02 septiembre, 2026

Crisis humanitarias y de humanidad

Desde hace más de 30 años colaboro con varias organizaciones que se dedican a ayudar a seres humanos. Con algunas de ellas mi contribución se reduce a aportar una cuota de socio que permite a las oenegés construir pozos y escuelas enaldeas africanas, llevar personal y material sanitario a zonas de conflicto o recoger náufragos de ese inmenso cementerio oculto en el que se ha convertido el Mediterráneo al que cantó Joan Manuel Serrat.

A otra de las organizaciones de las que soy socio le dedico algo de tiempo. Tras décadas reuniéndome semanalmente con mis compañeras y compañeros conseguimos aprender más geografía que en nuestros años escolares y nos acabamos enterando de que la antigua Birmania pasó a llamarse Myamnar, que Ceilán se convirtió en Sri Lanka y tenía problemas con unos tigres tamiles, o que Sudán acabó partiéndose en dos porque no tenían manera de entenderse.

Las organizaciones no gubernamentales para el desarrollo, esas a las que en algunas comunidades autónomas se les ha dejado de financiar por oscuras razones, no han dejado jamás de informarnos de las graves crisis humanitarias que van recorriendo el planeta: algunas de ellas tenían causas naturales como aquel tsunami de 2004 en Indonesia, terremotos en Centroamérica, inundaciones en unos sitios y pertinaces sequías en otros.

No siempre esas crisis humanitarias eran producidas por volcanes que surgían del centro de la tierra o por huracanes que asolaban el Caribe y sumergían zonas del primer mundo, como hizo el Katrina en Estados Unidos a finales de agosto de 2005. Pero junto a todas esas catástrofes inevitables e imparables seguimos conviviendo con otras que sí que podrían impedirse en un mundo en el que unos tiran alimentos para evitar que bajen demasiado los precios y otros nos aportan imágenes de criaturas desnutridas que desactivaremos haciendo zapping con el mando a distancia.

Las crisis humanitarias no llevan camino de erradicarse y todos aquellos intentos de Naciones Unidas han ido cayendo en saco roto por intereses que todo el mundo puede imaginarse. Desgraciadamente esas crisis humanitarias están viniendo acompañadas de algo peor que el infortunio o la inevitable fuerza de la naturaleza sísmica o volcánica: se trata de las crisis de humanidad, las que se producen cuando se acaba desarrollando un odio y un rechazo visceral hacia quien es diferente, hacia quien no tiene más posesión que lo que yo lleva puesto y, como dice el dicho castellano, no tiene ni dónde caerse muerto.

Me gustaría que dejaran de existir organizaciones humanitarias, de ayuda al desarrollo o de defensa de los Derechos Humanos. Desearía que se aburrieran, que dejaran de tener preocupaciones y que no nos pudieran descubrir más regiones asoladas por desgracias fortuitas o provocadas. Todo el mundo sabe que las crisis humanitarias no se resuelven solo con voluntad, pero las crisis de humanidad sí que están en nuestra mano: no tener un ápice de humanidad hacia quienes huyen de la muerte es una de esas señales que deberían hacer saltar todas las alarmas. ¿Podría estar pasándonos?

Publicado en el diario HOY el 2 de septiembre de 2026




19 agosto, 2026

Todo excluido

    Mientras esperaba a que abrieran la óptica para graduarme la vista me paré a ver las ofertas de una agencia de viajes que había al lado. En muchas de ellas aparecía una especie de estrella amarilla con la expresión “todo incluido” en rojo y con más signos de exclamación de los necesarios. También había otro cartel con cruceros en los que podías elegir cuarto con terraza, con ventanuco al exterior o simplemente camarote, que es la forma de ocultar en la publicidad lo que podría parecer otra palabra castellana y que comienza por la misma letra: calabozo. En la publicidad de algún crucero también resaltaban de forma llamativa que el todo incluido iba más allá de lo habitual y que también se extendía a todas las bebidas, para que en caso de que el oleaje natural del mar no fuera demasiado fuerte se pudiera llegar al mareo mediante la ingesta de bebedizos.

    Como nunca he utilizado este modelo de viajes quizá no debería uno aventurarse a criticarlos. Jamás me he puesto una pulserita que te hace olvidarte de ir pagando cada cosa que consumes y que te lleva a sentirte por unos días a cuerpo de rey, otra expresión idiomático-monárquica que se nos ha quedado en el lenguaje como sinónimo del poderío ilimitado.

 

    Luego comencé a preguntarme si la omnipresencia publicitaria de esa situación tan confortable y en la que nunca falta nada tendría su contrapunto: ¿existirá un concepto del todo excluido? Pues me temo que sí: que el mundo está lleno de zonas de exclusión absoluta, bien separadas de las zonas vips y de lugares en los que se exige una vestimenta inasequible para el 90% de la población mundial, o de locales de ocio donde los porteros te fulminan con la mirada por no reunir los requisitos establecidos.

 

    Pero no son estas las exclusiones importantes de la vida contemporánea. Las más graves, las que resquebrajan la paz y la supervivencia del planeta son las que nos anuncian que en 2030 habrá 590 millones de personas viviendo en la extrema pobreza, que en España ya hay un 26% de la población que se encuentra en riesgo de exclusión social, que la salud debe ser un derecho y no un privilegio de quien tiene dinero, que sin educación de calidad, sin igualdad de género y sin trabajos decentes no se puede construir un mundo justo. Cuidar el planeta, evitar el desastre climático, conservar la vida de los ecosistemas terrestres o construir una paz, una justicia e instituciones internacionales sólidas son esos denostados objetivos para el desarrollo sostenible que tanto critican quienes no los han leído jamás y quienes no creen en otra ley que no sea la del más fuerte.

