28 octubre, 2026

Humanidad

Hay palabras que modifican su significado cuando las escribimos en plural. Quienes estudiamos humanidades tuvimos que pasar mucho tiempo explicando por qué motivo nos había dado por aprender asignaturas (¡o incluso carreras!) que no eran la mejor de las vías directas para convertirse en multimillonarios. Hoy muchos de los problemas del mundo que habitamos nacen de ese desprecio a las humanidades que nos invadió a finales del siglo XX, donde el utilitarismo instantáneo sustituyó a la reflexión pausada, donde lo industrial casi acaba por merendarse a todas las artes sanas, tanto las que se escriben separadas o en una sola palabra. 

 

También se empezó a menospreciar el amor a la sabiduría: citar a un pensador griego, a un alemán del XIX o atreverse a mencionar a Simone de Beauvoir o Hannah Arendt te convertía en peligrosa seguidora de diferentes “-ismos” que iban poco menos que a acabar con el orden establecido. No sé si en 20 años habrá en nuestros centros educativos docentes de griego, latín, historia o filosofía. Quizá los hayan cambiado por expertos en inteligencias poco naturales y la habilidad humana de pensar se haya subcontratado a dos o tres monopolios tecnológicos, esos que habían empezado pensando por nosotros y que podrían acabar imponiéndonos sus pensamientos precocinados.

 

Tampoco sé si salvaremos a las humanidades en plural. Ahora me preocupa más la humanidad en singular, ese concepto para el que los reales académicos de la lengua (casi todos varones) encontraron algunos significados más allá del género humano o del conjunto de personas, y a los que añadieron esa que definición me gusta tanto: la “sensibilidad y compasión de las desgracias de otras personas”.

 

Estos días algunas ciudades han visto en las calles concentraciones de gente preocupada por esa falta de sensibilidad y compasión por las desgracias ajenas. Más de 380 organizaciones han apostado por situar a la humanidad, sin gentilicios ni tonalidades de piel, como lo más importante. Para ello será necesario construir sociedades donde todas las vidas importen, donde no se criminalice al migrante por el mero hecho de serlo, donde se garanticen los derechos y especialmente los de quienes son más vulnerables.

 

Hace unas semanas hubo quien apedreó el vehículo de una oenegé humanitaria que repartía agua y bocadillos a quienes trataban de sobrevivir. Y todo ocurre mientras nos amenaza el regreso a un pasado, menos lejano del que pensamos, en el que una raza llamada aria se creía con derecho a exterminar a quien no lo fuera, en que las prioridades empiezan siendo nacionales y pueden acabar siendo nazis, como si se tratara de un gracioso hipocorístico. Si la sociedad civil no es capaz situar la dignidad humana y la solidaridad por encima de los discursos que propagan odio y justifican la discriminación, estaremos dibujando un futuro estremecedor. Si no paramos el odio y el racismo, si no los sustituimos por humanidad, derechos y dignidad, estaremos echando por la borda todo lo aprendido en aquellas aulas en las que nos hablaron de Sócrates, tradujimos a Séneca o diferenciamos a racionalistas de empiristas. No olvidemos tampoco a las humanidades: sin ellas tampoco entenderíamos la banalidad del mal de Arendt, ni la aporofobia que nos explicó Adela Cortina.

 

Publicado en el diario HOY el 28 de octubre de 2026

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