22 abril, 2015

Los nadie de Eduardo Galeano

Hace unos días leí en este mismo espacio la columna de mi vecino de los martes, en la que se refería a un extremeño como el primer hombre que avistó el Pacífico. La frase me hizo recordar a mi admirado Eduardo Galeano, que en uno de sus libros describía el momento en el que el profesor explicaba dicho episodio en la clase de Historia, y donde un chico preguntaba si los habitantes de lo que hoy es Panamá eran todos ciegos en aquella época. Tras la muerte de Galeano se han ido difundido por las redes sociales frases y fragmentos de su obra, especialmente uno en el que habla de “los nadie”, de aquellos que balen menos que la bala que los mata y que en las últimas horas nos han inundado las pantallas y los periódicos.

No habían pasado ni diez horas desde que el avión de Germanwings se estrellara en los Alpes y ya había un equipo de psicólogos de varios países preparados para auxiliar a los familiares de los accidentados. Ante las desgracias somos capaces de analizar las causas, modificar las normas para intentar que no vuelvan a ocurrir y dar el necesario apoyo a las víctimas que sobreviven. Ahora me pregunto si los psicólogos que reconfortaron a los allegados de ese accidente de avión o los que atendieron a tanta gente tras los atentados del 11M en Madrid estarán ya de camino hacia un puerto italiano. Me temo que no. Y que tampoco irá nadie por diversos países de África recogiendo muestras de ADN para identificar los cadáveres que salgan a flote en el Mediterráneo. Setecientos “nadies” que se sumarán a la lista interminable de un holocausto consentido que Occidente no sabe atajar, porque ha equivocado desde hace décadas las causas del problema y solo piensa en maquillar los síntomas más visibles.

Las primeras reacciones de Merkel al conocer la catástrofe hablaban de luchar contra las mafias y de reforzar las fronteras exteriores de la Unión Europea. Por un momento pensé que volvería escuchar a Mayor Oreja contando aquello del efecto llamada. Todos sabemos que esas mafias no existirían si no hubiera gente tan desesperada como para hacinarse en cualquier cascarón de nuez y emprender una huida desde la muerte hacia cualquier otro lugar (que casi siempre, desgraciadamente, es también la muerte).

Hace veintiún años las calles de las ciudades estaban llenas de tiendas de campaña que reclamaban un compromiso tan simple como solventar el hambre del mundo con cargo al 0,7% del PIB de los países más desarrollados. El compromiso databa de principios de los años 70 y no lo han cumplido más que media docena de países nórdicos. Las vallas y la lucha contra las mafias son tan inútiles como una cortina de papel para protegerse de un tsunami: o afrontamos la manera de construir un planeta en el que todos podamos sobrevivir o no habrá fortaleza europea en la que agazaparnos. No lo dejen para más adelante. 

Publicado en el diario HOY el 22 de abril de 2015.

08 abril, 2015

En tierra extraña



Hace unos días he tenido la oportunidad de ver dos películas en las que el tema era el mismo pero el abordaje bien diferente. Había oído hablar de una de ellas,  titulada Perdiendo el norte, y de la que sabía dos cosas con antelación: que contaba una historia de jóvenes españoles sobradamente preparados en Berlín, y que se había convertido en la cinta española más taquillera del año. A pesar del éxito de público el largometraje me decepcionó, porque la interpretación era pésima (con alguna excepción) y porque pretendía ser una comedia que a mí no me hacía ninguna gracia. La segunda obra era un documental de Icíar Bollaín rodado en Edimburgo y titulado En tierra extraña, con las historias reales de personas jóvenes, con carreras y posgrados, pero que se sentían incluso afortunadas por trabajar de pinche de cocina o de camarera de pisos en un hotel de esta bella ciudad escocesa. A alguna se le saltaban las lágrimas, otras habían perdido la esperanza y en muchas miradas se leía una cierta impotencia por cambiar algo de su destino.

Ha sido esta película-documental de Bollaín la que me ha hecho reflexionar durante varios días, porque en aquellas caras uno no puede dejar de imaginar el futuro de sus propios hijos, que quizá estén condenados a emigrar o a tener que alegrarse cada vez que obtengan un contrato corto y mal pagado que los telediarios publicitarán como un éxito de la política económica. Y es entonces cuando uno se plantea si merece la pena permanecer al margen de todo, en esa asepsia falsa que llaman neutralidad política, esperando a que amaine un temporal que parece eterno, o bien arremangarse y empezar a buscar una salida para quienes no tienen ni barco ni salvavidas en medio de esta tormenta.

Existe todavía demasiado respeto a la significación política, especialmente en Extremadura, donde nos conocemos casi todos. En cambio, no conozco a ningún ser humano que sea apolítico: en cuanto se tiene una edad  y una capacidad mental para distinguir lo justo de lo injusto, todos pasamos a ser elementos que colaboran y cooperan para que las cosas vayan por un lado o por otro. Me estremece el grito fanfarrón de tasca que afirma no ser ni de unos ni de otros, que es como ver un bosque ardiendo y decir que no te decantas ni por los árboles ni por el fuego.  Otra cosa bien distinta es que no te gusten las opciones organizadas ya existentes, pero eso no convierte a nadie en apolíticos: como mucho en apartidista y no siempre.

Ahora vienen tiempos en los que nos quedan pocas opciones: permanecer expectantes mientras buscamos una tierra extraña para las generaciones más preparadas, o bien tratar de darle la vuelta a esta manera de entender el mundo que nos han vendido como la única posible. Pero que a nadie le quepa duda de que ambas son política, una la que te hacen, otra la que intentas hacer.


Publicado en el diario HOY el 8 de abril de 2015


El artículo 40

Algunos de los que más énfasis ponen en llamarse a sí mismos constitucionalistas, suelen padecer olvidos selectivos del texto. Les encantan ...