13 septiembre, 2010

Jorobar

Nos parece que hemos vivido mucho tiempo hasta que nos sorprenden con nuevos dinosaurios. El de la semana pasada, el más reciente de los encontrados, tiene 125 millones de años. Casi nada. A su lado todos somos infinitamente jóvenes. Eso sí, parece ser que el dinosaurio tenía una joroba. No sé si la tenía ya cuando vivía o se le ha desarrollado de repente, cuando ha visto la luz y se ha encontrado en una época realmente jorobada. Jorobar es un verbo reconocido por la Academia y ha acabado siendo sinónimo de fastidiar y molestar, aunque creo que el origen de esta acepción se remonta a una tendencia eufemística de no mencionar otro verbo que comienza por la misma sílaba. No sé si hay campeonato mundial de jorobar al aire libre, pero la roja podría tener una selección de altísimo nivel y multidisciplinar. Es fácil encontrase en cada grupo humano con alguien cuyo quehacer fundamental es tocar las narices a los demás sin siquiera obtener un beneficio personal. Una administradora de fincas contaba que los más temidos de una comunidad de vecinos eran los jubilados ociosos, capaces de crear problemas donde no los hay y oponerse a todo para ganar protagonismo. Tal vez deberíamos haber evolucionado como aquel dinosaurio, habríamos regulado los calores de este verano con la joroba, y ya no nos quedarían ganas de conjugar el verbo. Pero aquí estamos, erguidos, acercándonos lentamente hacia la vejez, y a la espera de un otoño de esos que llaman caliente. Preguntas cómo va todo y te responden que la cosa está jorobá. Preguntas qué se puede hacer y todos son excusas y evasivas. Habrá que jorobarse. O no.

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