30 diciembre, 2020

Cuidar y cuidarse

En la oenegé de Derechos Humanos en la que colaboro desde hace casi treinta años nos seguimos reuniendo casi todas las semanas para intentar mejorar el mundo desde un rincón perdido. Estos meses lo hemos seguido haciendo y algunas personas del grupo intervienen desde una isla del Mediterráneo o desde la capital de Europa, tratando de aplicar ese principio tan olvidado de pensar globalmente y actuar localmente. En cada una de las reuniones dedicamos un tiempo a cuidarnos, a preguntarnos qué tal estamos, a contarnos cómo estamos viviendo estos momentos, a darnos ánimos y a no dejar que la tristeza o el pesimismo nos invadan.

Antes de que llegara 2020 solía despedirme y cerrar los mensajes con la palabra salud. No sé si estaba traduciendo ese “vale” que ponían en latín al terminar las cartas y que se ha quedado como la coletilla más inconsciente y utilizada de nuestro idioma, hasta el punto que en algún programa de humor portugués había un personaje español que solo pronunciaba esa palabra. De un tiempo a esta parte he cambiado algo tan genérico como la salud, por un imperativo suave y más personal.

Cuídate, cuidaos y cuídense han pasado a ser las palabras que cierran mis correos electrónicos, mensajes de whatsapp o conversaciones de viva voz. Mientras las escribía al principio de este párrafo he buscado su origen etimológico y se han confirmado mis intuiciones: cuidar viene de cogitare, del pensar que Descartes convirtió en piedra angular de su filosofía, el cogito, ergo sum.

Las prioridades han cambiado tanto en menos de un año, que he llegado a la conclusión de que quienes anteponen cualquier cosa a los cuidados están, en el fondo, abdicando también de su capacidad de pensar. Si no cuidamos es porque no pensamos. Es urgente cuidar la tierra, el planeta entero, los pueblos perdidos, los barrios olvidados, a la gente mayor que está sola, a los niños que pasan horas en casa mientras sus progenitores se ganan la vida con más precariedad que holguras, a los que vienen en pateras, a quienes no tienen techo o a quienes llevan meses o años sin trabajo.

Para algunos virus ya hemos encontrado vacuna y se va inyectando poco a poco entre la población. Pasado mañana empieza un año que todavía va a ser muy duro, pero se atisba una luz en el fondo que debería ser como una vacuna colectiva que nos hiciera pensar y cuidar por encima de cualquier otra tentación cortoplacista.

Todo pasará. El sol brillará, nos descubriremos las caras, viajaremos a lugares soñados, nos abrazaremos con fuerza, recordaremos a quienes nos han dejado, construiremos espacios donde haya más manos tendidas que codazos, tendremos más en cuenta a las personas que a las cuentas de resultados, desconectaremos las pantallas para mirarnos directamente a los ojos, reiremos sin medir el dichoso metro y medio, brindaremos por la parte alta de las copas, cantaremos a grito canciones eternas, estrecharemos nuestras manos sin guantes ni geles hidroalcohólicos.

Un último esfuerzo y que se nos quede como una costumbre para siempre: la de conjugar el verbo cuidar en todos sus tiempos, modos, voces y personas. Piensen, cuiden y cuídense.

Publicado en el diario HOY el 30 de diciembre de 2020.

 


 

16 diciembre, 2020

Almanaques y calendarios

Al llegar el mes de diciembre hay mucha gente mayor que se acerca a las oficinas bancarias preguntando si tienen almanaques publicitarios con los números bien grandes. Una chica joven que estaba haciendo las prácticas en una de esas oficinas desconocía la palabra almanaque y preguntó a sus compañeras qué es lo que pedían los viejecinos. Sí, tal vez se nos esté perdiendo esa bella palabra de origen árabe y es el calendario el que se quedará reinando en solitario.

Diciembre es el mes con más días de color rojo y a ellos hay que sumar otras celebraciones que se marcan en negro. El jueves fue el día de los derechos humanos y pasado mañana el de las personas migrantes. Emigrar e inmigrar, emigrantes e inmigrantes, palabras que cuesta explicar a los más pequeños y que resumen la historia de la humanidad. Salvo que se sea un memo integral, de esos que se creen nietos directos de Don Pelayo, Indíbil o Mandonio, todos descendemos de alguien que dejó su tierra natal porque no le quedó más remedio para sobrevivir, porque huía del hambre, porque era víctima de persecuciones injustas o, simplemente, porque tenía un futuro prometedor más allá de las fronteras.

Se están poniendo difíciles las fronteras para quienes nada tienen. En la pared de una oficina de extranjería dejó una pintada alguien que renegaba de los humanos para solicitar pasaporte de pájaro, como el que tienen las grullas que cada invierno vienen a Extremadura y a las que no les pedimos partida de nacimiento. La memoria es frágil y ya no recordamos a nuestros antepasados con la maleta, sin papeles y camino de Alemania, de las Américas o de las zonas más industriales de la península. Cuando no se tiene memoria, se puede caer en la cruel tentación de ver como peligrosos enemigos a los que hacen lo mismito que haríamos nosotros si estuviéramos en su piel.

