Mi generación inauguró la EGB, que fue intento de los tecnócratas del tardofranquismo para dar un tímido paso al frente en una escuela que todavía cantaba por las mañanas con el rostro mirando hacia el sol. Nuestros padres y parientes ya no nos podían ayudar con las tareas porque antes de las sumas y restas había que teorizar sobre los conjuntos.
No sé si fue ese el momento en el que algunos optamos por juntar letras complicadas en lugar de jugar con los guarismos, pero con el paso del tiempo redescubres que aquellos conjuntos que se unían e interseccionaban nos reaparecerían en la lógica del tercer curso de BUP (otra sigla que habrá que explicar a más de la mitad de la población).
Me he acordado de estas cosas leyendo algunas noticias y echando un vistazo a los comentarios que se vierten sobre ellas, ya sea en el propio medio de comunicación o en diferentes redes sociales en los que algunos sueltan un anzuelo para que las pirañas más virulentas hagan click y lo pongan todo perdido.
Algunas personas hemos sido siempre partidarias de que la información sobre cualquier hecho noticioso se limite a una narración objetiva y a la identificación de quienes intervienen en ellas cuando se trate de personajes públicos. No sé cuando se dejaron de escribir las iniciales de los presuntos delincuentes, que recuerdo que eran muy habituales hasta bien entrados los años noventa del pasado siglo. Si mal asunto es publicar los nombres y dos apellidos de delincuentes a los que se les debe presumir su inocencia hasta que no se demuestre lo contrario, peor es la dinámica de meter en el mismo saco a todas las personas de un grupo basándose en prejuicios.
Los médicos, ferroviarios, conquenses, pelirrojas, registradores de la prioridad, sudamericanos o emigrantes de Senegal no son grupos compactos que conserven sus características y comportamientos de manera uniformada desde el nacimiento hasta la muerte. Tampoco todos los andaluces son graciosos, ni todos los italianos son elegantes, ni todos los escoceses y catalanes padecen de avaricia congénita. La maestra de 1º de EGB nos lo explicaba con ejemplos más simples y que todavía guardo en unas fichas garabateadas con mala letra.
Si la reforma de Villar Palasí nos permitió (y en tiempos peores) iniciarnos en estas teorías de conjuntos, me pregunto en qué momento se extendió la epidemia del “son todos iguales”, “todos vienen a robar”, “todos quieren la paguita” o “todos son delincuentes”. Hoy ha triunfado la infame la costumbre de adjudicar a todo un grupo de personas los errores, delitos o crímenes que pudiera cometer uno solo de sus integrantes, y ante cualquier noticia de un suceso grave surge una caterva a la que le preocupa menos la víctima que averiguar datos con los que culpar a todo un conjunto de personas a las que ya se odiaba de antemano.
No. No nos hace falta conocer el color de la piel, el lugar de nacimiento o la religión que profesa quien ha cometido un delito execrable: no aportan nada a la noticia y solo sirven para culpabilizar a todo un colectivo de lo que solo es responsabilidad de individuos concretos.
Publicado en el diario HOY el 27 de mayo de 2026
No hay comentarios:
Publicar un comentario