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Mostrando entradas de diciembre, 2014

Los últimos años

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Ya no recuerdo exactamente cuántos años hace que veo una grúa azul al asomarme a la ventana. No sé si fue en 2009 o quizá ya en 2010. Es como un elemento extraño que rompe la línea del cielo de la ciudad en la que vivo, aunque no me impide ver ni la torre de la catedral ni la alcazaba. Durante las ciclogénesis explosivas de los últimos años (algo que no teníamos cuando éramos pequeños), hemos pasado un poco de miedo al verla balancearse con sus hierros y piedras de hormigón a escasos metros de los habitados tejados vecinos. La grúa está abandonada, como el edificio a medio construir en el que se ubica. Ignoramos si la van a quitar algún día y si cumple con todas las revisiones pertinentes que eviten una desgracia. Hoy acaba 2014, me asomo a la ventana y cuento un año más frente a la grúa azul, que se me ha convertido en un símbolo de ese tiempo en el que todo el mundo iba a tener muchas casas que revender a otros para hacernos todos millonarios. Estos últimos años podría

Derechos civiles

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Antonio Muñoz Molina vuelve a Lisboa, como aquel invierno que lo lanzó al estrellato literario, y gracias a esta novedad en las librerías hemos sabido que el asesino de Martin Luther King recaló durante su huida en la capital portuguesa. Así, recordando las luchas del reverendo asesinado en Memphis, nos hemos despertado esta semana con su misma inquietud, con la preocupación por unos derechos civiles que vuelven a estar en peligro. No sé si fue el Conde de Romanones el que dijo que prefería que otros hicieran las leyes si le dejaban a él los reglamentos. Ha calado tan profundamente esa máxima, que se puede afirmar que no hay libertad de las grandes que no esté mermada o restringida, a la hora de la verdad, por alguna norma de rango inferior o incluso por una ordenanza municipal. Hace poco más de un año vimos un ejemplo en Plasencia, donde a una acción tan típica de ejercer la libertad de expresión como es repartir una octavilla venía acompañada de una multa de cien euros am

(No) me gusta el fútbol

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No debería gustarme el fútbol, pero uno ha de tener alguna contradicción y prefiero que sea por una de estas cosas irrelevantes. Durante los primeros quince años de mi vida el fútbol era muy importante. No había día que no bajara a la calle a jugar en un diminuto triángulo de hierbajos que todavía existe al inicio del Paseo Fluvial de Badajoz. No llegué muy lejos: conseguí jugar unos cuantos partidos oficiales en césped (inmenso logro en aquella época), y luego vi que era muy difícil compaginar los estudios con noches de entrenamiento al lado del cementerio. Pasé mucho tiempo sin acercarme a un estadio, hasta que alguien me invitó a un Badajoz-Valladolid de la temporada 92-93. Allí, en el fondo poniente, escuchando las barbaridades que le gritaban al portero visitante, decidí no volver a un estadio y creo que solo lo he incumplido en un par de ocasiones. El fútbol tiene un lado siniestro que nos asalta de vez en cuando como el pasado fin de semana o como aquella aciaga tarde