme.


Publicado en el diario HOY el 18 de septiembre de 2019

04 septiembre, 2019

Jugando con los tiempos


Erich Scheurmann publicó a principios del siglo XX las supuestas explicaciones que el jefe de una tribu de Samoa dio a sus conciudadanos tras un viaje por Europa, de donde regresó aterrado por la presencia de un dios inventado que nos cambiaba la manera de ver las cosas y que se llamaba tiempo. Los papalagi, nombre que da a nuestros antepasados europeos, habíamos dividido el espacio entre la salida y el ocaso del sol, habíamos inventado aparatos para medirlo, los llevábamos en la muñeca o en el bolsillo, y estábamos obsesionados con la falta de tiempo.



Los escritos de Scheurmann son una delicia llena de humor que te hace reflexionar, especialmente en una semana en la que casi todo el mundo reabre sus agendas y empieza a poner plazos y fechas límite a casi todo, donde la amenaza de timbres o  campanas son una espada de Damocles sobre nuestras cabezas.



Quien anda con mucho apresuramiento, siempre tiene las de perder. Es una de esas frases que nos aconsejan las maestras de la paciencia, las que saben que en la cocina, en el arte, en la literatura o en lo más cotidiano las cosas se rigen por aquello del vísteme despacio que tengo prisa.



Cualquiera que haya vivido un proceso de negociaciones y acuerdos, sabe que jugar con los tiempos es la mejor de las bazas, que dilatar los procesos puede exasperar a quien está enfrente cuando no hay fechas límite. En cambio, cuando hay un día marcado en el calendario en el que se abre otro escenario, quien no aprovecha cada segundo de tiempo es porque ya está pensando en ese otro escenario.



Algo así parece estar ocurriendo con la formación de un nuevo gobierno, para el que quedan menos de 20 días. Se tardó en comenzar a hablar, se vetó al líder del posible socio, éste se quitó de en medio para que no pareciera un escollo y, finalmente, estamos asistiendo a una puesta en escena para que en la campaña del 10 de noviembre se pueda culpar al otro de no haber llegado a ningún acuerdo.



Si las elecciones se repiten, se habrá demostrado que no hemos aprendido nada. Habremos perdido mucho tiempo porque volveremos al 15 de febrero, al día que se convocaron las elecciones del pasado 28 de abril. Y todo por ser incapaces de cumplir con la Constitución y con el sentido común, por no saber imitar la manera de resolver estos enredos en otros países del entorno y desde hace décadas.



Cantaba Manolo García que nunca el tiempo es perdido, pero creo que no se aplica a este caso. De lo que apenas oigo hablar es del dinero perdido, de lo que nos costará repetir innecesariamente unos comicios cuya cifra total, no solo la que sale de los Presupuestos Generales del Estado, no se atreven a calcularla para que no nos escandalicemos. Ya han jugado con los tiempos (unos más que otros) y sería bueno que no jugaran más con nuestro dinero.

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El artículo 40

Algunos de los que más énfasis ponen en llamarse a sí mismos constitucionalistas, suelen padecer olvidos selectivos del texto. Les encantan ...