Desde hace más de 30 años colaboro con varias organizaciones que se dedican
a ayudar a seres humanos. Con algunas de ellas mi contribución se reduce a aportar
una cuota de socio que permite a las oenegés construir pozos y escuelas enaldeas africanas, llevar personal y material sanitario a zonas de conflicto o recoger náufragos de ese inmenso cementerio oculto en el que se ha convertido el Mediterráneo
al que cantó Joan Manuel Serrat.
A otra de las organizaciones de las que soy socio le dedico algo de tiempo. Tras décadas reuniéndome semanalmente con mis compañeras y compañeros conseguimos aprender más geografía que en nuestros años escolares y nos acabamos enterando de que la antigua Birmania pasó a llamarse Myamnar, que Ceilán se convirtió en Sri Lanka y tenía problemas con unos tigres tamiles, o que Sudán acabó partiéndose en dos porque no tenían manera de entenderse.
Las organizaciones no gubernamentales para el desarrollo, esas a las que en algunas comunidades autónomas se les ha dejado de financiar por oscuras razones, no han dejado jamás de informarnos de las graves crisis humanitarias que van recorriendo el planeta: algunas de ellas tenían causas naturales como aquel tsunami de 2004 en Indonesia, terremotos en Centroamérica, inundaciones en unos sitios y pertinaces sequías en otros.
No siempre esas crisis humanitarias eran producidas por volcanes que surgían del centro de la tierra o por huracanes que asolaban el Caribe y sumergían zonas del primer mundo, como hizo el Katrina en Estados Unidos a finales de agosto de 2005. Pero junto a todas esas catástrofes inevitables e imparables seguimos conviviendo con otras que sí que podrían impedirse en un mundo en el que unos tiran alimentos para evitar que bajen demasiado los precios y otros nos aportan imágenes de criaturas desnutridas que desactivaremos haciendo zapping con el mando a distancia.
Las crisis humanitarias no llevan camino de erradicarse y todos aquellos intentos de Naciones Unidas han ido cayendo en saco roto por intereses que todo el mundo puede imaginarse. Desgraciadamente esas crisis humanitarias están viniendo acompañadas de algo peor que el infortunio o la inevitable fuerza de la naturaleza sísmica o volcánica: se trata de las crisis de humanidad, las que se producen cuando se acaba desarrollando un odio y un rechazo visceral hacia quien es diferente, hacia quien no tiene más posesión que lo que yo lleva puesto y, como dice el dicho castellano, no tiene ni dónde caerse muerto.
Me gustaría que dejaran de existir organizaciones humanitarias, de ayuda al desarrollo o de defensa de los Derechos Humanos. Desearía que se aburrieran, que dejaran de tener preocupaciones y que no nos pudieran descubrir más regiones asoladas por desgracias fortuitas o provocadas. Todo el mundo sabe que las crisis humanitarias no se resuelven solo con voluntad, pero las crisis de humanidad sí que están en nuestra mano: no tener un ápice de humanidad hacia quienes huyen de la muerte es una de esas señales que deberían hacer saltar todas las alarmas. ¿Podría estar pasándonos?
Publicado en el diario HOY el 2 de septiembre de 2026
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