04 abril, 2011

El precio de la paz

 

De los pocos conceptos económicos que nos enseñaban en la escuela recuerdo aquel que diferenciaba el valor de uso y el valor de cambio, ejemplificados en el agua y el oro. Cuando toca hablar de paz, los escasos conocimientos económicos pasan a ser inservibles, porque la paz tiene un valor incalculable, tanto de cambio como de uso. Y lo es especialmente para quienes sufren por no tenerla, que no son pocos en el mundo y algunos bien cerca. Quizá por eso resulta incomprensible que las oportunidades para enterrar conflictos violentos mediante soluciones de pacificación estén siendo objeto de impedimentos y bloqueos irresponsables. Enredarse ahora en una disputa sobre lo que unos dijeron en Zúrich hace 10 años, sobre lo que otros dicen que dijeron en 2006, sobre quién fracasó más, quién lo hizo peor o quién causó más daño, no es sino una forma estúpida de perder el tiempo y una ocasión histórica. Hay que conjugar el futuro, que a buen seguro no será perfecto, porque ya sabemos a ciencia cierta que el pretérito fue muy imperfecto. Cualquier extranjero con cierta lucidez y sin los prejuicios y condicionantes que padecemos, nos recomendaría dejarnos de zarandajas, olvidarse de quién se comió el faisán o quién se ha tragado más sapos. Vivimos un tiempo para valientes, para arriesgarse en pos de una paz más o menos segura que, como ya decían los romanos, siempre será mejor que una victoria esperada. Pero a veces da la sensación de que algunos preferirían sacar rendimiento partidario de un conflicto enquistado, antes que una solución en el País Vasco con medallas para el adversario político.

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