 

    Si no reorganizamos el mundo, no podremos evitar que los que viven bajo el régimen del “todo excluido” acaben aporreando la puerta y saltando las vallas de los lugares en los que todo está incluido. Necesitamos saber cómo hemos llegado hasta aquí, ser conscientes de cómo hemos rapiñado las riquezas de los continentes más empobrecidos y entender que esas avalanchas de chavales que huyen de la muerte son la consecuencia de un orden mundial tremendamente injusto, insostenible y profundamente inhumano.
 
 



05 agosto, 2026

Geografía humana

 

A algunos nos hubiera gustado dedicarnos a la geografía. Pocas áreas del saber básico cuentan con tantas ramas y tienen para casi todos los gustos: la geografía física con sus climas, relieves, ríos y mares, o la geografía biológica, que va ubicando animales y plantas por todo el planeta. Pero quizá sea la geografía humana la que más me ha preocupado desde siempre: la económica y la política porque tienen secciones fijas en todos los periódicos y eso ya las hace importantes. Son las que fabrican mapas con líneas marcadas, rellenan de colores los países o nos nutren de gráficos con dientes de sierra y barras de colores para que hasta los más torpes veamos, en un abrir y cerrar de ojos, que el PIB de Alemania se sale del mapa y el nuestro va rezagado y necesita mejorar.

Dentro de la geografía humana tal vez sea la poblacional la que más nos debería importar: la que mide cuántas personas viven en un lugar, cuántas se mueven de un lugar a otro y qué motivos tienen para hacerlo. Imagino que los geógrafos ya tendrán datos de cuántas personas han llegado en el último mes a los aeropuertos españoles y no tardarán en informarnos del grado de ocupación hotelera en las costas españolas, de la saturación turística que se produce en muchos lugares de la península y especialmente en sus islas, donde que te destinen como profesora o enfermero a Ibiza puede significar la ruina económica o la búsqueda acelerada de una infravivienda compartida en la que simular una vida normal.

Desde hace unos días no hacemos más que preocuparnos por la geografía humana de Ceuta. Por más que intentemos informarnos, todavía no está claro qué propició la llegada en masa de gentes que querían atravesar a toda costa la frontera del Tarajal. Tampoco sabemos exactamente cuántas personas lograron cruzarla, cuántas fueron devueltas al otro lado de la valla y poco a poco van saliendo datos contrastados de la peor de las estadísticas que queríamos conocer. Mientras escribo estas líneas se habla ya de un centenar de personas muertas y hasta el sumo pontífice ha intervenido para pedir soluciones de paz, estabilidad y justicia, tres palabras que no he escuchado de los expertos en salvar patrias.

¿Qué situación tendrían que estar padeciendo quienes se sumergen en las turbulentas aguas del estrecho de Gibraltar durante la noche? ¿Qué grado de desesperación deben de haber alcanzado para poner en riesgo sus propias vidas? En el bar de cualquier esquina ya estará vociferando algún ejemplar ibérico con la testosterona subida asegurando que todo lo solucionaba en un santiamén. Quizá tardemos en saber quién movió los hilos para que todo esto ocurriera así: ¿Anda detrás de todo esto algún servicio secreto en complicidad con algún monarca?

Hemos visto mucha gente de piel más oscura que la nuestra huyendo de la muerte hacia el norte, todo parece lejano, como una desgracia que siempre ocurre a otros. Quizá pensarían lo mismo las mujeres rubias con niños pequeños que huían de Ucrania hacia Portugal en el invierno de 2022 y pasaron por Extremadura. Me temo que, además de aprender geografía humana, habría que humanizar la geografía. Es urgente. 
 
Publicado en el diario HOY el 5 de agosto de 2026



22 julio, 2026

Equipos y estrellas

 No sé si las celebraciones mundiales se acabarán esta semana o se prolongarán varios meses, otorgando cada región las oportunas medallas individuales a cada integrante de la selección española de fútbol masculino y siguiendo con los imprescindibles nombramientos como hijos predilectos de cada ciudad, pueblo o aldea natal de los campeones. 

A algunos nos habría gustado que se hubiera escuchado a los analistas balompédicos internacionales, quienes no se cansaron de elogiar el trabajo de equipo por encima del mayor o menor resplandor de las estrellas individuales. El individualismo es, desgraciadamente, casi una doctrina hegemónica: sálvese quien pueda, no te importe dar codazos para llegar el primero, no dejes que nadie te haga sombra y cientos de arengas similares forman parte de una especie de catecismo de quienes consideran que el éxito individual es lo máximo a lo que se puede aspirar. 

Tampoco sé si es una necesidad intrínseca al ser humano o más bien está incentivada por los propios medios de comunicación, que necesitan poner un nombre, dos apellidos y un rostro a cada gesta colectiva de toda índole. Esta tendencia a personalizar en estrellas concretas, a las que se subirá a los altares o condenará a los infiernos si su desempeño ha sido sublime o ha estado plagado de garrafales errores, se nos olvidaría durante cuatro años si no fuera por la traslación de esta manía preponderante de individualizarlo todo.

Quizá fuera este el momento oportuno para aprovechar esa segunda estrella de la camiseta roja y hacer apología del compañerismo, de la colaboración, de la ayuda mutua o de la solidaridad. Cualquiera que tenga la suerte de compartir tareas profesionales, asociativas o solidarias con otros seres humanos saben que se ilumina mucho más gracias a la suma de cada integrante de un equipo, que mediante las luces, a veces cegadoras, de tantas estrellas encumbradas.  

