Preocupaciones de gente normal

La banda británica Pulp compuso a mediados de los 90 una canción titulada Common People, de la que el grupo Manel grabó una versión magistral, y que hablaba de la gente normal y corriente. Reconozco que no sería capaz de dar una definición académica de ese concepto y, como mucho, me atrevería a divagar a ciencia incierta.

Cada vez que escucho debates de presunta alta política, me doy cuenta de que hay demasiados próceres que están muy lejos de pisar el mismo suelo que el común de los mortales. Las palabras que enlazan son el producto recién horneado de fábricas de argumentos, discursos escritos en los que se mezclan dimes y diretes, descalificaciones ad hominem, reproches furibundos a la paja en ojo ajeno y un “no sé de qué me habla usted” cuando les mencionan la viga en el propio.

La gente corriente y con sentido común no entiende que los parlamentos se parezcan a un corral de gallos de pelea, que los intentos de atajar la corrupción se apaguen con más corrupción y venta de cargos, que se ponga todo patas arriba porque el asesor áulico aconseja lanzar al río la caña de las urnas ahora que todo está bien revuelto.

La gente común habita un mundo real sin alfombras mullidas y sus miedos son otros: saber cuánto les quedará para comer una vez que pasen por el banco el recibo de la luz, encontrar a alguien que cuide de sus niños mientras hace horas extraordinarias que no le van a pagar, conseguir un contrato precario que abra un horizonte de emancipación antes de cumplir los treinta.

Si alguna vez van a un parlamento descubrirán que muchos de los comportamientos de los que allí ven y oyen terminarían con un parte disciplinario y una visita a la jefa de estudios si se produjeran en un instituto de secundaria. Por esa razón algunos parlamentos ya no reciben como público a adolescentes, para que el ejemplo de lo que allí pudieran presenciar y escuchar no acabara truncando sus procesos educativos. Dicen que las reanudaciones de plenos tras el almuerzo son los peores momentos, en los que no sabe uno si está en un graderío de la Inglaterra de los años 80 o en un centro de debate y decisión sobre el futuro de la gente. Las propuestas más sensatas quedan sepultadas por alguna frase ingeniosa acompañada de una salva de palmas, en la que los vítores y las descalificaciones sobrevuelan a las taquígrafas en el centro del hemiciclo.

 

Las preocupaciones de la gente normal quizá aparezcan en una comisión a primera hora de la mañana o al caer la tarde, seguro que sí. Pero esas intervenciones no se reproducirán machaconamente en las redes sociales porque quizá no tengan gancho, estén libres de exabruptos y aborden cosas mundanas como el IVA de los pañales o la edad de jubilación de las camareras de piso en los hoteles. La realidad de un país no son solo las preocupaciones de inversores sino los temores de esa gente normal. Y esos temores no pueden ser abordados como en un show televisivo cargado de decibelios y faltas de respeto.

 Publicado en el diario HOY el 24 de marzo de 2021


 

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