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Mostrando entradas de diciembre, 2020

Cuidar y cuidarse

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En la oenegé de Derechos Humanos en la que colaboro desde hace casi treinta años nos seguimos reuniendo casi todas las semanas para intentar mejorar el mundo desde un rincón perdido. Estos meses lo hemos seguido haciendo y algunas personas del grupo intervienen desde una isla del Mediterráneo o desde la capital de Europa , tratando de aplicar ese principio tan olvidado de pensar globalmente y actuar localmente. En cada una de las reuniones dedicamos un tiempo a cuidarnos, a preguntarnos qué tal estamos, a contarnos cómo estamos viviendo estos momentos, a darnos ánimos y a no dejar que la tristeza o el pesimismo nos invadan. Antes de que llegara 2020 solía despedirme y cerrar los mensajes con la palabra salud. No sé si estaba traduciendo ese “vale” que ponían en latín al terminar las cartas y que se ha quedado como la coletilla más inconsciente y utilizada de nuestro idioma , hasta el punto que en algún programa de humor portugués había un personaje español que solo pronunciaba e

Almanaques y calendarios

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Al llegar el mes de diciembre hay mucha gente mayor que se acerca a las oficinas bancarias preguntando si tienen almanaques publicitarios con los números bien grandes. Una chica joven que estaba haciendo las prácticas en una de esas oficinas desconocía la palabra almanaque y preguntó a sus compañeras qué es lo que pedían los viejecinos. Sí, tal vez se nos esté perdiendo esa bella palabra de origen árabe y es el calendario el que se quedará reinando en solitario. Diciembre es el mes con más días de color rojo y a ellos hay que sumar otras celebraciones que se marcan en negro. El jueves fue el día de los derechos humanos y pasado mañana el de las personas migrantes. Emigrar e inmigrar, emigrantes e inmigrantes, palabras que cuesta explicar a los más pequeños y que resumen la historia de la humanidad. Salvo que se sea un memo integral, de esos que se creen nietos directos de Don Pelayo, Indíbil o Mandonio, todos descendemos de alguien que dejó su tierra natal porque no le quedó más re

Locura colectiva

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Las costumbres pueden convertir cualquier insensatez en un rito alabado por todos y, a la vez, al más cuerdo de los actos en motivo para la reclusión en un sanatorio mental. Mi primera profesora de inglés, una australiana que llegó a Extremadura a finales de los años 70, pensó que estábamos locos cuando nos veía comiendo pipas y tirando las cáscaras al suelo. Es el mismo choque cultural que vieron mis hijos en Dinamarca, donde las bicicletas no se ataban con candado, nadie te pedía el billete en el transporte público o los abrigos se dejaban en perchas a la entrada de los museos, sin necesidad de un servicio de consigna donde te lo guardaran a buen recaudo.   Escuché a un antropólogo en la radio que afirmaba que la locura no dependía tanto de la acción estrambótica y descabellada que se te ocurriera, sino de la capacidad que tuvieras para que mucha gente la considerase normal. Imagino que en aquella aldea zamorana, en la que los quintos lanzaban una cabra desde el campanario, los c