Una vez terminado el mundial de fútbol masculino  y cuando todo ser vivo racional comience a estar harto de tanta sobredosis informativa monotemática, cabe preguntarse si este tipo de acontecimientos nos pueden aportar algunas luces para la vida corriente y para el mundo en general. ¿Nos fiamos más de las individualidades que de los equipos? ¿Enseñamos en nuestras escuelas, institutos y universidades a trabajar en equipo?

Así que no olvidemos en el futuro lo aprendido durante este verano de 2026 y reconduzcamos todas nuestras idolatrías estelares futbolísticas. Por cierto: conviene recordar que España también es la vigente campeona mundial de fútbol femenino y que su triunfo en 2023 se vio empañado por un machismo que no tenemos manera de eliminar del ADN del macho hispánico. El año que viene se disputará en Brasil el mundial en el que las mujeres futbolistas podrán colocar también su segunda estrella en la camiseta. ¿Tendremos tanta información como acabamos de tener o habrá que buscarla con lupas y telescopios?

Publicado en el diario HOY el 22 de julio de 2026




08 julio, 2026

"Send them back"

Hace unos días se hizo viral la imagen de unos cuantos europarlamentarios en Estrasburgo coreando con gritos y palmas las tres palabras inglesas que he usado para titular este texto. No sé si traducirlas al pie de la letra, con un literal “enviadlos de vuelta” o intentar sumar a las palabras todos esos gestos y matices de quienes, en el fondo, estaban gritando tirarlos al mar o expresiones malsonantes que no conviene repetir.

Coincide este episodio de racismo y xenofobia institucionalizada con la celebración en Norteamérica de un mundial de fútbol en el que casi todas las selecciones europeas difieren bastante de las que pudimos ver hace 50 años. Del mundial de 1974 recuerdo la goleada por nueve a cero de Yugoslavia a Zaire, y también un 7-1 de Italia al combinado de Haití. Entonces no había mestizaje alguno salvo en Brasil, en las selecciones europeas todos eran blancos y en las de Zaire y Haití todos tenían la piel bien oscura.

Hace poco escuché a una antropóloga una afirmación que debería hacernos reflexionar: todos nuestros antepasados fueron negros y africanos: por mucho cabello rubio que luzcas y ojos azules que te sirvan para ver, tus raíces están en África. También las de los jóvenes haitianos, que habían sido llevados a una isla llamada La Española y no por voluntad propia, sino por la de traficantes de esclavos que trataron como mulos a otros seres humanos, que acabaron amasando fortunas incalculables, construyendo palacetes y siendo reconocidos como personajes ilustres en sus localidades natales.

El lunes nos informaba este periódico del desalojo policial a un joven que dormía en las escalinatas de la catedral de Badajoz. Descalzo y con el rostro apoyado sobre el suelo, no sabemos todavía si al final pudo tener cobijo en alguna institución o darse una ducha reparadora, como las que pudieron darse en los Salesianos otro grupo de personas procedentes de Mali

En 1998 la selección francesa fue campeona del mundo con un combinado en el que brillaba un Zidane bereber, Thierry Henry con orígenes antillanos, Djorkaeff de raíces armenias, Vieira de Senegal o Karembeu de Nueva Caledonia. Sí, también le rechinaba ese combinado multicolor a Jean-Marie Le Pen, y también se leen comentarios desagradables para los jóvenes extremos de la selección española, que no pueden disimular sus orígenes africanos y que son el ejemplo de una Europa que solo sobrevivirá aprendiendo a conjugar todos los tiempos y modos del verbo acoger.

Por nuestras calles pasean jóvenes que ya nacieron aquí y cuyas raíces, más o menos profundas, son las mismas que las del resto de la humanidad. También encontramos otras personas que acaban de llegar y que buscan un lugar en el mundo en el que sobrevivir. Ponerse a corear la devolución de personas a sus países de orígenes, como si fueran esas cajas de cartón compradas de forma impulsiva y a golpe de click, no deja en buen lugar a ese coro de eurodiputados, a los que se les supone un conocimiento avanzado en Derechos Humanos y una visión del mundo mucho más abierta que las alineaciones del mundial de Alemania de 1974.

Publicado en HOY el 8 de julio de 2026




24 junio, 2026

El oficio de enseñar

Se acerca el final de un curso escolar con el personal docente manifestándose y enfundándose de nuevo sus camisetas verdes en defensa de una escuela pública y de calidad. No piden nada del otro mundo y solo pretenden que los colegios cuenten con las mejores condiciones para desempeñar una de las tareas más importantes que existen sobre la faz de la tierra. Enseñar al que no sabe, además de ser la primera de las obras de misericordia, es también un deber humano del que nadie debiera estar al margen, como bien sabían quienes nos trasmitieron aquel proverbio africano que decía que para educar a una criatura era necesaria la participación de toda la aldea.

 

En pocos días cerrarán las aulas, los más pequeños y más jóvenes dejarán sus obligaciones hasta septiembre y los partidarios del “cuñadismo” sin lustre amenizarán las tertulias nocturnas maldiciendo las largas vacaciones que tienen los profesores y lo poco que trabajan. Cuando escucho esto siempre suelo intervenir para animar al listillo de turno a que obtenga el grado universitario requerido, se prepare pedagógicamente y se esfuerce por conseguir ese puesto de trabajo que, desde lejos, parece ser descansado, bien remunerado, con mucho tiempo de ocio y sin tener que hacer nada más al regresar desde las aulas hasta sus hogares.

