Parlamentar

El diccionario define el verbo parlamentar como entablar conversaciones con la parte contraria para intentar ajustar la paz o zanjar cualquier diferencia. Parecen palabras sacadas de una descripción idílica. En cambio, el sonido de un hemiciclo parlamentario -según me cuentan-  es muy diferente según lo veas por televisión o estés allí en vivo y en directo, porque el ruido de los diputados supera en decibelios al de los oradores. Un profesor intentó hace unos años llevar a sus muchachos a una sesión para que vivieran de primera mano en qué consiste un debate, para que repararan en las características del lenguaje político y parlamentario, y para que conocieran cómo funciona el órgano institucional que les representa. El profesor, que tuvo la previsión de acudir antes a un pleno para preparar una actividad extraescolar que parecía tan interesante, regresó a su instituto y decidió suspenderlo todo. El espectáculo que había vivido era cualquier cosa menos edificante y educativo: nadie atendía, los discursos eran leídos, la oratoria dejaba bastante que desear, el murmullo de los chascarrillos hacía inaudibles las palabras de quienes intervenían, entraba y salía todo el mundo, e incluso un sonido llamaba a los que estaban en el pasillo para que entraran a votar. ¿De qué me sirve traer aquí a mis alumnos adolescentes – se preguntaba el profesor – si van a encontrar como ejemplo un panorama que se saldaría con varios partes disciplinarios en caso de que se produjera en un instituto? Y menos mal que ese día no había una Celia Villalobos jugando con una maquinita.

Hoy los parlamentos españoles están a la espera de los outsiders, de los representantes de alguna formación política que ya se deja sentir en las calles y a la que en muchas ocasiones se intenta menospreciar identificándola con los perroflautas y el 15M. Y, paradójicamente, fue en uno de esos días posteriores al 15 de mayo de 2011 cuando algunos revivimos otra forma de parlamentar. Un sábado por la noche, en un círculo cercano a la fuente que hay frente a Correos en Badajoz, me di cuenta de que aquella fecha y aquel movimiento quizá tendrían difícil conseguir un triunfo a la antigua usanza, pero que no iba a ser un fracaso absoluto. Fue un placer escuchar a jóvenes (y menos jóvenes) que hablaban y se escuchaban de igual a igual, reviviendo el espíritu del ágora, respetando los turnos. Quizá tardaban más en llegar a acuerdos que cuando alguien los dicta a golpe de silbato, pero habían conseguido infiltrar a toda una generación otra manera de ver las cosas y la experiencia de participar en una asamblea abierta. 

Será difícil volver a encontrar oradores como Demóstenes o Cicerón, lo sabemos. Pero quizá sería necesario acortar esos discursos interminables y vacíos, cambiar los reglamentos para que parlamentar recupere su sentido original y, por último, que  encontremos un punto medio entre el espíritu de aquella asamblea a pie de calle y el espectáculo frívolo que hemos visto en algunos hemiciclos.

Publicado en el diario HOY el 11 de marzo de 2015.


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