31 octubre, 2014

¿Podremos?

Nunca en la historia más reciente se habían juntado dos circunstancias como las que estamos viviendo hoy. Ya habíamos pasado por climas de consternación y vergüenza ante casos de corrupción. Los que tengan más de 40 años habrán oído hablar de Filesa, de Roldán, de Naseiro, de Palop y otros nombres que emponzoñaron la vida pública a finales de los ochenta y principios de los 90. Pero entonces faltó un segundo elemento, una sociedad capaz de organizarse y darle la vuelta a aquella situación. Hoy las noticias sobre corrupciones son peores que las de entonces, agravada porque los desmanes de una élite política y económica se descubren como causantes de una crisis que dura ya seis años y que durante todo este tiempo pretendieron culpabilizar a la gente currante.

Ahora sí que hay una sociedad dispuesta a organizarse y dar la vuelta a un sistema que se pudre. Y no se pudre porque haya permitido casos de corrupción, no. Es al contrario, es el sistema el que ha propiciado la misma, con la ayuda de un gen que pulula en el ambiente. 

Por eso es importante saber si podremos llevar a buen término esta singladura, si seremos capaces de aunar a todas las fuerzas necesarias para construir una nueva casa, con nuevos cimientos, nuevas estructuras y nuevas distribuciones. Para ello será necesario que la concreción a todos los niveles cuente con personas capaces de transmitir el mensaje a nivel local y regional, personas intachables en todos los sentidos y con conocimiento de la realidad que se pretende transformar. A día de hoy no sé si podremos, no sé si la gente más válida dará un paso al frente. Me gustaría que así fuera, porque nuestros hijos no nos perdonarán jamás que dejemos pasar este tren de la historia, que quizá no vuelva a parar jamás en la estación de los desheredados.


22 octubre, 2014

Divino tesoro

Hace ya más de cien años que Rubén Darío calificó a la juventud como un divino tesoro. La edad es esa casilla de los formularios que rellenas sin pensar cuando tienes menos de treinta y que te obliga a hacer restas sin papel y lápiz a partir de entonces. Cuando éramos pequeños no pensábamos más que en ir celebrando cumpleaños para vencer las prohibiciones que nos rodeaban por doquier, ya fueran rombos en una esquina del televisor o letreros en el cine que nos indicaban si podíamos entrar acompañados a los catorce o había que esperar cuatro años más. Luego el proceso empieza a invertirse y vas deseando que el tiempo se desacelere. Lees las ofertas de trabajo y la horquilla de la edad amenaza: para menores de 30 años, abstenerse mayores de 35, hasta llegar a una década fatídica en la que los viajes a la oficina del paro solo tienen billete de ida.

Pero no siempre ni en todo lugar la juventud ha sido el más preciado de los tesoros: aunque casi nadie se acuerde ya de expresiones como “gerontocraciadel politburó”, hubo un tiempo en el que pisar un ministerio o una alcaldía con menos de 40 años era poco menos que un sacrilegio. Incluso Felipe González, con 40 años recién cumplidos, tuvo que pintarse unas canas en las patillas en octubre de 1982 para parecer un candidato a gobernante con garantías de seriedad. Fue una época en la que la experiencia era un requisito imprescindible para regir una comunidad y las tablas que uno pudiera tener en la vida era lo que más se valoraba.

Pero todo está cambiando, se va desvelando poco a poco que el sistema se encuentra en avanzado estado de descomposición, y hay toda una élite que observa preocupada el panorama desde unas poltronas que creían perpetuas. Ahora surgen en nuestras pantallas caras nuevas, rostros diferentes, discursos que no habíamos oído y que, aunque tengan todos los pecados de la juventud, acaban por ser más creíbles que cualquier cosa que huela a lo de siempre. Cuando el domingo supe que en algunas primarias de Extremadura habían vencido los candidatos más jóvenes, me pregunté si no sería esto una epidemia colectiva de hacer borrón y cuenta nueva, una especie de huida hacia delante que el tiempo dirá si fue descabellada o no.

La edad, por sí sola, no debiera ser mérito ni demérito. Incluso debería obviarse en cualquier proceso selectivo. Porque en los últimos tiempos he encontrado divinos tesoros en nonagenarios como José Luis Sampedro y piezas rancias como ese chavalito llamado Fran Nicolás, que tenía todos los mimbres para haber devenido en un Roldán, en un Bartolín o en un Forrest Gump a la española. El tesoro de la juventud quizá no lo mida una fecha en la partida de nacimiento, sino el deseo sincero de hacer un mundo mejor y más habitable para la mayoría de los seres humanos.

Publicado en la columna de opinión A ciencia incierta del diario HOY el 22 de octubre de 2014.

08 octubre, 2014

Economía colaborativa


Han dejado de decirnos desde arriba que vivíamos por encima de  nuestras posibilidades: en cuanto se ha descubierto que eran ellos los que tenían tarjetas de crédito opacas ya no tienen tanto descaro como para culparnos de la catástrofe. Aunque hay que reconocer que las desgraciadas consecuencias de esta crisis, provocada por la avaricia de unos cuantos y descargada en las espaldas de los más necesitados, también nos han permitido intentar buscar otras maneras de salir adelante, que a algunos les parecerán una forma de volver a los orígenes de la humanidad.

Hace ya más de veinte años que escuché hablar de la existencia de un cierto regreso al trueque en algunos países. Fue en una clase de idiomas, en las que cada alumno tenía que prepararse una disertación, y un amigo nos habló de los banco de horas, en los que te arreglan un grifo a cambio de un corte de pelo o de sacar a pasear los perros, sin dinero de por medio. Lo que empezó hace unas décadas como una experiencia curiosa va extendiéndose muy lentamente y va tomando otras formas. La necesidad y cierta conciencia ecológica nos va empujando a hacer un uso más eficaz de todos los recursos. Así, cada vez es más habitual compartir el coche o intercambiar casas cada vez que se necesita hacer un trayecto o viajar a otra ciudad. La gente se está organizando de mil maneras para sacar adelante una incipiente economía colaborativa que debería recibir un aplauso generalizado, en un momento en el que los recursos del planeta no son inagotables y en el que habría que empezar a plantearnos cómo decrecer sin empobrecernos.

Pero esta economía colaborativa tiene sus detractores. A primeros de septiembre supimos que un centro concertado cacereño llamaba a la policía alertando de unas madres que intercambiaban en la calle sus caros uniformes. En algún que otro centro, de esos que también venden los libros de texto, se atacaba la línea de flotación de las madres que habían creado un sistema no lucrativo de reutilización de materiales: bastó con indicar a los profesores que obligaran a los niños a traer durante un par de meses el libro del año anterior y examinarse sobre su contenido.

Ahora también se quiere regular el llamado crowdfunding, que no es otra cosa que valerse de la facilidad de encontrar a mil amigos que te dejen 10 euros antes de que un banco que te preste diez mil. No cabe duda de que es necesario que todas estas formas de cooperación encuentren un acomodo legal, pero frenar la capacidad de los individuos de organizarse para capear el temporal es moralmente reprobable y económicamente insostenible para el conjunto de la sociedad. Cuando supe que quienes tienen paneles solares en casa para autoabastecerse han de pagar a las eléctricas, me di cuenta de que la economía colaborativa tiene que luchar todavía contra demasiados poderosos, de esos que guardan una tarjeta opaca en sus carteras.

Publicado en HOY el 8 de octubre de 2014

El artículo 40

Algunos de los que más énfasis ponen en llamarse a sí mismos constitucionalistas, suelen padecer olvidos selectivos del texto. Les encantan ...