 

Este fin de semana han comenzado en Extremadura los procesos selectivos para distintos cuerpos docentes de la región, con temperaturas que alcanzan los cuarenta grados y con la paradoja de que son los centros educativos casi los únicos lugares de trabajo públicos que carecen de la adecuada climatización. Durante esta polémica hubo quien propuso que en la propia Consejería de Educación se apagaran los aires acondicionados en solidaridad con los miles de docentes y alumnos que han estado sudando, literalmente, la gota gorda.  

 

Imagino que pronto se tomarán las medidas necesarias para que las escuelas e institutos tengan las mejores condiciones, se doten de mejores medios técnicos y cuenten con un personal docente - y no docente - a quienes se les valore como realmente se merecen. Si nuestro personal sanitario es crucial para el bienestar físico de la población, los maestros y profesoras son quienes ponen en pie las sociedades en las que vivimos, las que trasmiten los conocimientos y dan las herramientas a niñas y jóvenes para que se conviertan en las dueñas de sus propios destinos.

 

Cuidar a quienes nos curan y a quienes nos enseñan sí que debería ser una de esas prioridades nacionales de las que tanto se cacarea. Cada vez que se menosprecia de forma generalizada a quienes se dedican a la docencia se hace un flaco favor al futuro. Sus horarios no acaban a medio día y en sus carpetas, físicas o electrónicas, se llevan trabajos que corregir, pruebas que evaluar, excursiones que organizar, reuniones que preparar, claustros a los que asistir y un sinfín de detalles más.

 

El oficio de enseñar no se va de vacaciones esta semana, ni la jornada laboral de los buenos docentes acaba cuando suena el timbre. Pocas profesiones hay más vocacionales que esta y pocas son tan incomprendidas por quienes ignoran el valor incalculable de sus frutos.

 

Publicado en el diario HOY el 24 de junio de 2026


 

10 junio, 2026

Cooperar en tiempos de odio


El 10 de diciembre de 1948 es una fecha que conmemoramos por haber firmado la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Sí, ya sabemos que era un acuerdo de mínimos en un mundo que acababa de sufrir dos guerras mundiales devastadoras, un par de bombas atómicas en Japón y el descubrimiento de campos de concentración y exterminio en Auschwitz, Mauthausen o Treblinka. El mundo parecía haber aprendido una lección de Historia son tener que leerla en ningún libro, sintiéndola en carne propia con millones de muertos y una población famélica repartida por gran parte del planeta.


Europa fue saliendo del agujero y resurgía lentamente de sus cenizas. Cuando nace la Comunidad Económica Europea hubo miles de españoles y portugueses que acabaron recalando en Francia, Alemania, Suiza, Bélgica o Luxemburgo, donde muchos acabaron asentándose a pesar de que no siempre fueron bien vistos por toda la población local. Los sueldos de Düsseldorf o del extrarradio de París servían para que a la península ibérica llegaran marcos y francos que aliviaban la pobreza de los que se quedaron. Pero el mundo seguía resquebrajado, como recordábamos cada mes de octubre sacando a la calle unas huchas con las que pedir una limosna para los niños de África.

 

Fue en 1970 cuando las Naciones Unidas se plantearon de qué manera se podía reequilibrar el mundo para acabar con las imágenes de hambruna que un año nos llegaban desde Etiopía, al siguiente desde Biafra y finalmente desde Somalia. 0,7% era la cantidad necesaria para intentar arreglarlo, una cifra insignificante para cada país del primer mundo pero que se convertía en una tabla de salvación para un sur que también existía y sigue existiendo a duras penas. Nunca se logró alcanzar esa cifra y solo algún que otro país escandinavo lo cumplió con cierta constancia.

 

Cuando en los años 90 el Paseo de la Castellana se llenó de tiendas de campaña para reclamar que se hiciera efectivo aquel compromiso firmado 30 años antes, no fue posible avanzar. Siempre había una crisis cíclica que aconsejaba no malgastar en los cimientos del mundo y sí en decoraciones superfluas. El planeta se hacía insostenible, la televisión por satélite mostraba el abismo entre dos mundos y en el sur tocaba huir de la muerte hacia donde fuera, en una patera o desangrándose en vallas llenas de concertinas.

 

La cooperación al desarrollo nunca fue perfecta, pero servía para equilibrar mínimamente los vaivenes del planeta. Hemos sabido que prioridades más nacionales han cerrado la cooperación extremeña y dejará sin esperanza a los millares de personas que se alimentaban, aprendían o eran asistidas por diferentes oenegés, ya fuera aquí cerca o a miles de kilómetros, porque el concepto de prójimo no se mide con sistemas métricos decimales. Espero que esto sea un breve paréntesis de maldad y locura, que la cordura regresará a su sitio, que será más inteligente escuchar algunas palabras pontificias antes que hacer caso a pie juntillas a quienes solo enseñan el odio y la avaricia. Aprendí de Rafael Barragán y Pepe Álvarez, incansables luchadores por el 0,7% en Extremadura, que la solidaridad nos devuelve siempre mucho más de lo que donamos.  


Publicado en HOY el 10 de junio de 2026










07 junio, 2026

Pequeñas historias de fútbol entre Badajoz y Monzón

 Hoy podía haberse dado una de esas casualidades históricas del fútbol. En 1976 el equipo de mi pueblo, Monzón (Huesca), había quedado subcampeón de la Regional Preferente aragonesa y el CD Badajoz en uno de los últimos puestos del grupo IV de la tercera división, con lo que tenía que jugarse la permanencia. El sorteo quiso que el Atlético de Monzón y el CD Badajoz se lo tuvieran que jugar a doble vuelta.

