17 junio, 2006

Euforia colectiva


Era miércoles 14 de junio y ella llegó tarde al trabajo. No es porque se le hubieran pegado las sábanas sino porque es muy difícil despertar a tres niños pequeños, vestirlos, darles de desayunar y llevarlos a la guardería y al colegio antes de que el reloj marque la hora de inicio de la jornada. Cuando llegó al almacén recibió las miradas incomprensivas de algún jefe y de muchos colegas que murmuraban sobre la falta de profesionalidad de aquella tardona mientras seguían comentando la noticia del día. Ella hizo sus tareas con la mayor diligencia que uno pueda imaginar. Poco antes de las dos el encargado anunció que se cerraría una hora antes para poder ver el evento. Los murmuradores de la nueve menos cuarto se habían convertido en vociferantes a los que les importaba poco la productividad a cambio de cuatro goles de su equipo. Ella se quedó sola hasta las tres, preparando todo por si se volvía a retrasar al día siguiente. Fue a recoger a sus hijos a la salida del comedor escolar y atravesó una ciudad desierta de cualquier atisbo de vida inteligente. A medida que junio se adentraba, la desmesura se apoderaba de todo: personas que parecían sensatas comenzaron a parecer energúmenos capaces de justificar casi todo. Mañana ella será la primera en llegar al almacén. Ellos vendrán con la resaca de celebrar un triunfo o de olvidar una derrota. No se darán cuenta de que ella, la que el otro día parecía una absentista irresponsable, ya llevará adelantadas casi todas sus tareas. En ocasiones las euforias colectivas y el sentimiento patriótico-esférico esconden parcelas de infinita injusticia.
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Publicado el 19 de junio de 2006 en EL PERIÓDICO EXTREMADURA

Ilustración: Jose Paulete

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