27 julio, 2016

Lógica de pactos


Hay enfermedades que se transmiten por contacto físico y en política hay contactos que contaminan, pero a unos más que a otros. Vivimos el primer semestre del año escuchando que con los partidos independentistas no se podía ni hablar, como si fueran apestados. Y hubo quien, temeroso del chaparrón que le podía caer si osaba dar la mano a uno de esos partidos, no se atrevió ni a explorar una forma distinta de gobernar el país. Pero llegó el verano y los mismos que amenazaban a los demás con el infierno absoluto si colaboraban con aquellos herejes y enemigos de la unidad de la patria, van y se marcan una jugada de esas que dejan a los demás con la boca abierta durante más de diez segundos, tiempo suficiente para que a uno se le quede cara de tonto.

Pues sí. La Convergència que antes estuvo con Unió y que ahora no sabemos cómo se llama, la que fundara Jordi Pujol, la que parece ser que amasó cantidades que salían de un 3% de cada obra pública y que acabaron en Andorra y paraísos más cálidos, la que gobierna en Cataluña con el apoyo de los perroflautas más rojos y más separatistas del mundo, ha acabado permitiendo que Ana Pastor presida el Congreso. Mientras algunos se rasgan las vestiduras por lo sucedido, a mí me parece de lo más normal y creo que todo es muy coherente, porque en la Carrera de San Jerónimo nada hay más parecido a la bancada del Partido Popular que los siete diputados que acompañan a Francesc Homs: tienen una visión parecida de la economía, (presuntos) métodos similares de financiación partidaria, un pasado histórico de apoyos mutuos en diferentes gobiernos y quizá la única diferencia radique en el número de franjas de la bandera que defienden con ahínco, porque hasta los colores (y el origen) son los mismos.


Quienes intentan ocupar el centro del espacio político suelen erigirse en jueces para dictaminar quién puede pactar con quién y qué pactos son contra natura. Y quizá deberíamos ponernos de acuerdo en que una cosa es que se junten para gobernar formaciones con programas antagónicos y otra cosa es que el sentido del voto en cuestiones puntuales pueda ser el mismo de una punta a otra del hemiciclo. De lo ocurrido la semana pasada hemos aprendido un par de cosas. La primera es que España no se partía en mil pedazos por votar junto a quienes quieren independizarse, un hecho que habrá que recordar cuando sean otros los que repitan la jugada en un futuro. La segunda es que la derecha conservadora tiene menos miedos y menos complejos que la izquierda a la hora llevar el ascua a su sardina. Sánchez reiteraba la pasada primavera que los números no daban porque no quería ni sentarse a hablar con nacionalistas sobre una posible abstención a un gobierno de izquierdas. La derecha parece que no se anda con tantos remilgos, aunque en este culebrón cada episodio parece más imprevisible.

Publicado en el diario HOY el 27 de julio de 2016.

13 julio, 2016

Entre Dinamarca y Portugal

A finales de junio de 1992 puede ver la final de la Eurocopa en un restaurante de la localidad portuguesa de Nazaré que regentaba un alemán. Entre los asistentes asiduos al restaurante se encontraba una familia de daneses, que disfrutaron de aquella victoria frente a unos alemanes muy crecidos tras su reciente mundial de 1990. Pero desde entonces el palmarés del torneo fue girando poco a poco del norte hacia el sur: en 2004 ganó Grecia, las dos veces siguientes España y el pasado domingo Portugal

El destino ha querido que 24 años más tarde me encontrara precisamente en Dinamarca cuando supe que nuestros vecinos habían derrotado a los franceses. En Portugal llevan dos días sin parar de celebrarlo, como ya ocurriera en España o en Grecia, en uno de esos triunfos colectivos que nos impulsan a los del sur a salir a la calle por cosas poco importantes o absolutamente prescindibles. El domingo los franceses apenas perdieron nada en el estadio, un simple trofeo y poco más, porque donde están perdiendo muchísimo es por una reforma laboral, bastante más suave que las que nos han obligado a hacer en el sur de Europa,  pero que han propiciado semanas de huelgas y protestas en las calles. 

Al tiempo que Hollande implanta una reforma propia de Marine Le Pen, las diferencias entre el norte y el sur de Europa se agrandan: mientras unos países mantienen unos sistemas de protección envidiable, en el sur se retroceden décadas sin que la gente sienta la necesidad de salir a gritarlo como cuando gana su selección. Imagino que los antropólogos o las sociólogas nos explicarán un día ciertos comportamientos humanos que uno no acaba de entender. Recuerdo a un periodista, de los que consideraba necesarias las reformas laborales de 2010 y 2012, que poco después se vio afectado por la misma norma que había alabado. Todavía me emocionaría leer de nuevo sus palabras de aquellos días, las de un desempleado de más de cincuenta años y con pocas esperanzas, si no fuera porque su miedo escénico a parecer un partidario de la lucha de clases, que es en el fondo de lo que se trata el asunto, le devolvió a la senda de lo políticamente correcto en cuanto le clareó el panorama. A veces, desgraciadamente, la conciencia social dura solo el instante en que nos vemos desfavorecidos (y no siempre).

El multimillonario Warren Buffet fue preguntado sobre la existencia de esa lucha de clases en los años más duros de esta crisis económica. Su respuesta, quizá con otras palabras textuales, fue que por supuesto que existía y que los suyos, los ricos, estaban ganado por goleada. Sí, me temo que ese partido tardaremos mucho en ganarlo desde este sur que se ha convertido en pasivo para muchas cosas. Nos hace falta que el espíritu de salir a bañarse en las fuentes enarbolando banderas lo tengamos para defender nuestros derechos, nuestras libertades, nuestro futuro y el bienestar de nuestros hijos y de nuestros mayores. Eso sí sería un triunfo.

Publicado en el diario HOY el 13 de julio de 2016.


Exilio entre comillas

Un sábado por la tarde de hace muchos años, justo después de los dibujos animados japoneses, emitieron una película basa...