El partido de ida fue un 20 de junio en Badajoz y el Atlético de Monzón mereció mucho en un primer tiempo pletórico, pero el Badajoz salió mejor en la segunda parte y se llevó una renta de dos goles. En la vuelta el Monzón ganó 1-0 y achuchó al Badajoz hasta el final con algún tiro al poste.

El fotógrafo que acompañaba al Atlético de Monzón, y al que mis padres conocían de toda la vida, me dijo que me pusiera junto al equipo en aquella foto, que durante muchos años saldría de forma recurrente en las páginas especiales que el Heraldo de Aragón dedicaba a Monzón con motivo de las fiestas de San Mateo.

La semana pasada mientras escuchaba el informativo de una radio regional me pareció escuchar que el Badajoz podría enfrentarse al Atlético Monzón por un ascenso de categoría. No ha podido ser: 50 años después no se producirá ese nuevo enfrentamiento deportivo entre el Atlético de Monzón y el Badajoz. 



27 mayo, 2026

Teoría de conjuntos

 

Mi generación inauguró la EGB, que fue intento de los tecnócratas del tardofranquismo para dar un tímido paso al frente en una escuela que todavía cantaba por las mañanas con el rostro mirando hacia el sol. Nuestros padres y parientes ya no nos podían ayudar con las tareas porque antes de las sumas y restas había que teorizar sobre los conjuntos.

 

No sé si fue ese el momento en el que algunos optamos por juntar letras complicadas en lugar de jugar con los guarismos, pero con el paso del tiempo redescubres que aquellos conjuntos que se unían e interseccionaban nos reaparecerían en la lógica del tercer curso de BUP (otra sigla que habrá que explicar a más de la mitad de la población).

 

Me he acordado de estas cosas leyendo algunas noticias y echando un vistazo a los comentarios que se vierten sobre ellas, ya sea en el propio medio de comunicación o en diferentes redes sociales en los que algunos sueltan un anzuelo para que las pirañas más virulentas hagan click y lo pongan todo perdido.

 

Algunas personas hemos sido siempre partidarias de que la información sobre cualquier hecho noticioso se limite a una narración objetiva y a la identificación de quienes intervienen en ellas cuando se trate de personajes públicos. No sé cuando se dejaron de escribir las iniciales de los presuntos delincuentes, que recuerdo que eran muy habituales hasta bien entrados los años noventa del pasado siglo. Si mal asunto es publicar los nombres y dos apellidos de delincuentes a los que se les debe presumir su inocencia hasta que no se demuestre lo contrario, peor es la dinámica de meter en el mismo saco a todas las personas de un grupo basándose en prejuicios.

 

Los médicos, ferroviarios, conquenses, pelirrojas, registradores de la prioridad, sudamericanos o emigrantes de Senegal no son grupos compactos que conserven sus características y comportamientos de manera uniformada desde el nacimiento hasta la muerte. Tampoco todos los andaluces son graciosos, ni todos los italianos son elegantes, ni todos los escoceses y catalanes padecen de avaricia congénita. La maestra de 1º de EGB nos lo explicaba con ejemplos más simples y que todavía guardo en unas fichas garabateadas con mala letra.

 

Si la reforma de Villar Palasí nos permitió (y en tiempos peores) iniciarnos en estas teorías de conjuntos, me pregunto en qué momento se extendió la epidemia del “son todos iguales”, “todos vienen a robar”, “todos quieren la paguita” o “todos son delincuentes”. Hoy ha triunfado la infame la costumbre de adjudicar a todo un grupo de personas los errores, delitos o crímenes que pudiera cometer uno solo de sus integrantes, y ante cualquier noticia de un suceso grave surge una caterva a la que le preocupa menos la víctima que averiguar datos con los que culpar a todo un conjunto de personas a las que ya se odiaba de antemano.

 

No. No nos hace falta conocer el color de la piel, el lugar de nacimiento o la religión que profesa quien ha cometido un delito execrable: no aportan nada a la noticia y solo sirven para culpabilizar a todo un colectivo de lo que solo es responsabilidad de individuos concretos.

 

Publicado en el diario HOY el 27 de mayo de 2026







13 mayo, 2026

Alterofobias

Una enfermedad recorre el mundo. En un siglo en el que viajar a otra parte del planeta ya se puede realizar en un santiamén, surge desde las entrañas de lo más putrefacto un comportamiento más propio de esos moluscos que se cierran a cal y canto para que nada ajeno se les acerque. Salir de nuestro mundo es el mejor antídoto para no desarrollar patologías graves a causa de excesos de contemplación umbilical, que es la forma pedante de denominar a eso de mirarse el ombligo. Aunque la academia no ha recogido todavía el término “alterofobia”, parece necesario que vayamos haciéndole un hueco porque se está instalando como un troyano en nuestro sistema operativo.


Nos hemos enterado de que hay un programa de lengua y cultura en una localidad del norte de Extremadura y que debe eliminarse para conseguir que Extremadura sea gobernable. Todavía no he leído las razones científicas, educativas, culturales y humanas que vinculan la eliminación de un programa que no cuesta nada al erario público, que favorece la cultura y el conocimiento, que amplía las capacidades comunicativas de personas que se están educando y que no interfiere ni un segundo en el proceso de aprendizaje de quienes no deseen participar en el mismo.

