Se acerca el final de un curso escolar con el personal docente manifestándose y enfundándose de nuevo sus camisetas verdes en defensa de una escuela pública y de calidad. No piden nada del otro mundo y solo pretenden que los colegios cuenten con las mejores condiciones para desempeñar una de las tareas más importantes que existen sobre la faz de la tierra. Enseñar al que no sabe, además de ser la primera de las obras de misericordia, es también un deber humano del que nadie debiera estar al margen, como bien sabían quienes nos trasmitieron aquel proverbio africano que decía que para educar a una criatura era necesaria la participación de toda la aldea.
En pocos días cerrarán las aulas, los más pequeños y más jóvenes dejarán sus obligaciones hasta septiembre y los partidarios del “cuñadismo” sin lustre amenizarán las tertulias nocturnas maldiciendo las largas vacaciones que tienen los profesores y lo poco que trabajan. Cuando escucho esto siempre suelo intervenir para animar al listillo de turno a que obtenga el grado universitario requerido, se prepare pedagógicamente y se esfuerce por conseguir ese puesto de trabajo que, desde lejos, parece ser descansado, bien remunerado, con mucho tiempo de ocio y sin tener que hacer nada más al regresar desde las aulas hasta sus hogares.
Este fin de semana han comenzado en Extremadura los procesos selectivos para distintos cuerpos docentes de la región, con temperaturas que alcanzan los cuarenta grados y con la paradoja de que son los centros educativos casi los únicos lugares de trabajo públicos que carecen de la adecuada climatización. Durante esta polémica hubo quien propuso que en la propia Consejería de Educación se apagaran los aires acondicionados en solidaridad con los miles de docentes y alumnos que han estado sudando, literalmente, la gota gorda.
Imagino que pronto se tomarán las medidas necesarias para que las escuelas e institutos tengan las mejores condiciones, se doten de mejores medios técnicos y cuenten con un personal docente - y no docente - a quienes se les valore como realmente se merecen. Si nuestro personal sanitario es crucial para el bienestar físico de la población, los maestros y profesoras son quienes ponen en pie las sociedades en las que vivimos, las que trasmiten los conocimientos y dan las herramientas a niñas y jóvenes para que se conviertan en las dueñas de sus propios destinos.
Cuidar a quienes nos curan y a quienes nos enseñan sí que debería ser una de esas prioridades nacionales de las que tanto se cacarea. Cada vez que se menosprecia de forma generalizada a quienes se dedican a la docencia se hace un flaco favor al futuro. Sus horarios no acaban a medio día y en sus carpetas, físicas o electrónicas, se llevan trabajos que corregir, pruebas que evaluar, excursiones que organizar, reuniones que preparar, claustros a los que asistir y un sinfín de detalles más.
El oficio de enseñar no se va de vacaciones esta semana, ni la jornada laboral de los buenos docentes acaba cuando suena el timbre. Pocas profesiones hay más vocacionales que esta y pocas son tan incomprendidas por quienes ignoran el valor incalculable de sus frutos.
Publicado en el diario HOY el 24 de junio de 2026

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