28 julio, 2021

Presencialidad y esencialidad

Cuentan que en Asia, cuando terminan las lluvias torrenciales que han causado estragos, se levantan enseguida sin lamentos y se cargan de optimismo pensando en que la próxima cosecha de arroz será abundante. Un año y medio después de que un virus nos cambiara por completo las partituras en mitad del concierto, no se han concluido los balances y los recuentos de las pérdidas humanas, materiales, económicas, anímicas, psicólogicas, sociales y culturales. Las más importantes han sido las primeras y todas las demás son secundarias, algo que cuesta entender si no se ha vivido en primera persona, porque quien ha visto perder a un ser querido, su empleo o su negocio, sabe bien que el primero es irrecuperable y que de todo lo demás se puede uno sobreponer.

Ahora que se aproximan días de vacaciones quizá sea momento de parar y recontar qué cosas hemos aprendido en este tiempo. La primera de ellas es que siempre hay que estar preparados por si las catástrofes se repiten. En Japón, por ejemplo, saben que maremotos como el de 2011 pueden reproducirse en cualquier momento y tienen establecidos protocolos y sistemas de avisos. De la misma manera, todos los Estados deberían fortalecer un sistema de salud público y universal porque habrá más pandemias, llegarán sin avisar y no podremos tener centros de salud y hospitales sin las dotaciones presupuestarias y profesionales adecuadas.

 

Durante los meses más duros supimos de la existencia de trabajadores esenciales y de otros que no lo eran tanto. Tal vez sea este el momento de valorar en su justa medida a quienes en marzo de 2020 tuvieron que ir a sus puestos de trabajo, aunque no hubiera ni mascarillas para protegerse, porque sus actividades eran imprescindibles para evitar el caos.

 

Como no hay mal que por bien no venga, los confinamientos nos obligaron a manejarnos en ese mundillo de las videoconferencias. Nos ha tenido que dar el empujón una pandemia para empezar a eliminar tantas reuniones presenciales que suponían viajes, alojamientos y huellas de carbono. Y no ha habido que inventar mucho porque ya teníamos los medios, unas herramientas que nos ahorran tiempo, dinero y un daño colateral al planeta. 

 

Caeríamos en el error de dar bandazos y desterrar para siempre el trato humano, la cercanía, aquel mirarse a los ojos directamente y no a través de esos puzzles de ventanitas que son las sesiones de zoom o de meet. En el equilibrio entre la eficiencia telemática y el valor añadido del contacto personal estará el virtuoso término medio de conjugar lo viejo y lo nuevo. En ámbitos como el educativo o el socio-sanitario ese contacto humano es esencial, pero también convendría repensar qué grado de presencialidad es necesaria donde no es absolutamente imprescindible. 

 

Ya se habla de las ventajas del teletrabajo para dar vida a pueblos de regiones despobladas como Extremadura y sería un gran logro que familias de grandes ciudades vengan a dar vida a nuestras aldeas. Pero me pregunto si estamos fomentando esta política internamente y si estamos dando ejemplo y cauces desde lo público ¿Acaso seguimos prefiriendo a los presenciales mucho antes que a los esenciales? No lo sé.


Publicada el diario HOY el wi de Julio de 2021




14 julio, 2021

Colchones y ministerios

Una vez escuché que deberíamos cambiar el colchón cada diez años. Me pareció una exageración y que una recomendación así solo podía venir de la asociación de fabricantes. Luego me explicaron que de todos los muebles y objetos que compramos no hay ninguno que utilicemos todos los días, durante tantas horas y con efectos tan determinantes para la calidad de nuestras vidas.

 

El pasado fin de semana hubo cambios en los ministerios. Una vez comentados los detalles y caligrafías de las notas de despedida, me puse a pensar qué ministerios son como los colchones, que se nos pasan tan inadvertidos que los situaríamos en la lista de enseres prescindibles. Si una es abogada creerá que la más importante es la cartera de Justicia, si es policía la de Interior, si es maestra la de Educación, si está enfermo la de Sanidad y si trabaja en el campo la de Agricultura. Pero si dejamos a un lado aquellos ministerios que tienen que ver con nuestras ocupaciones, nos encontraremos con los colchones, esos que usamos todos los días y que no valoramos en su justa medida.

 

Si hoy hablamos de sociedad de consumo es porque ese sustantivo se ha convertido en tan esencial, que lo hemos adoptado como apellido. Todo gira en torno a incentivar el consumo para que crezca la Economía, para que Hacienda pueda recaudar más, para mejorar la Sanidad con lo recaudado e invertir algo más en Ciencia.

 

Antes de que llegara la remodelación ministerial tuvimos que hablar de Consumo con mayúsculas, porque el ministro del ramo había tenido la osadía de grabar un vídeo aconsejando comer menos carne, lo mismo que llevan haciendo la OMS, la comunidad científica, la Agenda 2030 y las páginas webs de casi todas las consejerías de Sanidad y Consumo, de casi todas las comunidades autónomas y de casi todos los colores.

 

En España no se añadió la palabra consumo a un ministerio hasta diciembre de 1981. Habían tenido que morir envenenadas miles de personas con aceite de colza desnaturalizada para que se cayera en la cuenta de que era un asunto vital. Repasen su día a día y se darán cuenta de que pueden pasar semanas sin acordarse de que existe un ministerio de Defensa o de Transición Digital, pero que no hay día que no tengan que hacer una compra, realizar un pedido, reservar una mesa, consultar un extracto bancario, quejarse al servicio de (des)atención al cliente de su compañía telefónica o leer la letra pequeña de la última factura eléctrica en la que parece que le están timando.

 

Hay ministerios que necesitan once palabras para ser descritos y otros que no pasan de tres o de cinco. Si el de consumo lo usamos más de lo que deberíamos, hay uno tan olvidado y maltratado que se lo han dado a Miquel Iceta como premio de consolación. Hay quienes no concebimos la vida humana sin la cultura: sin música, sin arte o sin literatura nuestras vidas se acabarían pareciendo demasiado a las de los animales de esas granjas intensivas donde nunca se hace de noche y no hay ni colchones para descansar.

 

Publicado en el diario HOY el 14 de julio de 2021 




El artículo 40

Algunos de los que más énfasis ponen en llamarse a sí mismos constitucionalistas, suelen padecer olvidos selectivos del texto. Les encantan ...