28 enero, 2007

Libertad de expresión

Ver a alguien con un tricornio y puño en alto es una imagen que contrasta con aquellos años en los que el benemérito cuerpo alzaba el brazo al más puro estilo hitleriano. Quizá no nos debiera preocupar tanto una manifestación pacífica de ciudadanos que piden lo que el partido gobernante prometió y sí que la protesta acabe en apertura de expedientes disciplinarios. Sigo sin entender por qué debe ser militar el cuerpo policial de las aldeas, ni la paradoja de apellidarse civil, ni qué problema existe en que los trabajadores que velan por nuestra seguridad hagan uso de su derecho a la libertad de expresión.

Y, hablando de ésta, tampoco deberíamos pasar por alto la amenaza del Ayuntamiento de Mérida para que los vecinos retiren de sus balcones pancartas que reclaman los parques prometidos (e incumplidos). El consejero municipal invoca una ordenanza municipal que se carga de la noche a la mañana cualquier aplicación práctica del artículo 20 de la Constitución o la Declaración Universal de los Derechos Humanos. “Hagan las leyes y déjenme a mí los reglamentos”, dijo el más avispado de los déspotas. Como ya da vergüenza prohibir descaradamente, hay algunos que han pasado al contraataque: ya no se censuran los mensajes, protegidos por la democracia internacional, sino que se prohíbe el canal de expresión por parte de esos atisbos de dictaduras locales que se esconden en las ordenanzas. Ya están prohibidas las pancartas y las octavillas. Sólo se puede hacer uso de la libertad de expresión en círculos cerrados y privados, como cuando no había libertades. http://javierfigueiredo.blogspot.com


PUBLICADO EN EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 29 de enero de 2007

1 comentario:

Alicia Vernok dijo...

Jo-der!

Creo que es la primera vez que ceo a un civil haciendo ese gesto.

Que perdure!!