Si no hay ninguna razón científica y objetiva para que ese programa deba desaparecer, tendríamos que plantearnos varias cuestiones. ¿Hay un informe técnico profesional que aconseje su eliminación o mañana puede venir otra propuesta que pretenda suprimir el cero de nuestro sistema de numeración por ser un invento que nos trajeron los árabes? ¿Volvemos a los números romanos para evitar esta invasión de guarismos magrebíes en nuestras hojas de cálculo? ¿Habremos de suprimir el resto de programas de lenguas y culturas de otros países que también se desarrollan en Extremadura y son pagados por entidades extranjeras? ¿Afectará también al concierto que Extremadura tiene desde 1996 con el British Council o este lo dejamos pasar porque nos conviene y las profesoras tienen tez blanca y ojos azules?

El pasado domingo se publicaba en este diario un artículo de Adel Najjar con referencias históricas, lingüísticas y culturales que han determinado la influencia árabe en todos los pueblos, reinos y estados que se han ido sucediendo en el territorio peninsular, desde el año 711 hasta nuestros días. La capacidad humana de comunicarse ha tenido miles de expresiones diferentes a lo largo del tiempo y por todos los rincones del planeta. La variedad de códigos puede verse como un impedimento para la comunicación, pero hay quienes lo vemos como una de las maravillas de la diversidad humana. Las distintas maneras de expresarse forman parte de un patrimonio cultural intangible y que debe ser respetado, cuidado y difundido. El mismo esmero con el que restauramos templos o excavamos yacimientos prehistóricos, tartésicos, romanos o almohades es el que deberíamos aplicar para que no se pierdan los patrimonios culturales inmateriales.

Ojalá no llegue al diccionario la palabra “alterofobia”, que sea innecesaria porque deje de existir el odio a lo que es diferente y hayamos aprendido a abrir los brazos y la mente, como cantaba Robe Iniesta. “Ojalá” nos llegó al castellano del “wa šá lláh” del árabe, como el ocho por ciento de nuestro vocabulario.

Publicado en el diario HOY el 13 de mayo de 2026



 

10 mayo, 2026

Historia de mi colección de "Fuellas"

Las navidades de 1984 las pasé, como era habitual, en Monzón. Y allí pude ver en el informativo regional de RTVE en Aragón una noticia sobre la grabación de un disco totalmente en lengua aragonesa. Fendo Camín, de Mario Garcés, era aquel disco que compré en formato cassette en la tienda de discos Nacho que estaba en la calle San Antonio 2, a la vuelta del Ayuntamiento.

Regresé a Badajoz sin entender la letra pero en interior de la carátula ponía que podían pedirse las letras en el trestallo postal 147 de la capital oscense. Y me mandaron las letras, escuché la música hasta el hartazgo y me mandaron junto a las letras un papelito por si quería suscribirme a las Fuellas d'informazión d'o Consello d'a Fabla Aragonesa.

Recuerdo que en uno de los primeros números que recibí había un artículo sobre el habla de Sant Istevan de Litera / Sant Esteve de Llitera / San Esteban de Litera, el pueblo de una de mis bisabuelas. El autor era un profesor de la Facultad en la que había empezado a estudiar Filología hacía pocos meses y a quien acabé conociendo.

Estuve suscrito a las Fuellas y las recibía cada dos meses. Dejé de recibirla durante algún tiempo con motivo de dos cambios de casa y finalmente anulé mi suscripción. Las he tenido guardadas durante mucho tiempo y pensé que podían y debían tener una segunda vida. Así que contacté con la Biblioteca de Monzón para saber si les podía interesar esta colección incompleta (pero bastante completa). Y me dijeron que sí. Así que mi prima Mercedes les acercó los ejemplares, porque los días de Semana Santa no me permitieron entregarlos personalmente y el pasado 29 de abril recibí el mensaje de Lourdes, de la Biblioteca Ramón J. Sender de Monzón. 

Para quien vive desde hace tanto tiempo alejado de la tierra de mis padres y mis antepasados me ha emocionado saber que vuelven a la tierra y para servir a la cultura. Todas estas Fuellas formaron parte de mi vida y de mi formación, ahora tienen una segunda vida.







29 abril, 2026

Prioridades

 

La lectura del libro de Andrés Neuman titulado “Hasta que empieza a brillar” me lleva un tiempo entretenido comparando las definiciones reales y académicas con las que fue recopilando María Moliner en su diccionario de uso del español. Sin embargo, ha sido la actualidad la que me ha despertado la curiosidad por saber cómo habían resuelto aquellos y la lexicógrafa aragonesa una palabra que se ha vuelto a poner de moda: la prioridad.

 

Los reales académicos de la lengua lo dejaron en “anterioridad de algo respecto de otra cosa, en tiempo o en orden” y luego se enredaron en definiciones complicadas, de esas que hay releer cuatro veces para entenderlas, y en las que llega a intervenir hasta la Santísima Trinidad. En cambio, la aragonesa Moliner nos la relacionaba directamente con la palabra primacía y con la “anterioridad en consideración y superioridad en importancia”.

 

Así que quienes teníamos olvidadas ya casi todas las prioridades, incluso aquellas que nos preguntaban en los exámenes teóricos para obtener el carnet de conducir, nos hemos vuelto a desayunar con prioridades que nada tienen de celestiales y que parecen ideadas en el mismísimo infierno. Debates que considerábamos totalmente superados se vuelven a poner encima de la mesa, mientras los dos primeros artículos de la Declaración Universal de Derechos Humanos son descuartizados con motosierra ante el regocijo de los más intolerantes y el consentimiento tristón de quienes son mansamente arrastrados hacia estribor sin calcular sus consecuencias.

