05 septiembre, 2018

Cuidar la tierra

Este verano he podido escuchar en un programa de radio de cobertura nacional una sección dedicada al mundo rural que llevaba por nombre El Terruño. Varios de los episodios tuvieron como protagonistas a localidades extremeñas, desde la Sierra de Gata a Fuente del Arco pasando por La Nava de Santiago o la zona rayana de La Codosera. El espacio te describía una realidad que cada vez es más invisible para los medios de comunicación y para quienes llevamos una vida urbana, con una narración que desprendía optimismo, ilusión, descubrimientos y mucha humanidad.

Se trataba de un esfuerzo encomiable para reivindicar la vida apartada del mundanal ruido viviendo de la agricultura, la artesanía o el turismo rural, pero nos engañaríamos si pensáramos que unas imágenes sonoras tan sugerentes van a provocar que la gente regrese a las casas abandonadas de sus abuelos, las limpie de polvo e intente pasar sus días con las ventajas de la vida bucólica y sin los inconvenientes de vivir alejado de servicios fundamentales de carácter sanitario, social o educativo. Los pueblos más pequeños se siguen abandonando y las cabeceras de comarca van poco a poco absorbiendo a los últimos pobladores de aldeas.

Durante los últimos veranos, tras los graves incendios producidos en la península ibérica, se habló mucho de la importancia de cuidar la tierra, de crear las condiciones idóneas para que a las parejas con criaturas pequeñas les merezca la pena vivir en los pueblos y no les suponga un sacrificio tan enorme que les haga buscar de nuevo el asfalto.

Y es que, como decía el recién dimitido ministro francés de transición ecológica Nicolas Hulot, no se está tomando con la seriedad que lo merece algo tan importante como permitir que el planeta tierra sea un lugar habitable no ya para nuestros nietos sino para nuestros propios hijos. Las leyes del mercado no entienden del medio plazo y el largo plazo ni se lo imaginan. Solo así se explica que a principio de siglo se construyeran en torno a Madrid multitud de autopistas radiales destinadas a que ocho millones de coches circularan por ellas todos los días porque íbamos a superar a Los Ángeles de California.

No sabemos cuándo tendrá que empezar el reequilibrio demográfico, un nuevo éxodo desde las ciudades a los pueblos para conseguir que los cimientos del planeta no acaben por tambalearse. Hemos minusvalorado la importancia del mundo rural y te das cuenta cuando repasas el vocabulario y reparas en el sentido peyorativo que ha acabado impregnando a adjetivos como rústico o pueblerino.

Cuidar la tierra y preocuparse del terruño es una labor de todos. Pensemos que quienes viven en los pueblos nos están dando oxígeno a los de las ciudades y que deberíamos corresponderles. Cada vez que intenten cerrar un consultorio médico rural o una escuela porque no llega a diez niños, deberíamos plantearnos las consecuencias que eso supone para el abandono del territorio. Y no sé si estamos a tiempo o es ya demasiado tarde.

Publicado en el diario HOY el 5 de septiembre de 2018.

1 comentario:

Laura Martinez dijo...

Que titulo tan hermoso y verdadero, es un deber como seres humanos el realizar esta labor, el cuidar la tierra es tarea de todos, pues es nuestro hogar, hace poco en uno de mis viajes a Vietnam hacíamos énfasis en esta labor, y es algo en lo que seguiremos trabajando