11 enero, 2008

Lo he leído hoy


¿Cuál hubiera sido la respuesta de políticos, gobernantes y periodistas si, en lugar de juntarse dos cientos de miles de adeptos y jefes de la Iglesia verdadera, se hubieran reunido cinco millones de fieles y jefes de otras religiones -falsas, por supuesto-, reclamando al poder institucional […] que se impida a los profesionales de nuestro sistema sanitario transfusiones de sangre a enfermos que no lo autoricen por sus creencias religiosas -falsas, evidentemente-? El Gobierno hubiera sonreído, la prensa los hubiera ignorado o minimizado […]. Lo dicho, o todas falsas o todas verdaderas; pero mientras sigamos considerando verdadera a una sola de ellas, los que la acepten como tal que apechuguen con las consecuencias.

Y me ha recordado lo que publiqué el lunes:

¿Dejarían los hospitales públicos de hacer transfusiones si un millón de Testigos de Jehová lo pidieran en la calle? ¿Entonces para qué perder tiempo en responder públicamente a las pretensiones de cada secta religiosa? Es de justicia que los gobiernos permitan la libertad religiosa, pero es imprescindible que las confesiones no traten de imponer su modelo de vida a quienes queremos seguir siendo, simplemente, ciudadanos laicos. No es mucho pedir.
Y creo que el razonamiento es muy acertado.

2 comentarios:

Hitos dijo...

Tus razonamientos siempre son muy acertados.Pienso igual que tu... Que digan lo que digan, mientras no hagan...

Anónimo dijo...

El razonamiento es completamente acertado. Entrar como yo hago en la verdad o no de su moral es anecdótico y pertenece a la esfera íntima de cada uno. Pedir un estado laico es lo único razonable en este siglo, y no hacer ni caso a los obispos la única postura sana (hasta psicológicamente hablando) para un futuro limpio y tranquilo. Saludos de la anónima.