28 enero, 2015

Lecciones de Grecia

Lejos quedan aquellos cien días de gracia que se le daban a todos los gobernantes. No han pasado ni siquiera setenta y dos horas desde la victoria de Tsipras y ya son innumerables los ataques y amenazas que se ciernen sobre un gobierno que apenas ha tenido tiempo de abrir sus carteras. Durante la última semana de campaña, al contrario de lo que ocurrió en 2012, disminuyeron las llamadas al pánico para evitar que se votara a una fuerza tan netamente de izquierdas como Syriza, en lo que puede ser una estrategia de la troika pensando en un panorama europeo a medio plazo. Da la sensación de que han preferido dejar que gane Tsipras para hacerle fracasar en su mandato mediante trabas y obstáculos, para que ese fiasco sirva de ejemplo y vacuna a otros lugares del sur de Europa.

Estaba seguro de la victoria de Syriza desde que vi ese vídeo que ha dado tantas vueltas por internet, en el que una viuda muy cristiana y conservadora apellidada Katsulis arremetía contra Nueva Democracia y anunciaba su voto a Tsipras, porque con un hijo estudiante y una pensión de 300 euros ya no tenía miedo a nada. Y eso es lo que les ha pasado a más de dos millones de griegos, que no temen ninguna revolución puesto que no creen que nada pueda ser peor que lo vivido en los últimos siete años. Ahora Tsipras tiene por delante la difícil tarea de no defraudar a la ciudadanía que le ha votado, a una gente que es la menos culpable de la deuda griega y quien más sufre las consecuencias de la intervención de la troika. Porque no nos engañemos: los Simitis, Papandreou y Karamanlis, los clanes familiares que gobernaron este hermoso país desde hace 30 años, no han modificado ni una sola de sus costumbres ni se han privado de nada en estos últimos y trágicos siete años.

De lo ocurrido en la cuna de la democracia hace tres días podríamos sacar muchas enseñanzas. La primera de ellas es ver la alegría de media docena de fuerzas políticas españolas, que aquí competirán en los próximos comicios, felicitándose y creyéndose todas las auténticas y únicas homólogas de una coalición de diez formaciones como es  Syriza. No busquen más explicación para esta paradoja que ese fragmento de “La vida de Brian” en la que quienes luchan contra el imperialismo romano se tiran piedras entre sí defendiendo la absurda pureza de cada grupúsculo. 

Pero la más temible lección de Grecia, lo que debería preocuparnos más que el ya previsto hundimiento de la socialdemocracia o el triunfo de una coalición de izquierdas, es la existencia de un nuevo nazismo que crece sin parar también en Francia, Reino Unido, Alemania o Hungría. Ese es el mayor peligro por el que pasa ahora mismo Europa y no la lógica rebeldía de un pueblo como el griego que ha salvado su más preciado invento, la democracia, frente a algunos comportamientos mafiosos de los mercados.

Publicado en el diario HOY el 28 de enero de 2015

14 enero, 2015

Un mundo difícil

Nos falta perspectiva histórica y siempre tendemos a creer que estamos al borde del momento más crítico para el planeta. Además, muchas veces nos falla también la geografía y consideramos que solo importa lo que pasa cerca o lo que le ocurre a gente como nosotros. Las alarmas del mundo se encienden cuando a las capitales de Occidente llegan muestras de una barbarie que se repite día a día en otros lugares del mundo. Si un periodista blanco es degollado a siete mil kilómetros nos impacta porque quizá su viuda y sus hijos viven en un bloque de pisos como el nuestro. En cambio, si son 200 niñas las que han sido secuestradas en Nigeria, entonces nos estremecemos un poquito para exclamar cómo está el mundo por esos países.

La libertad de expresión jamás debiera tener límites y hacer uso de ella no debiera poner en peligro la vida de nadie. Ni tampoco debería nadie acabar en una celda, sancionado con una multa o despedido de su trabajo por decir o escribir aquello que es su opinión. Una vez aclarado esto, convendría reflexionar sobre qué ha pasado en el mundo durante esta última semana que no llevara ocurriendo hace cinco meses o quince años. Lo único que ha cambiado es el lugar y la naturaleza de las víctimas, porque todo lo demás ya lo sabíamos los que cada semana echamos un vistazo a la situación de los derechos humanos en el mundo.

Cuando oí por primera vez hablar del Estado Islámico me eché las manos a la cabeza, pero no solo por la crueldad de sus acciones sino porque se repetían errores históricos de torpeza incalculable, esa tan utilizada por la inteligencia norteamericana de ir armando a cualquier descerebrado contra un enemigo común, y que inició Reagan en los años 80 bendiciendo a los talibanes frente a las tropas soviéticas.

Todo está muy complicado y no lo va a curar la sobredosis de hipocresía que hemos podido ver en las calles de París. Y no me refiero a los millones de personas que clamaban contra de los asesinatos cometidos en la capital francesa, sino por esa especie de selfie de gobernantes, bien apartados del pueblo en una mini manifestación para élites, y en cuya primera fila se podía ver a mandatarios que encarcelan a periodistas y a embajadores de países que dan latigazos a quien se atreve a disentir. Un joven estudiante llamado Daniel Wickham desmontaba en la tarde del domingo el cinismo de la fotografía, desgranando en una veintena de tuits las fechorías contra la libertad de expresión que llevan a cabo, diariamente, los tipos de una primera fila bastante miserable.

Vivimos en un mundo difícil, pero acabar con la barbarie ha de hacerse globalmente, para que también se pueda vivir en Gaza o en Damasco. Y estamos muy lejos de lograrlo si no aprendemos de los errores del pasado y matamos nuestras libertades a cambio de más seguridad. Si así lo hacemos, nos habrán vencido.


Publicado en las páginas de opinión del diario HOY el 14 de enero de 2015


Exilio entre comillas

Un sábado por la tarde de hace muchos años, justo después de los dibujos animados japoneses, emitieron una película basa...