08 octubre, 2014

Economía colaborativa


Han dejado de decirnos desde arriba que vivíamos por encima de  nuestras posibilidades: en cuanto se ha descubierto que eran ellos los que tenían tarjetas de crédito opacas ya no tienen tanto descaro como para culparnos de la catástrofe. Aunque hay que reconocer que las desgraciadas consecuencias de esta crisis, provocada por la avaricia de unos cuantos y descargada en las espaldas de los más necesitados, también nos han permitido intentar buscar otras maneras de salir adelante, que a algunos les parecerán una forma de volver a los orígenes de la humanidad.

Hace ya más de veinte años que escuché hablar de la existencia de un cierto regreso al trueque en algunos países. Fue en una clase de idiomas, en las que cada alumno tenía que prepararse una disertación, y un amigo nos habló de los banco de horas, en los que te arreglan un grifo a cambio de un corte de pelo o de sacar a pasear los perros, sin dinero de por medio. Lo que empezó hace unas décadas como una experiencia curiosa va extendiéndose muy lentamente y va tomando otras formas. La necesidad y cierta conciencia ecológica nos va empujando a hacer un uso más eficaz de todos los recursos. Así, cada vez es más habitual compartir el coche o intercambiar casas cada vez que se necesita hacer un trayecto o viajar a otra ciudad. La gente se está organizando de mil maneras para sacar adelante una incipiente economía colaborativa que debería recibir un aplauso generalizado, en un momento en el que los recursos del planeta no son inagotables y en el que habría que empezar a plantearnos cómo decrecer sin empobrecernos.

Pero esta economía colaborativa tiene sus detractores. A primeros de septiembre supimos que un centro concertado cacereño llamaba a la policía alertando de unas madres que intercambiaban en la calle sus caros uniformes. En algún que otro centro, de esos que también venden los libros de texto, se atacaba la línea de flotación de las madres que habían creado un sistema no lucrativo de reutilización de materiales: bastó con indicar a los profesores que obligaran a los niños a traer durante un par de meses el libro del año anterior y examinarse sobre su contenido.

Ahora también se quiere regular el llamado crowdfunding, que no es otra cosa que valerse de la facilidad de encontrar a mil amigos que te dejen 10 euros antes de que un banco que te preste diez mil. No cabe duda de que es necesario que todas estas formas de cooperación encuentren un acomodo legal, pero frenar la capacidad de los individuos de organizarse para capear el temporal es moralmente reprobable y económicamente insostenible para el conjunto de la sociedad. Cuando supe que quienes tienen paneles solares en casa para autoabastecerse han de pagar a las eléctricas, me di cuenta de que la economía colaborativa tiene que luchar todavía contra demasiados poderosos, de esos que guardan una tarjeta opaca en sus carteras.

Publicado en HOY el 8 de octubre de 2014

1 comentario:

Anónimo dijo...

Y Triodos Bank. Banca ética que funciona.
José María Durán