Presencialidad y esencialidad

Cuentan que en Asia, cuando terminan las lluvias torrenciales que han causado estragos, se levantan enseguida sin lamentos y se cargan de optimismo pensando en que la próxima cosecha de arroz será abundante. Un año y medio después de que un virus nos cambiara por completo las partituras en mitad del concierto, no se han concluido los balances y los recuentos de las pérdidas humanas, materiales, económicas, anímicas, psicólogicas, sociales y culturales. Las más importantes han sido las primeras y todas las demás son secundarias, algo que cuesta entender si no se ha vivido en primera persona, porque quien ha visto perder a un ser querido, su empleo o su negocio, sabe bien que el primero es irrecuperable y que de todo lo demás se puede uno sobreponer.

Ahora que se aproximan días de vacaciones quizá sea momento de parar y recontar qué cosas hemos aprendido en este tiempo. La primera de ellas es que siempre hay que estar preparados por si las catástrofes se repiten. En Japón, por ejemplo, saben que maremotos como el de 2011 pueden reproducirse en cualquier momento y tienen establecidos protocolos y sistemas de avisos. De la misma manera, todos los Estados deberían fortalecer un sistema de salud público y universal porque habrá más pandemias, llegarán sin avisar y no podremos tener centros de salud y hospitales sin las dotaciones presupuestarias y profesionales adecuadas.

 

Durante los meses más duros supimos de la existencia de trabajadores esenciales y de otros que no lo eran tanto. Tal vez sea este el momento de valorar en su justa medida a quienes en marzo de 2020 tuvieron que ir a sus puestos de trabajo, aunque no hubiera ni mascarillas para protegerse, porque sus actividades eran imprescindibles para evitar el caos.

 

Como no hay mal que por bien no venga, los confinamientos nos obligaron a manejarnos en ese mundillo de las videoconferencias. Nos ha tenido que dar el empujón una pandemia para empezar a eliminar tantas reuniones presenciales que suponían viajes, alojamientos y huellas de carbono. Y no ha habido que inventar mucho porque ya teníamos los medios, unas herramientas que nos ahorran tiempo, dinero y un daño colateral al planeta. 

 

Caeríamos en el error de dar bandazos y desterrar para siempre el trato humano, la cercanía, aquel mirarse a los ojos directamente y no a través de esos puzzles de ventanitas que son las sesiones de zoom o de meet. En el equilibrio entre la eficiencia telemática y el valor añadido del contacto personal estará el virtuoso término medio de conjugar lo viejo y lo nuevo. En ámbitos como el educativo o el socio-sanitario ese contacto humano es esencial, pero también convendría repensar qué grado de presencialidad es necesaria donde no es absolutamente imprescindible. 

 

Ya se habla de las ventajas del teletrabajo para dar vida a pueblos de regiones despobladas como Extremadura y sería un gran logro que familias de grandes ciudades vengan a dar vida a nuestras aldeas. Pero me pregunto si estamos fomentando esta política internamente y si estamos dando ejemplo y cauces desde lo público ¿Acaso seguimos prefiriendo a los presenciales mucho antes que a los esenciales? No lo sé.


Publicada el diario HOY el wi de Julio de 2021




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