 

Todos los seres humanos nacen libres e iguales y todas las personas son iguales con independencia de su raza, color, sexo, idioma, religión, política o el lugar donde hayan nacido. Quizá deberían ser estas las primeras frases que nos enseñaran en casa, en la escuela, en los lugares de trabajo y en las calles. Quienes trabajan en paritorios y en funerarias coinciden en que al principio y al final de la existencia las fragilidades nos igualan a todos, pero que hemos ido diseñando recorridos intermedios (a los que llamamos vida) donde las desigualdades y discriminaciones, aquellas que se fueron difuminando durante el último siglo gracias a las luchas de hombres y mujeres concienciadas, se encuentran ya al borde del abismo: hoy son los extranjeros pobres, mañana pueden ser las personas que aman de manera distinta y pasado mañana quienes hablan un idioma diferente.

 

Hay quien aplaude hoy las primacías que dictan los dictadores de turno, valga la redundancia, porque creen que siempre tendrán prioridad, que es lo que en materia de tráfico ocurre con quienes siempre giran a la derecha. Complicados tiempos en los que hasta quienes no tenemos fe nos hemos emocionado al escuchar las palabras del obispo canario José Mazuelos: A mucha gente habría que meterla en un cayuco y estar cinco días en el Atlántico sin comer, para que vean qué hacemos cuando llegan. Pues habrá que acogerlos y habrá que cuidarlos, si se quiere ser cristiano y ya no solamente cristiano, si se quiere humano”.

 

En la sala de espera de las urgencias hospitalarias de la Sanidad Pública la prioridad no es la del primero que llega, ni del que más dinero tiene, sino la del ser humano que más lo necesite, sea de donde sea. No es complicado.

Publicado en el diario HOY el 29 de abril de 2026


 

 

15 abril, 2026

Lunáticos

Imagino que en la prehistoria los seres humanos se entretenían cada noche viendo en el cielo un círculo de luz que iba menguando o creciendo cada vez que el sol se escondía. Pasaban veintiocho días, el ciclo volvía a comenzar y aquella extraña bola influía en las vidas de nuestros antepasados tanto como hoy esas pantallas que llevamos en nuestros bolsillos y que creemos que nos traen a la palma de nuestras manos todas las verdades que en el universo existen.

 

Las nuevas imágenes de la luna nos han permitido ver mejor que nunca los detalles de la cara oculta más mencionada en la historia. Una cara oculta que luego hemos utilizado en símiles, metáforas y comparaciones para describir a quienes muestran una apariencia y esconden una naturaleza y características totalmente diferentes a las que aparentan.

 

Hace ya tiempo que nos convencimos de la inexistencia de selenitas: el paseíto de Armstrong y Aldrin en 1969 no les permitió encontrar evidencia alguna de ellos y el pobre de Collins, que quizá fue el primer viajero defraudado con su agencia de viajes, se pasó media vida contando que estuvo allí y poco más, como quien cuenta que ha estado en Frankfurt porque su avión hizo escala en su ruta hacia Japón.

 

Selenitas parece que no hay, pero nos sobran lunáticos. Los académicos de la lengua definen a estos últimos como a esos seres que padecen locura pero no de manera continuada sino por intervalos. Antes de que las reformas laborales se inventaran a los trabajadores fijos discontinuos, ya habían afinado bien los lexicógrafos endilgando la raíz de nuestro único satélite a todos estos que no pueden ser diagnosticados de ninguna dolencia mental por falta de constancia, pero que de vez en cuando se suben por las paredes.

 

Las decisiones descabelladas no son producto de la postmodernidad ni de los tiempos contemporáneos, porque ya tuvimos a uno que nombró senador a su caballo y más recientemente a senadores que votaban con los pies por el compañero ausente. De nuestros monarcas pasados tenemos diversos ejemplos con escasas luces y otros a los que alguna luz les encaminó a tierras lejanas con las sacas bien repletas, ya fuera de joyas en el XIX o de divisas en el XXI.

 

Si repasamos los últimos cien años recordaremos que el mundo jamás se libró de tener lunáticos al frente de gobiernos y naciones: Hitler, Mussolini o Stalin son de los que ya nos aparecían en los libros de texto, pero hubo un Bokassa en el centro de África que se construyó un trono de oro, Idi Amin en Uganda con costumbres caníbales, otro en Camboya que se cargaba a los de gafas por tener un aire intelectual y un paraguayo con apellido sospechosamente alemán que protegía a nazis y masacraba a mansalva.

 

¿Tenemos hoy lunáticos como los mencionados al mando de países, ejércitos, bancos, multinacionales, instituciones y hasta medios de comunicación? ¿Los tenemos solo en lejanos países o están ya más cerca de lo que creemos? En un mundo en el que para entrar a trabajar te piden una analítica, quizá no sería mala idea que, además de votos, quien nos vaya a regir esté en sus cabales.

Publicado en el diario HOY el 15 de abril de 2026






01 abril, 2026

Trazas de racismo y odio

    Dicen que es necesario leer los prospectos de todo lo que ingerimos. Las normativas han llevado a los fabricantes de alimentos a indicar si cada producto envasado pudiera contener alguna pequeña cantidad de frutos secos u otros derivados lácteos capaces de provocar una reacción de efectos nocivos. En las cartas de los restaurantes también nos colocan iconos para advertirnos de si un plato suculento puede jugarnos una mala pasada al contener cereales con gluten, huevo o marisco.

    Trazas: así es como denominan a esas cantidades pequeñas de determinadas sustancias que pueden pasar a convertirse en un problema grave para la salud. Por eso las normativas de seguridad alimentaria han determinado que cada producto las tenga todas bien identificadas, incluso cuando se trate de alergias raras que afectan a muy pocas personas. Del mismo modo que un quirófano o la cocina de un restaurante deben estar en las mejores condiciones higiénicas y de salubridad, también habría que abordar la eliminación de todos los mecanismos y prácticas de las autoridades que pudieran contener trazas de la existencia de sesgos racistas, animadversiones basadas en prejuicios o prohibiciones tan cargadas de estulticia que pretenden eliminar incluso lo que no existe.

