01 enero, 2006

El frío infierno


Rosario Endrinal Petit tenía 51 años y no habría pasado una feliz navidad. Tal vez nadie se lo habría deseado, nadie la esperaría en ninguna mesa y nadie le habría obsequiado con turrones ni licores. Las noches de invierno hacen de cada soportal un refugio en el que se salvan de morir congelados quienes nada tienen. Paradojas de la vida (y de la muerte) hicieron que Rosario huyera de morir del frío y acabara en llamas. No fueron esta vez pandillas de jóvenes violentos venidos de los suburbios sino hijos de buenas familias de un lujoso barrio barcelonés. A buen seguro iban a buenos colegios y es muy posible que obtuvieran magníficas calificaciones en química o inglés. Mientras algunos siguen creyendo que el fracaso educativo se mide en el número de reyes godos que ignoran nuestros jóvenes, se nos escapa de las manos algo tan fundamental como transmitir contravalores que mitiguen los mensajes que lideran este mundo de competitividad ciega y violencia gratuita. Unos cuantos muchachos, con las mejores posibilidades de formación, acaban por apalear y prender fuego a un ser indefenso y no nos valen explicaciones que culpen a la sociedad en su conjunto. Pero sí que podríamos tomarnos en serio algunas cosas: de nada sirve saberse la tabla periódica al revés si antes no hemos apostado decididamente para que la tolerancia, el respeto a los derechos humanos y la no violencia sean ejes transversales de todo el sistema educativo. A Rosario no podemos devolverle la vida pero deberíamos empezar a salvar las vidas de quienes cada noche duermen en el más frío de los infiernos.

Publicado en EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 26 de diciembre de 2005

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