De humanos y derechos

Muchos martes, justo después de escribir estas 500 palabras, me reúno con amigas y amigos para intentar hacer de este mundo un lugar en el que se respeten los derechos humanos. No es tarea fácil, pero llevo 27 años en ella y ya no pienso claudicar. A veces creo que he aprendido más en todas esas tardes preocupándonos por campesinos de Honduras, disidentes rusas o aquel preso cubano, que en los cientos de asignaturas cursadas en escuelas y universidades.

Una de las primeras cosas que entendí era que, en ocasiones, nos tocaría hacer valer los derechos de personas que no nos gustarían nada. Costaba escribir una carta al gobernador de Texas para que no electrocutara a un tipo con graves trastornos mentales y que había cometido algún asesinato atroz. La práctica nos hizo anteponer los derechos a cualquier otro condicionante y teníamos siempre en mente si ese derecho lo querríamos para nosotros mismos.

Durante más de una semana me ha tocado explicar que no me apasionan nada las letras de Pablo Hasél, pero que unos versos jamás deben llevar a una condena de cárcel, ya arremetan contra los dioses o contra las familias que rigen países por designación divina. Como soy partidario de la no violencia, me parece que los destrozos de las calles, escaparates y contenedores son actitudes condenables e inútiles para conseguir el objetivo pretendido.

Las violencias engendran más violencias. Me preocupan las visibles, las que toman forma de fuego y pedrada. Me alarman más si quienes las realizan son los encargados de velar por nuestras libertades, como esos tipejos en Linares pegándole a un padre y a su hija de 14 años. Las que me aterran de verdad son las invisibles, las que son tan poderosas que no dejan marcas en la piel sino en el alma. Me refiero a los fondos buitres que ahogan a quienes necesitan un techo, a las condiciones laborales de esclavitud que pueblan el mundo, a la que padece quien simultanea tres contratos precarios que no le dan ni para mantener a su familia. Es una violencia que jamás aparece en los medios porque no tiene fotografía ni vídeo impactante. Son como las violencias de las huelgas, que mucha gente cree son solo las de los sindicalistas en la puerta, porque la del jefe amenazando a quien la secunde es casi imposible captarla y denunciarla al juez o a la inspectora de trabajo.

En todos estos años también nos ha tocado luchar contra la tortura que sufrían detenidos y presuntos terroristas. Tampoco era un asunto sencillo porque hay quien nos lo recriminaba con utilitarismo: si torturando se consigue una confesión y se salvan vidas, merece la pena. El problema es que muchas veces el detenido no tenía nada que ver, no podía confesar nada y acababa pagando con la vida. Anteayer escuché una grabación que desvelaba lo que fue la cotidianidad de las torturas y describían cómo practicar el método de la bolsa: “La capucha debe ser transparente para que él vea la vida y la sensación esa de muerte que está cogiendo”.

Así que habrá que seguir luchando: por todos los derechos y por todos los humanos. 

 

Publicado en HOY el 24 de febrero de 2021

 


 

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