     El 21 de marzo se conmemoraba la jornada mundial contra la discriminación racial, recordando aquel día de 1966 en Shaperville (Suráfrica) en el que la policía del régimen de Pretoria acabó a tiros con más de 250 personas que protestaban contra el apartheid. Desde el pasado 21 de marzo hay en marcha una campaña de Amnistía Internacional para intentar acabar con una práctica habitual en nuestras calles como es la del sesgo racial de las identificaciones policiales en España. ¿Cuántas veces le han pedido las fuerzas del orden que se identifique cuando va por la calle? ¿Saben ustedes que la oscuridad de la piel puede ser un rasgo determinante para ser interceptado en redadas que pudieran contener importantes trazas de racismo?

     Mañana se cumplen once años de la publicación de aquella Ley Orgánica de Seguridad Ciudadana, que acabó con el apodo de “mordaza”, y que en su primer año de vigencia llegó a imponer 34.000 sanciones por ejercer los derechos de reunión, expresión o manifestación. Más de cuatrocientas organizaciones y colectivos se están sumando este año a una campaña destinada a que gobiernos e instituciones se dediquen más a parar el racismo en lugar de parar por la calle a personas que por su aspecto pudieran, simplemente, proceder de otras latitudes.

     Junto a estas trazas de racismo también tenemos las de odio puro y duro. La semana pasada el Ayuntamiento de Badajoz aprobó una moción para prohibir el menú halal de todos los colegios de la ciudad. La propuesta del grupo de extrema derecha salió adelante con los votos a favor del propio gobierno municipal, sin caer en la cuenta de que en Badajoz no hay ni un solo centro educativo en el que se suministre. ¿Nos molestaría que a una niña le facilitaran un menú escolar sin gluten, sin huevo o sin lactosa? ¿Para qué prohibir algo que no existe? ¿Prohibiríamos a alienígenas verdes residentes en Las Vaguadas asistir a los plenos municipales sabiendo que no existen? ¿O sí?





18 marzo, 2026

Distancias y olvidos

Una vieja canción mexicana nos equiparaba a la distancia con el olvido. Sin embargo, la neurología considera que es el paso del tiempo el factor más determinante para que dejemos de recordar lo que nos pasó. Ignorar los horrores que padecen personas que jamás conocimos, que se encuentran en lugares remotos o que vivieron en tiempos pasados es un brebaje de gran utilidad para que no nos afecten los agobios y las desesperanzas cotidianas.

 

No han pasado ni tres semanas desde el primer ataque coordinado de Trump y Nethanyahu sobre Irán y muchos habrán tenido que buscar dónde diantres está ese lugar tan estrecho al que llaman Ormuz. Habrá quienes tampoco se preocuparon demasiado al conocer la muerte de Alí Jameneí y llegarían incluso a aplaudirla como un paso para liberar del terror a las mujeres de aquel país. Lástima que la liberación de las mujeres iraníes comenzara, paradójicamente, en una escuela llena de niñas a las que aplastó uno de esos “inteligentísimos” misiles Tomahawk, que no fue capaz de identificar que su objetivo llevaba ya tiempo siendo una escuela y no la instalación militar que constaba en mapas descoloridos.

 

La preocupación por lo que ocurre en aquella zona del mundo ha ido aumentando al ver que los iraníes respondían sobre territorios cuyos nombres conocemos por su presencia en las camisetas de algunos equipos de fútbol cercanos, de esos a los que no les importa hacer caja con petrodólares que servirán para fichar a la penúltima estrella del mercado de invierno. Falta poco para que todo el mundo sepa por dónde cae Ormuz. No hará falta buscarlo en Google Maps ni leyendo las noticias, porque será un descubrimiento en diferido, como la mítica indemnización que recibió Bárcenas según el relato de Cospedal. Bastará con acercarnos a los surtidores de combustible para que más de uno se eche las manos a la cabeza e intente preguntarse cuándo empezó todo esto, por qué no nos avisaron de los efectos secundarios, o a quién se le ocurrió tocarle las narices a China sabiendo que por Ormuz pasa la mayor parte que del crudo que necesita el gigante asiático para mantener su poderosa industria.

 

No sé si volverán a resonar cánticos contra las guerras como los que escuchamos hace veintidós años. Entonces nos movilizaron las 191 personas que murieron en los trenes de cercanías de Madrid porque sí vimos la conexión entre la participación activa en un conflicto lejano y sus crueles consecuencias cercanas, que tenían nombres y apellidos fáciles de pronunciar porque coincidían con los nuestros.

 

Hace mucho tiempo que no se habla de construir una cultura para la paz. Quizá sea porque es más rentable hablar de una economía de guerra bien distinta de la que nos contaban nuestras profesoras de Historia: la de los cuantiosos beneficios que se embolsarán quienes lleven la muerte a miles de kilómetros de distancia de sus sofás y que nos recomendarán que olvidemos para siempre las penas y los rostros de tantas víctimas como podríamos dejar enterradas. No sabemos hacia dónde apuntarán los señores de la guerra las próximas semanas: quizá la distancia sea larga, pero que no haya olvido.

 

Publicado en el diario HOY el 18 de marzo de 2026

 


 

Crisis humanitarias y de humanidad

Desde hace más de 30 años colaboro con varias organizaciones que se dedican a ayudar a seres humanos. Con algunas de ellas mi contribución s...