Hace unos días se hizo viral la imagen de unos cuantos europarlamentarios en Estrasburgo coreando con gritos y palmas las tres palabras inglesas que he usado para titular este texto. No sé si traducirlas al pie de la letra, con un literal “enviadlos de vuelta” o intentar sumar a las palabras todos esos gestos y matices de quienes, en el fondo, estaban gritando tirarlos al mar o expresiones malsonantes que no conviene repetir.
Coincide este episodio de racismo y xenofobia institucionalizada con la celebración en Norteamérica de un mundial de fútbol en el que casi todas las selecciones europeas difieren bastante de las que pudimos ver hace 50 años. Del mundial de 1974 recuerdo la goleada por nueve a cero de Yugoslavia a Zaire, y también un 7-1 de Italia al combinado de Haití. Entonces no había mestizaje alguno salvo en Brasil, en las selecciones europeas todos eran blancos y en las de Zaire y Haití todos tenían la piel bien oscura.
Hace poco escuché a una antropóloga una afirmación que debería hacernos reflexionar: todos nuestros antepasados fueron negros y africanos: por mucho cabello rubio que luzcas y ojos azules que te sirvan para ver, tus raíces están en África. También las de los jóvenes haitianos, que habían sido llevados a una isla llamada La Española y no por voluntad propia, sino por la de traficantes de esclavos que trataron como mulos a otros seres humanos, que acabaron amasando fortunas incalculables, construyendo palacetes y siendo reconocidos como personajes ilustres en sus localidades natales.
El lunes nos informaba este periódico del desalojo policial a un joven que dormía en las escalinatas de la catedral de Badajoz. Descalzo y con el rostro apoyado sobre el suelo, no sabemos todavía si al final pudo tener cobijo en alguna institución o darse una ducha reparadora, como las que pudieron darse en los Salesianos otro grupo de personas procedentes de Mali
En 1998 la selección francesa fue campeona del mundo con un combinado en el que brillaba un Zidane bereber, Thierry Henry con orígenes antillanos, Djorkaeff de raíces armenias, Vieira de Senegal o Karembeu de Nueva Caledonia. Sí, también le rechinaba ese combinado multicolor a Jean-Marie Le Pen, y también se leen comentarios desagradables para los jóvenes extremos de la selección española, que no pueden disimular sus orígenes africanos y que son el ejemplo de una Europa que solo sobrevivirá aprendiendo a conjugar todos los tiempos y modos del verbo acoger.
Por nuestras calles pasean jóvenes que ya nacieron aquí y cuyas raíces, más o menos profundas, son las mismas que las del resto de la humanidad. También encontramos otras personas que acaban de llegar y que buscan un lugar en el mundo en el que sobrevivir. Ponerse a corear la devolución de personas a sus países de orígenes, como si fueran cajas de cartón compradas de forma impulsiva y a golpe de click, no deja en buen lugar a ese coro de eurodiputados, a los que se les supone un conocimiento avanzado en Derechos Humanos y una visión del mundo mucho más abierta que las alineaciones del mundial de Alemania de 1974.
Publicado en HOY el 8 de julio de 2026
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