26 agosto, 2015

Entradas protocolarias

Tengo amigos que se empeñan en enviarme los libros que escriben y suelo contestarles, dándoles las gracias, que lo mejor que puede hacer alguien por una amistad que se dedica a la literatura es comprarles un ejemplar. Algunos quieren imponer su generosidad a mi protocolo sobre este asunto, así que a veces acabo aceptando que me lo hagan llegar al buzón.

Es imprescindible saber valorar que las cosas tienen su precio, que no hay casi nada gratis, y que cuando alguien no apoquina lo que le corresponde es porque se está cargando en la cuenta del resto. Recuerdo una época, hace ya varias décadas, en las que me molestaba sobremanera que una buena parte de los que se sentaban a mi lado en el teatro no hubieran pasado por taquilla y se valieran de los típicos enchufes: algunos no tenían rubor en confesar que se las conseguía un primo concejal o una amiga que trabajaba no sé dónde.

Yo pensé que este tipo de cosas ya habían pasado a mejor vida, pero el pasado fin de semana escuché a la alcaldesa de Madrid una anécdota de su primera semana de mandato, cuando los funcionarios le preguntaron qué hacían con las entradas del palco del Teatro Real. Carmena, que parece que tiene la rara costumbre de pagar lo que consume, respondió que se las devolvieran al teatro y que si ella u otra autoridad querían ver alguna obra la conseguirían como el resto de los mortales.  No es de extrañar que los responsables del Real le agradecieran días después a Manuela un gesto que iba a devolver a las arcas de la institución la considerable cifra de 100.000 euros.


Pero no se crean que esto es cosa de la capital porque se estila por doquier. Ahora que tengo varios amigos concejales me cuentan que tal condición les permitiría asistir a conciertos, festivales taurinos o incluso a la piscina sin tener que rascarse el bolsillo, pero que han rechazado todas esas prebendas.  Y es que este tipo de privilegios de poca monta, que quizá no trastoquen los presupuestos, sí tienen un alto valor de ejemplaridad. Se supone que las autoridades son las que deben servir de modelo y no aprovecharse para mirar por encima del hombro a los ciudadanos. Y, hablando de “Ciudadanos”, sintomático es lo ocurrido en Mérida con el cónyuge de una concejal de dicha formación, que esperaba que las traseras del teatro romano contaran con 25 plazas de aparcamiento reservadas para cada uno de los ediles. Antes de que la palabra casta se pusiera (demasiado) de moda, un periodista llamado Daniel Montero ya había contado en un libro cómo funcionaba todo ese tinglado. El prestigio de la política crecerá cuando todos se paguen sus entradas, no admitan regalos envenenados y compren los libros de sus amigos sin esperar a que se los regalen. La más protocolaria de las entradas es la que se paga cada uno, no lo olviden.  

Publicado en el diario HOY el 26 de agosto de 2015.


12 agosto, 2015

Los incendios se apagan en invierno


Hace diez años pude colaborar en la organización de un encuentro sobre los incendios forestales en la península ibérica: el año 2003 habíamos visto como salía ardiendo toda la Raya cercana a Valencia de Alcántara y Portugal abría los telediarios de medio mundo con ciudades y aldeas rodeadas de llamas; al año siguiente continuaron las catástrofes en el país vecino y en julio de 2005 morían once bomberos en Guadalajara en un incendio que asoló más de 10.000 hectáreas. La frase del curso que más me llamó la atención, quizá porque era y soy un ignorante en la materia, fue la afirmación de que “los incendios forestales se apagan en invierno”.

En los últimos días habrán podido leer la opinión de expertos que, de una manera u otra, nos demuestran que la prevención es siempre mejor que cualquier cura. Ahora, a toro pasado, es fácil dictaminar que hubiera sido preferible llevar a cabo con anterioridad todas las tareas imprescindibles, especialmente en una tierra en la que los veranos son casi siempre muy calurosos, que apagar un incendio de dimensiones descomunales. Cuando dentro de un par de años se haya olvidado lo que ha ocurrido estos días en la Sierra de Gata y alguien pretenda recortar gastos en personal o en medios para hacer cortafuegos o limpiar el monte, tendremos que recordarle que mucho más caro es reconstruir una comarca entera. Es cierto que permitir recalificar terrenos quemados no va a ser una ayuda para evitar los incendios sino todo lo contrario, pero consolémonos con que nadie haya propuesto aquella solución de George W. Bush en 2002, cuando tuvo la ocurrencia de sugerir la tala de bosques para evitar los incendios.


Desde hace más de una década es casi unánime la necesidad de volver a cuidar nuestros espacios rurales como hacían nuestros antepasados. Recuerdo también la intervención en aquel curso de Aurelio García Bermúdez, que fue alcalde de Hoyos y hoy preside la Red Española de Desarrollo Rural, con otra de esas aseveraciones para reflexionar durante un buen rato: “son más útiles para prevenir los incendios 20 pastores con 20 cabras que cualquier otra medida que podamos imaginar”.  Y es que, además del desalmado o del infortunio que prende fuego al monte, el problema que vemos cada verano también radica en el abandono de los pueblos y aldeas de gran parte de la península ibérica, un mal que se repite en otros lugares de Europa y que no se logra atajar.  Si la población rural es cada vez más escasa y está más envejecida, acabaremos teniendo amplias zonas de nuestro territorio desamparadas y sin posibilidad de cuidarlas ni sacarles provecho. La solución no es fácil, el éxodo hacia las ciudades parece que no tiene fin, y los llamados neorrurales no son más que una anécdota sin relevancia alguna desde el punto de vista demográfico. Por cierto, ¿cuándo llegarán estos problemas demográficos a la primera línea del debate político?

Publicado en el diario HOY el 12 de agosto de 2015.

*fotografia: web del MAGRAMA




El artículo 40

Algunos de los que más énfasis ponen en llamarse a sí mismos constitucionalistas, suelen padecer olvidos selectivos del texto. Les encantan ...