13 agosto, 2006

14 de agosto


Hoy hace 70 años que las tropas de un innombrable militar con diéresis entraron en Badajoz. Podríamos decir que ya ha pasado demasiado tiempo y que lo mejor es no volver a hablar del asunto de las matanzas. Podríamos ir a apreciar arquitectura moderna al lugar de los hechos o sentir el peculiar silencio que en esa fecha suele invadir la ciudad. Podríamos quizá suspirar un lamento (¡Fue horrible!), o entonar esa frase que tanto nos define, que ignoro cómo se escribe y que no sé por qué no está en la letra de nuestro himno: ¡Ave, qué le vamos a hacer!

Pero de unos años a esta parte las páginas de la historia han comenzado a enmohecerse a causa de los que no hacen más que piar en busca de una revisión que niegue la existencia de la barbarie. Es por eso que hoy, 14 de agosto, es más necesario que nunca recordar que fue aquí donde ocurrió, que fueron muchísimos los asesinados y que es necesaria una rehabilitación moral y un homenaje a quienes dieron su vida por defender la legalidad. No podemos permitirnos que después de tanto tiempo todavía haya gente que tiene miedo de hablar, y que a cuarenta años de silencio impuesto se hayan sumado otros treinta de un silencio aceptado como mal menor para los convulsos años de la transición. Hoy no se está pidiendo venganza ni castigo a unos culpables que el tiempo ha llevado a mejor vida, sino la rehabilitación de los nombres y apellidos de unos seres humanos que desaparecieron injustamente y cuyas familias necesitan algo más que unas flores, una placa de mármol y una palmada en la espalda: merecen una justicia que ponga a cada uno en su lugar de la historia. http://javierfigueiredo.blogspot.com


Publicado en EL PERIÓDICO EXTREMADURA el 14 de agosto de 2006.

2 comentarios:

Felipe Zayas dijo...

Llego hasta aquí por un comentario que Carlos Cabanillas ha dejado en mi blog. El silencio es imposible cuando somos tantos los que queremos hablar. Un saludo.

Puntos de vista y ... nada más dijo...

Gracias por el comentario. El silencio es una música maravillosa cuando es por voluntad propia y una cruel tortura cuando es fruto de la imposición.