Un 14 de octubre de hace sesenta y dos años fue noticia, como siempre en estas fechas, el nombre de la persona galardonada con el Premio Nobel de la Paz. En aquella ocasión el premiado se llamada Martin Luther King y, al igual que le ocurrió a Nelson Mandela años más tarde, también conoció la vida entre rejas en un mundo en el que todavía existían países donde el color de la piel era criterio para tener derechos civiles o no tener ninguno. La gran marcha pacífica de aquel 28 de agosto de 1963 frente al Capitolio, con aquel discurso que comenzaba contando su sueño, se lo puso fácil a los académicos escandinavos para otorgar la distinción de 1964.
Navanethem Pillay es el nombre de la persona que recibirá ese Nobel este año. El tono de su piel es parecido al de Martin Luther King y, además, es mujer. Un par de detalles que otorgan muchos puntos para ser objetivo de discriminaciones, odios y desprecios por las clases dominantes de este planeta, esas que siguen siendo demasiado arias, occidentales, masculinas, homófobas, opulentas, poderosas, racistas, xenófobas, clasistas y aporófobas.
Podría haber continuado con otra decena de adjetivos, pero es momento de abordar lo sustantivo. Nanethem Pillay es una jurista de prestigio que comparte nacionalidad con Nelson Mandela, es de origen Tamil, fue la primera mujer que llegó a Tribunal Superior de Justicia de Sudáfrica, presidió el Tribunal Internacional que juzgó las matanzas de Ruanda de 1994, fue jueza de la Corte Penal Internacional, Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos y presidenta de la Comisión Internacional Independiente sobre el Territorio Palestino Ocupado. A ella se le debe la confirmación fehaciente de lo ya habíamos intuido casi todo el mundo: que lo que se está haciendo en Gaza desde hace tres años tiene un nombre y es genocidio.
No ha gustado nada el galardón a quienes todo lo solucionarían a base de fuerza bruta y sin ninguna ley o valor moral que lo sustente. Son esos que se pondrían en pie de guerra para hacerse con el poder de todos los territorios interesantes, como ya hicieran Atila, Napoleón o Hitler. Son los mismos que no pueden llegar a comprender que haya gente en las calles (más de la que se imaginaban) e incluso personalidades e instituciones dispuestas a defender a las personas y a los pueblos más desvalidos y abandonados.
Hay demasiada gente en pie de guerra, demasiados poderes fácticos dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de que no pierdan ni un miligramo de poder todas esas élites privilegiadas que sí pueden sacarle todo a quien no tiene ni donde caerse muerto. Necesitamos menos agentes del ICE con el gatillo fácil y más personas como Navanethem Pillay, que impartan y repartan justicia en pie de paz. Para ello es urgente que todos los estamentos políticos, judiciales y policiales dejen de estar regidos por una élite sesgada dispuesta a criminalizar cualquier levantamiento de los más desfavorecidos y animada a seguir protegiendo un sistema en el que no tener nada es sinónimo de no ser nada.
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