Antes de que se pusiera de moda la palabra empatía, ya sabíamos lo que era ponerse en el lugar del otro o amar al prójimo como a uno mismo, que es como lo enseñaban en el catecismo. Mientras un virus diezma nuestra población e inunda todos los informativos, nuestros semejantes de otras tierras sufren la incomprensión de quienes colocan el color del pasaporte por encima de cualquier otra condición.

Por si todo esto fuera poco, las organizaciones humanitarias nos avisan del desborde burocrático y asistencial que se padece en muchos países del sur de Europa, donde los papeleos se convierten en interminables y la espada de Damócles de una situación de irregularidad administrativa pende encima de cada una de estas personas, que se han jugado la vida en el mar porque tampoco la tenían más segura quedándose en tierra.

Todavía nos queda medio mes del año más fatídico que recordamos la inmensa mayoría de la gente. Mientras esperamos con impaciencia arrancar esa última hoja de los almanaques y calendarios de 2020, nuestros deseos de felicidad deberían tener presentes también a las personas migrantes. Son el espejo de lo que fuimos y mañana podríamos volver ser una de ellas, tengámoslo muy en cuenta. 

Publicado en el diario HOY el 16 de diciembre de 2020

 


 

02 diciembre, 2020

Locura colectiva

Las costumbres pueden convertir cualquier insensatez en un rito alabado por todos y, a la vez, al más cuerdo de los actos en motivo para la reclusión en un sanatorio mental. Mi primera profesora de inglés, una australiana que llegó a Extremadura a finales de los años 70, pensó que estábamos locos cuando nos veía comiendo pipas y tirando las cáscaras al suelo. Es el mismo choque cultural que vieron mis hijos en Dinamarca, donde las bicicletas no se ataban con candado, nadie te pedía el billete en el transporte público o los abrigos se dejaban en perchas a la entrada de los museos, sin necesidad de un servicio de consigna donde te lo guardaran a buen recaudo.

 

Escuché a un antropólogo en la radio que afirmaba que la locura no dependía tanto de la acción estrambótica y descabellada que se te ocurriera, sino de la capacidad que tuvieras para que mucha gente la considerase normal. Imagino que en aquella aldea zamorana, en la que los quintos lanzaban una cabra desde el campanario, los chicos eran considerados gente sensata hasta que una mayoría fue entendiendo que debía prevalecer la dignidad del animalito por encima de las ganas de reírse de los mozos.

 

Me asustan las locuras colectivas, mucho más que las individuales. A éstas siempre hay posibilidad de tratarlas y de curarlas, pero de los disparates jaleados por las masas sí que hay que preocuparse. Desconfío de quienes idolatran al héroe deportivo aunque sea un maltratador, o de los que aman tanto su bandera que ven antes en el prójimo la condición de patriota que la condición de ser humano.

 

Alguien dijo que cada ciudadano se creía el mejor seleccionador de fútbol del mundo y ahora lo hemos extendido a casi todas las profesiones: viróloga, político, maestra o analista de relaciones internacionales. Mientras la ceguera por unos colores solo te haga subirte a las fuentes o volcar contenedores según tu equipo gane o pierda, lo podremos incluso sobrellevar. Las cosas se complicarán cuando, sin saber diferenciar un virus de una bacteria, creas que tienes conocimiento suficiente para dictaminar cuántos pueden juntarse en cada cena navideña, quién debe vacunarse primero, a qué hora es mejor cerrar el comercio y hasta qué hora podremos bailar tras tomarnos las uvas.

 

El aprendizaje se vuelve maduro cuando no necesitas probar en tus propias carnes aquello que están sufriendo otros. Un gag humorístico presentaba a unos cavernícolas acercándose al fuego. El primero que metió la mano en la hoguera salió dando gritos y el resto siguió imitándolo, porque solamente eran capaces de entender los aullidos del primero sintiendo lo mismo y con los dedos chamuscados. Así que quizá haya llegado el momento de abandonar la locura colectiva, de escuchar a los que ya han sufrido, a los que todavía están padeciendo, a quienes nos dicen que cuando pasas un mes entubado te olvidas de todo en absoluto, a quienes nos aconsejan unas fiestas muy distintas en 2020 para poder verlas, vivirlas y sentirlas en 2021. La sensatez y la cordura colectiva no se inyecta ni se vende en farmacias, pero ahora mismo es la medicina que necesitamos con más urgencia.

 

Publicado en el diario HOY el 2 de diciembre de 2020 




Exilio entre comillas

Un sábado por la tarde de hace muchos años, justo después de los dibujos animados japoneses, emitieron una película basa...