16 enero, 2012

La inutilidad de la censura

Cuando estudiaba en la vieja Facultad de Letras nos visitó un día Camilo José Cela. Uno de los alumnos mayores le preguntó si era grata la tarea de censor y don Camilo le contestó, con gran enfado, que demostraba tener muy mala leche con aquella cuestión pero muy poco talento. El escritor gallego supo salir del desfiladero argumentando que sólo se encargaba de estampar el nihil obstat a la revista de huérfanos de ferroviarios y que jamás censuró nada. Fuera o no cierto, lo que sí han quedado por aquí es algunos con un gran ánimo de censurar. El último verano fue una foto de Sergio Parra y la semana pasada un intento de IU en Mérida para prohibir una representación teatral. Siempre me ha parecido que toda censura es inútil en un mundo como el de hoy, en el que una imagen o unas palabras dan la vuelta al mundo en segundos, y que cualquier tentativa de acallar a alguien solo sirve para avivar el fuego que se pretende apagar. No hace muchos años algunos concejales pacenses llegaron a sugerir censura previa a las letras carnavalescas y parece ser que una tuitera tendrá que vérselas en el juzgado por unas rimas sobre un primo chófer o algo así. Hemos pasado de la impunidad del insultante anónimo a través de la red, a una peligrosa tentación de ahogar todo aquello que no nos gusta escuchar. Si nos desagrada una exposición o una obra de teatro, lo mejor es no acercarse. Recuerden nuestros políticos que esto de satirizar al poder ya lo hacía Marcial hace dos mil años y que la censura, además de no ser gratificante, deja siempre en mejor lugar al que la sufre que a quien la pretende ejercer.

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