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Mostrando entradas de septiembre, 2011

Los asesinos de Troy

No pudo ser.  Troy Davis   estaba vivo el pasado miércoles y dejó de estarlo en la madrugada del jueves. Ni estaba enfermo, ni pretendía suicidarse. Quería seguir vivo y se topó con las leyes de la primera democracia del planeta, que se apresuraron a introducir en sus venas sustancias letales. Fue ejecutado sin que nadie pudiera impedirlo, y de poco han servido las innumerables dudas sobre la autoría del crimen por el que estaba acusado. Ni siquiera las peticiones de clemencia llegadas desde todos los rincones el mundo . El relato de sus últimos minutos de vida conmueve a cualquiera que tenga una pizca de sentimientos, pero quizá haya llegado el momento de hablar sin tapujos de los asesinos de Troy , de aquellos que, como el candidato a la Casablanca  Rick Perry , afirman vivir tranquilamente tras firmar 234 sentencias.  El concepto troglodita de justicia, que se basa en responder al mal con otro mal superior, todavía campa a sus anchas en muchos lugares del planeta. Troy h

Su realidad y la nuestra

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M e dicen que una economista afirmó en un programa de radio que hoy en día no es extraño y excepcional tener ahorrados 200.000 euros en el banco. Seguramente ella los tenía y en su entorno de profesionales de altísimo nivel podía ser algo de lo más habitual. También lo han logrado muchos de nuestros políticos , aunque nos queda por saber si el empujón económico venía de antes de su entrada en los asuntos de la res publica , o bien se ha ido amasandomientras pisaban las mullidas alfombras del poder . Lo cierto es que para una mayoría de la población, en la que abundan los mileuristas, es muy difícil poder ahorrar más de dos mil euros al cabo del año. Se necesitaría una vida laboral de 100 años para poder alcanzar lo que esa economista sostenía tan ligeramente. No sé si la afirmación era tal y como me llegó por twitter , o se trata de una de las múltiples exageraciones y falsedades que circulan por la red. En cualquier caso nos sirve para analizar un fenómeno bastante extendido

Diez años y un día

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Cada vez que paso por un aeropuerto me acuerdo del 11 de septiembre de 2001. Desde entonces viajar en avión es un ejercicio práctico de ser un preso o un delincuente peligroso. Hay que quitarse los zapatos y el cinturón, vaciar los bolsillos, abrir la maleta, mostrar cada botecito de champú o de colonia, que siempre tendrá menos de 100 mililitros, pasar por un arco que detecta metales y someterse a cacheos y malos modos en diferentes idiomas. Unos cuantos locos querían acabar con el llamado mundo libre y acabamos por concederles el deseo de forma rocambolesca. Las empresas de seguridad son de las pocas que no se resienten de la crisis y los empleados de las mismas trabajan a destajo inspeccionando equipajes y pasajeros, recordándonos que bajo la más inocente de las apariencias existe la sospechosa posibilidad de estar ante un secuestrador aéreo o un terrorista suicida. Toda la parafernalia paranoica de los aeropuertos mundiales se debe, fundamentalmente, a la entidad de quienes muri

Embudo

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Cuando mi hija tenía apenas dos años encontró un embudo en un cajón y le pregunté cómo se llamaba ese artilugio. Me contestó que no sabía el nombre pero sí para qué servía. Me hizo mucha gracia y lo cuento como una anécdota de lo espabilada que era. Ahora veo que el embudo y ser espabilado son términos muy relacionados. Quienes hicieron la Constitución del 78 decidieron que eran la generación elegida por la historia, la que iba a imponer a las venideras unas normas de difícil modificación. Se quedaron con la parte ancha del embudo y nos dejaron la estrecha a todos los que no teníamos 18 años aquel 6 de diciembre. La Constitución está llena de guiños sociales que no se pueden cumplir de forma ejecutiva, como lo de la vivienda digna y el trabajo, junto a rancios elementos medievales que, esos sí, se cumplen a rajatabla en los palacios reales. Ahora Zapatero y Rajoy deciden que hay que poner en la Carta Magna la limitación del déficit público y sin tener que consultar al pueblo, no vaya