18 marzo, 2026

Distancias y olvidos

Una vieja canción mexicana nos equiparaba a la distancia con el olvido. Sin embargo, la neurología considera que es el paso del tiempo el factor más determinante para que dejemos de recordar lo que nos pasó. Ignorar los horrores que padecen personas que jamás conocimos, que se encuentran en lugares remotos o que vivieron en tiempos pasados es un brebaje de gran utilidad para que no nos afecten los agobios y las desesperanzas cotidianas.

 

No han pasado ni tres semanas desde el primer ataque coordinado de Trump y Nethanyahu sobre Irán y muchos habrán tenido que buscar dónde diantres está ese lugar tan estrecho al que llaman Ormuz. Habrá quienes tampoco se preocuparon demasiado al conocer la muerte de Alí Jameneí y llegarían incluso a aplaudirla como un paso para liberar del terror a las mujeres de aquel país. Lástima que la liberación de las mujeres iraníes comenzara, paradójicamente, en una escuela llena de niñas a las que aplastó uno de esos “inteligentísimos” misiles Tomahawk, que no fue capaz de identificar que su objetivo llevaba ya tiempo siendo una escuela y no la instalación militar que constaba en mapas descoloridos.

 

La preocupación por lo que ocurre en aquella zona del mundo ha ido aumentando al ver que los iraníes respondían sobre territorios cuyos nombres conocemos por su presencia en las camisetas de algunos equipos de fútbol cercanos, de esos a los que no les importa hacer caja con petrodólares que servirán para fichar a la penúltima estrella del mercado de invierno. Falta poco para que todo el mundo sepa por dónde cae Ormuz. No hará falta buscarlo en Google Maps ni leyendo las noticias, porque será un descubrimiento en diferido, como la mítica indemnización que recibió Bárcenas según el relato de Cospedal. Bastará con acercarnos a los surtidores de combustible para que más de uno se eche las manos a la cabeza e intente preguntarse cuándo empezó todo esto, por qué no nos avisaron de los efectos secundarios, o a quién se le ocurrió tocarle las narices a China sabiendo que por Ormuz pasa la mayor parte que del crudo que necesita el gigante asiático para mantener su poderosa industria.

 

No sé si volverán a resonar cánticos contra las guerras como los que escuchamos hace veintidós años. Entonces nos movilizaron las 191 personas que murieron en los trenes de cercanías de Madrid porque sí vimos la conexión entre la participación activa en un conflicto lejano y sus crueles consecuencias cercanas, que tenían nombres y apellidos fáciles de pronunciar porque coincidían con los nuestros.

 

Hace mucho tiempo que no se habla de construir una cultura para la paz. Quizá sea porque es más rentable hablar de una economía de guerra bien distinta de la que nos contaban nuestras profesoras de Historia: la de los cuantiosos beneficios que se embolsarán quienes lleven la muerte a miles de kilómetros de distancia de sus sofás y que nos recomendarán que olvidemos para siempre las penas y los rostros de tantas víctimas como podríamos dejar enterradas. No sabemos hacia dónde apuntarán los señores de la guerra las próximas semanas: quizá la distancia sea larga, pero que no haya olvido.

 

Publicado en el diario HOY el 18 de marzo de 2026

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