Imagino que en la prehistoria los seres humanos se entretenían cada noche viendo en el cielo un círculo de luz que iba menguando o creciendo cada vez que el sol se escondía. Pasaban veintiocho días, el ciclo volvía a comenzar y aquella extraña bola influía en las vidas de nuestros antepasados tanto como hoy esas pantallas que llevamos en nuestros bolsillos y que creemos que nos traen a la palma de nuestras manos todas las verdades que en el universo existen.
Las nuevas imágenes de la luna nos han permitido ver mejor que nunca los detalles de la cara oculta más mencionada en la historia. Una cara oculta que luego hemos utilizado en símiles, metáforas y comparaciones para describir a quienes muestran una apariencia y esconden una naturaleza y características totalmente diferentes a las que aparentan.
Hace ya tiempo que nos convencimos de la inexistencia de selenitas: el paseíto de Armstrong y Aldrin en 1969 no les permitió encontrar evidencia alguna de ellos y el pobre de Collins, que quizá fue el primer viajero defraudado con su agencia de viajes, se pasó media vida contando que estuvo allí y poco más, como quien cuenta que ha estado en Frankfurt porque su avión hizo escala en su ruta hacia Japón.
Selenitas parece que no hay, pero nos sobran lunáticos. Los académicos de la lengua definen a estos últimos como a esos seres que padecen locura pero no de manera continuada sino por intervalos. Antes de que las reformas laborales se inventaran a los trabajadores fijos discontinuos, ya habían afinado bien los lexicógrafos endilgando la raíz de nuestro único satélite a todos estos que no pueden ser diagnosticados de ninguna dolencia mental por falta de constancia, pero que de vez en cuando se suben por las paredes.
Las decisiones descabelladas no son producto de la postmodernidad ni de los tiempos contemporáneos, porque ya tuvimos a uno que nombró senador a su caballo y más recientemente a senadores que votaban con los pies por el compañero ausente. De nuestros monarcas pasados tenemos diversos ejemplos con escasas luces y otros a los que alguna luz les encaminó a tierras lejanas con las sacas bien repletas, ya fuera de joyas en el XIX o de divisas en el XXI.
Si repasamos los últimos cien años recordaremos que el mundo jamás se libró de tener lunáticos al frente de gobiernos y naciones: Hitler, Mussolini o Stalin son de los que ya nos aparecían en los libros de texto, pero hubo un Bokassa en el centro de África que se construyó un trono de oro, Idi Amin en Uganda con costumbres caníbales, otro en Camboya que se cargaba a los de gafas por tener un aire intelectual y un paraguayo con apellido sospechosamente alemán que protegía a nazis y masacraba a mansalva.
¿Tenemos hoy lunáticos como los mencionados al mando de países, ejércitos, bancos, multinacionales, instituciones y hasta medios de comunicación? ¿Los tenemos solo en lejanos países o están ya más cerca de lo que creemos? En un mundo en el que para entrar a trabajar te piden una analítica, quizá no sería mala idea que, además de votos, quien nos vaya a regir esté en sus cabales.
Publicado en el diario HOY el 15 de abril de 2026
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